EN BUSCA DEL BIENESTAR PERDIDO...

edicion no lucrativa virtual de un libro muy importante...

martes, 26 de febrero de 2008

EN BUSCA DEL BIENESTAR PERDIDO...

El concepto del continuum.

Contenidos

Algunos informes y reflexiones para la segunda edición
1: Cómo cambiaron tan radicalmente mis ideas. Primero ver, luego entender, finalmente, confirmar mis observaciones / La llegada al concepto de continuum.
2: El concepto del continuum
Lo que el ser humano espera de la vida como consecuencia de su evolución / sus impulsos innatos/ Cómo funciona el continuum en el individuo y la cultura.
3: El Comienzo de la Vida.
Nacimiento natural y nacimiento traumático/ las expectativas e impulsos de la criatura/ La fase en brazos y las consecuencias que tiene para el resto de la vida/ La experiencia de las criaturas y bebés dentro y fuera del continuum.
4: Creciendo
Que significa ser un animal social/ El talento innato para sobrevivir, el desarrollo del valerse por uno mismo y la importancia de respetar la responsabilidad que la criatura tiene de sí misma/ El asumir la sociabilidad innata y sus consecuencias/ El asumir la sociabilidad innata y sus consecuencias/ Cómo una criatura se educa a sí misma/ El tipo de asistencia que necesita de sus mayores.
5: La falta de experiencias esenciales.
La búsqueda a ciegas de las experiencias que faltan en todos los aspectos de la vida/ El secreto de los adictos a las drogas duras/ Los mitos de la caída del hombre/ Dos pasos nos alejan del estado de gracia: la capacidad evolucionada para hacer una elección intelectual y el descarrilamiento del hombre civilizado del continuum/ Descansando de pensar, meditación, ritual y otras maneras de para el pensamiento.
6: Sociedad
Culturas en armonía y culturas en conflicto con el continuum/ Conformismo, valerse por uno mismo, el derecho a no aburrirse/ ¿Qué ocurrió con la alegría?
7: Poniendo los principios del continuum a funcionar de nuevo sexo y “afecto”: distinguir las dos necesidades de contacto físico/ Al mantenerse la necesidad, se mantiene la posibilidad de satisfacerla/ Entender y definir, desde el punto de vista del continuum, nuestras necesidades/ Obstáculos en nuestra forma de vida actual/ Los derechos de las criaturas / Estrategias asequibles para reinstalar el continuum/ Aplicación de estos principios a la búsqueda.
Algunos informes y reflexiones para la segunda edición
Sobre los padres.
Tres meses antes de este libro fuese publicado por primera vez en 1975, un amigo me pidió que le prestase mi borrador a una pareja que esperaba su primer hijo. Más tarde conocí a Millicent, la mujer; vino a comer con Seth, que para entonces tenía ya tres meses. Me dijo que su marido Mark, médico, y ella, estaban convencidos de que mis ideas tenían sentido porque coincidían con sus propias impresiones. Tenía mucho interés en que otros padres leyesen el libro, pero le preocupaba el que algunos se desanimaran ante la idea de llevar constantemente a cuestas a un bebé durante meses.
“Entendía perfectamente tu argumento”, decía, “sin embargo, estaba segura de que yo no iba a cargar día y noche con el equivalente a un saco de seis a siete kilos de patatas. Me temo que vas a echar para atrás a la gente. ¿Por qué no te limitas a decir `ponga la compra en el cochecito y coja a la criatura en brazos, cómo te escuche que decías un día por la radio? Probablemente la mayor parte de la gente estará dispuesta a hacer eso, y una vez lleguen a casa, desearán seguir con el bebe en brazos. Yo nunca deje de sostener a Seth, porque no me apetecía”.
“Esa es mí idea”, respondí. “Sólo funciona si la criatura está ya ahí, y no niegas tus sentimientos hacia ella, no porque alguien te diga que tienes que hacerlo. Tampoco te gustaría que se te obligará a atender a ese punto a un bebé en brazos antes de conocerlo y haberte enamorado de él”.
“Resolví el problema de mi baño metiendo a Seth conmigo en la bañera, y bañándole a él a la vez”, continuo. “ Si Mark vuelve a casa a tiempo, no puede evitar meterse el también en la bañera. Le gusta dormir con Seth tanto como a mí”.
“He encontrado la manera de trabajar en la casa y el jardín sin dejar a Seth. Tan sólo le suelto si tengo que hacer una cama, y en ese caso le pongo sobre el colchón y le hago saltar entre las sabanas y mantas; le encanta. Y espero que Mark pueda ayudarme para subir carbón desde el sótano. El único momento en que Seth y yo estamos separados es cuando monto a caballo. Una amiga le sostiene mientras, y para cuando termino el paseo, estoy deseando cogerle de nuevo. Siento que el tenerle conmigo es lo adecuado. Por suerte, llevo una imprenta a medias con una amiga, así que no tuve que dejar el trabajo. Trabajo de pie, y ya me he acostumbrado a tenerle colgado sobre la espalda o cadera. Si quiere comer, le doy la vuelta y me lo pongo delante. No tiene que llorar; simplemente gruñe. De noche, también basta con que se mueva un poco, y yo sé que tiene hambre. Le enchufo en un pecho y apenas tengo que despertarme".
Seth estuvo relajado y callado durante toda la comida, y como los niños Yequana, se dejaba coger sin problemas.
Se entiende que los bebés occidentales no sean bienvenidos en oficinas, tiendas, lugares de trabajo e incluso fiestas. Por lo general gritan y dan patadas, sacuden los brazos y estiran el cuerpo, de tal forma que se necesitan dos manos y mucha atención para tenerlos bajo control. Da la impresión de que acumulan tanta energía no descargada, - cómo consecuencia de pasar tanto tiempo fuera del contacto de una persona activa, y por lo tanto de una manera natural de descargar la energía-, que cuando se les coge todavía están rígidos por la tensión, e intentan aliviarse agitando los miembros y haciendo señales para que la persona que les coge les haga saltar sobre una rodilla, o les lance al aire. Millicent estaba sorprendida ante el cuerpo tranquilo de Seth y el de otros bebés. Decía que todos parecían atizadores (de chimenea).
Tan pronto cómo se reconozca que el tratar a los bebés como hicimos durante cientos de miles de años da lugar a criaturas tranquilas, relajadas y que no exigen cuidados especiales, desaparecerá el conflicto para las madres trabajadoras, que no deben pasar el día aburridas y aisladas sin compañía adulta. Las criaturas podrán estar donde tienen que estar, con sus madres en el lugar del trabajo de ésta; y las madres podrán estar donde tienen que estar, con sus iguales, dedicándose, no al cuidado de los bebés, sino a actividades propias de un adulto inteligente. Pero los jefes no estarán dispuestos a ello hasta que la reputación de los bebés mejore. La revista “Ms” hizo un esfuerzo heroico y aceptó bebés en sus oficinas, pero no hubiese sido necesaria tanta heroicidad si las criaturas hubiesen estado en contacto con alguien, en vez de permanecer aisladas en sus cochecitos.
No todo el mundo pone en práctica los principios del continuum con tanta diligencia y alegría como Millicent y Mark, quienes ahora tienen más hijos criados cómo Seth. Una madre, Anthea, me escribió contando que tan pronto leyó el libro se dio cuenta que debería haber escuchado a su propio instinto, en vez de escuchar a los “expertos” en el cuidado de bebés. No lo hizo, y a su hijo Trevor, de cuatro años, le había hecho todas las cosas equivocadas”.
No sólo es difícil cargar a cuestas con un crío de cuatro años para que recupere la experiencia en brazos que le falta, sino que además es importante dejarle que juegue, explore y aprenda de acuerdo con su edad. Sugerí que Trevor durmiese en la cama con Anthea y Brian, que durante el día dejasen las cosas como estaban, excepto que le recibieran en sus brazos y se mantuvieran físicamente asequibles siempre que él lo pidiese. También les pedí que registrasen por escrito todo lo que pasaba, pues este libro acababa de salir y pensé que su experiencia podía resultar útil a otras personas.
Anthea tomó notas fielmente de lo que sucedía. Las primeras noches ninguno de ellos logró dormir mucho. Trevor se movía y lloriqueaba. Les metía los pies en la nariz, los codos en las orejas. Pedía vasos de agua a horas intempestivas. Una vez, Trevor se colocó de forma perpendicular a sus padres, que tuvieron que aferrarse a los bordes del colchón para no caer. Brian llegó a la oficina con los ojos rojos y de mal humor más de una vez. Pero al contrario que otros padres, que tras dos o tres noches de prueba me decían, “No funciona, no podemos dormir”, y se rendían, ellos perseveraron.
A los tres meses, escribió Anthea, no había problemas; los tres dormían como benditos toda la noche. Y no sólo mejoraron notablemente las relaciones entre Trevor y Anthea y Brian, “y” añadió Anthea al final de su escrito, mencionando por primera vez el tema, “ Trevor ha dejado de ser agresivo en el colegio”.
Algunos meses después, una vez hubo cubierto su necesidad de la experiencia que le faltó como bebé, Trevor volvió a su cama por su propio deseo. Por supuesto, su nueva hermana compartía también la cama con sus padres, y Trevor sabía que sería bienvenido en ella siempre que lo necesitase.
Tranquiliza saber que, después de cuatro años, uno puede reparar tanto en tan sólo tres meses. Me alentó mucho, y conté a menudo la historia de Trevor tanto en conferencias como en cartas de respuesta a preguntas sobre el tema.
Sobre por qué no sentirse culpable por no haber sido la única persona en la Civilización Occidental en tratar correctamente a su criatura.
Otra mujer, Rachel, cuya familia de cuatro estaba prácticamente criada, me escribió diciendo, “Creo que su obra es una de las cosas más crueles que yo he leído. Ni siquiera estoy sugiriendo que desearía no haberlo leído. Es, tan sólo, que me impresionó profundamente, me hirió hasta el fondo y me intrigó muchisimo. No quiero encarar la posible verdad en su teoría e intento con todas mis fuerzas evitar el enfrentarme a ello... (Por cierto, que Dios la perdone por ese párrafo sobre lo que las criaturas han de soportar, porque, utilizando las palabras de Noel Cowward, “¡Yo nunca lo haré!”)... Me sorprende que hasta ahora no la hayan embadurnado a usted de brea y emplumado después... Toda madre que lo lea tendrá que hacer todo lo posible por evitar sus implicaciones... Sabe, honestamente creo que pude soportarlo sólo porque pensaba que todo el sufrimiento que padecemos es normal e inevitable –“natural”, para utilizar esa palabra que a menudo escuchamos a modo de consuelo de labios de otras madres, psicólogos de niños y libros -. Ahora que usted a introducido en mi cabeza la idea de que podría ser de otra manera, bien, no me importa decirle que después de leer el libro, por no mencionar mientras lo leía, estuve tan deprimida durante veinticuatro horas, que pensé en pegarme un tiro”.
Felizmente, no lo hizo, y desde entonces nos hemos hecho buenas amigas, ella una gran defensora del concepto del continuum, y yo una gran admiradora de su honestidad y su palabra. Pero los sentimientos que expresó, la depresión, la culpabilidad, el remordimiento, han surgido con demasiada frecuencia en lectores con hijos ya crecidos.
Sí, por supuesto que es terrible pensar en lo que, con la mejor de las intenciones, hemos hecho a los que más queremos. Pensemos también en lo que nuestros amorosos padres nos han hecho a nosotros con la misma ignorancia/inocencia, y lo que sin duda les hicieron a ellos. La mayor parte del mundo alfabetizado comparte con nosotros la victimización de cada nuevo y confiado bebé. Se ha convertido en una costumbre (por razones sobre las que no especularé aquí). ¿Tiene cualquiera de nosotros, por lo tanto, el derecho a tomar sobre sus espaldas la culpa o la sensación de haber sido engañado, como si uno sólo pudiera haber sabido hacerlo mejor?
Por otro lado, si, temiendo ese irracional sentido de la culpabilidad personal, nos negamos a admitir lo que todos nos estamos haciendo a todos, entonces, ¿cómo podremos esperar algo, como por ejemplo lo más cercano a nosotros, cambie? Nancy, una hermosa mujer de pelo blanco, dijo durante una conferencia mía en Londres que desde que ella y su hija de treinta y cinco años habían leído el libro, el entender la relación entre ellas les había acercado más que nunca. Otra madre, Rosalind, me dijo que tras leer el libro cayó durante varios días en una depresión de llanto. Su marido fue comprensivo, y con paciencia cuidó de sus dos hijas, mientras Rosalind languidecía, incapaz de continuar viviendo bajo la nueva luz. En un momento dado, me dijo: “me di cuenta de que la única manera de seguir hacia delante era leer el libro de nuevo... esta vez en busca de fuerza”.
Sobre nuestra extraña incapacidad para ver.
Un conocido me llamó una vez por teléfono excitadísimo, porque se había sentado en un autobús detrás de una mujer india-americana con una criatura pequeña, y la tranquilidad y el respeto con el que se trataban indicaban un tipo de relación entre ellos poco frecuente en la sociedad británica. “Era bellísimo”, decía. “Acaba de leer tu libro, y allí estaban ellos, ilustraciones vivas. He estado entre muchísima gente como ellos, sin haber llegado jamás a ver lo que ahora me parece tan obvio. Y desde luego nunca me di cuenta de lo mucho que podrían enseñarnos, si lográsemos entender como llegaron a ser así... y porque nosotros no lo somos nunca”.
Estamos tan ciegos que actualmente en Gran Bretaña una organización que se llama “National Associations for parents of sleeplese Children” (Asociación Nacional para padres de niños que no duermen). Parece que funciona siguiendo el modelo de Alcohólicos Anónimos, impartiendo fuerza a las víctimas de criaturas que no cesan de gritar a través del apoyo de otras personas que sufren lo mismo, y de frases del tipo “Llega un momento en que se les pasa”, “ Haz turnos con tu pareja, de forma que uno de los dos pueda dormir mientras el otro se levanta”, “ Una vez que sabes que no le pasa nada, no hace daño al niño dejarle sólo llorando”. Lo más que llegan a decir es lo siguiente: “Si todo lo demás falla, no le hará daño a la criatura el que te la metas en la cama”.
Nunca se sugiere que abandonen la guerra y escuchen a las criaturas que, unánimemente y con toda claridad, hacen saber a todo el mundo cual es el lugar de un bebé.
Sobre estar centrado exclusivamente en el cuidado de los niños o ser permisivo.
Un padre o madre cuya única ocupación sea el cuidado de niños, no sólo tiende a aburrirse y aburrir a otros, sino que también tiende a dar un tipo de cuidados poco adecuado. La necesidad de una criatura es formar parte del entorno de una persona activa, estar constantemente en contacto físico, y ser estimulada por muchas de las experiencias de las que más tarde formará parte. El papel del bebé mientras está en brazos es pasivo, con todos sus sentidos alerta. Ocasionalmente, disfruta de una atención directa, besos, cosquillas, ser lanzado en el aire, etc. Pero su actividad principal es ser testigo de las acciones, interacciones y entorno de quien le cuida, sea niño o adulto. Esta información prepara a la criatura para ocupar su lugar entre su gente, al haber entendido que es lo que hacen. Cortar este fuertísimo impulso al mirar inquisitivamente a un bebé que nos mira inquisitivamente –por así decirlo-, crea una frustración profunda; algo así como poner esposas a su mente. Una persona emocionalmente necesitada, que busca ser aceptada y aprobada, va minando la expectativa del bebé de encontrarse en la periferia de una figura central fuerte y ocupada. La criatura hará cada vez más señales, pero no será pidiendo atención; lo que estará pidiendo es ser incluido en experiencias adultas. Mucha de la frustración manifestada por este tipo de bebés, está causada por su incapacidad para conseguir que sus señales de que algo marcha mal den lugar a algo adecuado.
Más tarde, algunos de los niños más exasperados y “siempre a la contra” son aquellos cuyo comportamiento antisocial es un grito pidiendo que se les enseñe a comportarse cooperativamente. La permisibilidad constante priva a los niños de ejemplos de vida centrada en adultos a través de los cuales puedan ir encontrando su lugar en la jerarquía natural de mayor y menor experiencia, y en los que sus acciones deseadas sean aceptadas, y sus acciones indeseadas rechazadas, pero ellos mismos sean siempre aceptados. Los niños necesitan ver que se da por hecho que sus intenciones son siempre buenas, que son por naturaleza seres sociables que intentan hacer lo adecuado, y quieren una reacción de fiar en sus mayores que les guíe. Una criatura busca información sobre lo que se hace y lo que no se hace, y así, si rompe un plato, necesita ver algo de enfado o tristeza ante su destrucción, pero nunca el que se le retire la estima –como si ella misma no estuviese enfadada o triste al haber dejado que se le cayera, y no hubiese decidido por ella misma ser más cuidadosa.
Si los padres no distinguen entre los actos deseables y no deseables, la criatura interrumpirá y trastornará con frecuencia, pidiéndoles así que cumplan su papel correcto. Finalmente, cuando su paciencia llega al límite, descargarían todo el enfado acumulado en la criatura, probablemente diciendo que ya le han aguantado “bastante”, y mandándole que se vaya. Este gesto implica que todo el comportamiento anterior que estaban tolerando era, de hecho malo, pero que estaban escondiendo sus verdaderos sentimientos en su momento, y que la irremediable maldad del niño acabó finalmente con la pantomima de que le aceptaban. En muchos hogares, estas son las reglas del juego que se impone a los niños, que acaban aceptando que lo que se espera de ellos es que intenten “salir impunes” de la mayor cantidad posible de trastadas antes de que caiga el hacha, momento en el que se manifestará con claridad que no son aceptados.
En los casos extremos, cuando los padres, a menudo habiendo tenido su primer hijo ya mayores, miman tan desastrosamente a sus pequeños tesoros que jamás dan ninguna señal que distinga lo que se hace de lo que no se hace. Las criaturas se vuelven casi locas de frustración. Se rebelan ante cada nuevo “¿quieres esto?”, “¿Quieres hacer aquello?”, “¿Qué quieres comer... , hacer..., llevar?”, “¿Qué quieres que haga mama?”, etc.
Conocí a una cría preciosa de dos años y medio a la que trataban así. A esa edad, ya apenas sonreía. La mera sugerencia por parte de sus padres de que algo iba a agradarle, era recibida con gestos de descontento y una repetición obstinada de “¡no!”. Ante sus rechazos sus padres se mostraban aún más serviles, y el desesperado juego continuo, sin que la niña consiguiera que sus padres le sirvieran como ejemplo del que aprender, pues ellos siempre se dejaban guiar por ella. Le hubiesen dado todo lo que ella hubiese pedido, pero no podían entender que su verdadera necesidad era simplemente estar con ellos mientras vivían su vida como adultos.
Los niños gastan una cantidad enorme de energía tratando de llamar la atención, pero no porque necesiten esa atención en sí misma. Nos está dando señales para indicarnos que su experiencia es inadecuada, e intentan conseguir la atención de quien les cuida para que tal experiencia sea corregida.
Un impulso constante a llamar la atención no es más que la continuación de aquel primer intento frustrado de conseguirla en la infancia, hasta que llamada inicial se transforma en objetivo en sí mismo, una especie de duelo de voluntades. De esta manera, una atención por parte de los padres queda lugar a señales urgentes por parte del niño, suele ser una atención inadecuada. La lógica natural impide creer que una especie evolucione con una característica que vuelve locos a millones de padres. Una mirada a los otros millones de padres que viven en lugares tales como países del tercer mundo que no han tenido el “privilegio” de ser educados en dejar de atender y confiar en sus hijos, nos muestra familias que viven en paz y niños que, alrededor de los cuatro años están ansiosos por ser útiles a su familia.

Nuevas reflexiones sobre psicoterapia.

Mi estrategia para curar los efectos de las carencias en la infancia ha evolucionado desde un primer intento de reproducir las experiencias que faltan, hasta el intento de traducir sus mensajes, conscientes o inconscientes que tales carencias dejan en la psique. En mi practica como psicoterapeuta, he descubierto que uno puede transformar con éxito las expectativas bajas o negativas de sí mismo y de mundo a base de entender en profundidad cuales son tales expectativas, como llegaron allí, y porque son falsas. El sentimiento de “no ser adecuado” grabado más profundamente, resulta ser, en su origen mismo, un conocimiento de que uno no merece la pena. Este conocimiento se ve traicionado y erosionado por experiencias que imponen creencias erróneas, creencias que en la infancia y en la niñez uno es incapaz de cuestionar. Miedos, amenazas sin nombre ni forma demasiado terribles para ser contempladas, cortan cualquier libertad de acción, e incluso de pensamiento, que vaya en tal dirección. Estos miedos pueden llegar a restringir tanto como para que uno no sea libre de vivir su vida más que en una prisión autoimpuesta.
Seguir la pista de estos terrores hasta sus comienzos nos lleva a una experiencia que, una vez encarada por el adulto, es reconocida como terrorífica sólo para un niño. El constante y agotador esfuerzo por evitar enfrentarse cara a cara con ese miedo es abandonado automáticamente, y la parte, grande o pequeña, esclavizada por tal miedo queda por fin libre. Uno puede entonces permitirse a sí mismo hacer o ser aquello que este miedo prohibió -tener éxito o fallar, se un buen chico o deja de serlo, amar o aceptar ser amado, tomar riesgos o dejar de tomarlos- sin que aparezca una convulsión apropiada que impida hacer el mejor uso de las propias capacidades de juicio, tanto intelectuales como instintivas.
A finales de los años sesenta, y durante el último de sus treinta años como pionero en la investigación de la terapia de abreacción, trabajé con el doctor Frank Lake en su centro de Nottingham. Él había leído este libro, y estaba ansioso por demostrarme que las ofensas a la sensibilidad de las personas que tanto me preocupan, no comienzan al nacer, sino durante el tiempo, igualmente formativo, de la vida en el útero. La manera dramática en que muchos de sus pacientes, y posteriormente los míos, revivieron tales experiencias, me convenció de que el doctor tenía razón, sobre todo cuando produjo en mí las abreacciones antes de que yo hubiese visto a otra persona en posición fetal, moviendo los miembros de esa manera especial, haciendo ruidos y expresando emociones que llegue a reconocer como pertenecientes a ese periodo.
Todavía utilizo esta técnica cuando un cliente llega a un punto en que necesita saber sobre su nacimiento, su primera infancia o su experiencia en el útero, pero, por muy dramática que sea, según mi experiencia de abreacción no es terapéutica en sí misma. El valor de la experiencia está en que contribuye a la información del sujeto, que más tarde la integra en su nueva manera de comprender cómo es su vida (en oposición a lo que antes había creído). Ocasionalmente, la abreacción puede producir la última pieza de un rompecabezas, haciendo posible el salto de entender a comprender cuando, por fin, el comportamiento espontáneo refleja la verdad descubierta. Pero es la verdad la que da lugar a la transformación... y parece que sólo la verdad, independientemente de cómo se haya llegado a ella: mediante un minucioso trabajo de detective, utilizando la deducción y, a veces, la inducción; a través de evaluar aquellas creencias que no han sido examinadas desde que se formaron en la infancia (y que por lo general conciernen el “bien” y el “mal”); por abreacción y recopilando información de personas que no necesitaron olvidar sucesos que, en su momento, suponían un cataclismo para el sujeto. Los liberadores resultados de este proceso se manifiestan por lo general con rapidez, y no hacen falta años, sino meses, para que ocurran grandes transformaciones.
A la luz del concepto del continuum, una persona problemática es una persona inherentemente “correcta”, cuyas necesidades específicas –por pertenecer a su especie- no han sido satisfechas, y cuyas expectativas, fruto de una evolución precisa, fueron negadas con arrogancia o condenadas precisamente por aquellos cuyo papel debería haber sido el de respetarlas y satisfacerlas. Padres insensibles tienen el desafortunado efecto de hacer creer a la criatura que ella no ha sido digna de amor o lo bastante “buena”. Por naturaleza, no puede siquiera pensar que ellos estén equivocados: la falta a de ser de ella. Y así, cuando como persona adulta puede entender en toda profundidad que su llanto, su mal humor, sus dudas, su apatía o su rebelión eran respuestas correctas al trato incorrecto que se le daba, toda su perspectiva de sí misma como mala cambia apropiadamente. Creo que repasar la historia de una persona bajo esa luz tiene de por sí un efecto saludable y crea una atmósfera curativa para alguien acostumbrado a que se le haga sentir poco digno, no bienvenido o culpable. Me alegra el escuchar que otros psicoterapeutas han encontrado el concepto del continuum útil para sí mismos, para sus estudiantes y para las personas que están tratando.
De hecho, en los diez años que han pasado desde que este libro se publicara por primera vez, un clima mucho más receptivo a las ideas que expone se ha ido desarrollando, tanto en lugares como en clínicas ginecológicas, guarderías, instituciones sociales y psicología, como en la manera en que se ha ensanchado nuestra búsqueda de principios sólidos bajo los que vivir. Me animó especialmente el leer la descripción de un personaje de película en la revista TIME que decía: “Su sentido de la responsabilidad social obtenía su información de un instinto intachable, no de sospechosa ideología”. Espero que está nueva edición; así como las otras en distintos idiomas, sirva como instrumento para que nuestro intachable instinto informe cada vez más a nuestra muy sospechosa ideología.
Londres, 1985.

1:Cómo cambiaron tan radicalmente mis ideas.

Este libro tiene por objeto el proponer una idea, no el relatar una historia. Pero pienso que puede resultar útil contar algo sobre mi propia vida, algo sobre cómo llegó a prepararse en mí el terreno en que tal concepto echó raíces. Quizás ayude a entender cómo es que mis ideas han llegado a alejarse tanto de las ideas de los estadounidenses del siglo XX entre los que me crié.
Marché a las junglas suramericanas sin ninguna teoría que demostrar, con la curiosidad normal sobre los indios, y una sensación vaga de que podría aprender algo importante.
En Florencia, durante mi primer viaje a Europa, dos exploradores italianos me invitaron a unirme a ellos en una expedición de búsqueda de diamantes en la región venezolana del río Caroni, afluente del Orinoco. Fue una invitación hecha en el último momento, y en veinte minutos tuve que decidir, correr a mi hotel, hacer el equipaje, ir a la estación y saltar al tren mientras este se alejaba del andén.
Todo ello resultó muy dramático, pero cuando repentinamente terminó la acción y vi nuestro compartimento reflejado en la ventana, casi a oscuras y lleno de maletas, me entró un miedo atroz al comprender que me encontraba camino de una selva de verdad.
Aunque no había tenido tiempo para reflexionar sobre las razones que me impulsaban a ir, mi respuesta había sido instantánea y segura. Pese a que la idea de labrar la propia fortuna a orillas de ríos tropicales resultaba mucho más atractiva que otro trabajo que pudiese imaginar, no fueron los diamantes lo que encontré irresistible. Era la palabra selva la que para mí escondía toda la magia, quizá por algo que me ocurrió de niña.
La experiencia tuvo lugar cuando yo tenía ocho años, y no sólo resultó muy importante en su momento, sino que sigo pensando en ella como en una experiencia de valor. Pero, como muchos otros momentos en que nos sentimos iluminados, tan sólo reflejó brevemente la existencia de un orden sin revelar nada sobre su construcción o sobre cómo mantener su imagen limpia en el lodo del vivir cotidiano.
Lo que más me desilusionó fue la convicción de haber visto por fin la esquiva verdad no me sirvió para nada a la hora de guiar mis pasos en tal lodo. La breve visión era demasiado frágil, y no sobrevivió el viaje de vuelta a lo aplicable. A pesar de que no se sostuvo frente a mis mundanas motivaciones y, sobre todo, a la fuerza de mis hábitos, quizá merezca la pena mencionarla, pues me dio un atisbo de esa sensación de bienestar (por no ocurrírseme manera más apropiada de describirlo) sobre la que precisamente trata este libro.
El incidente ocurrió durante un paseo por los bosques de Mane, donde asistía a un campamento de verano. Yo iba la última en la cola y, habiéndome quedado algo rezagada, me disponía a correr para alcanzar al resto de la gente, cuando entre los árboles vi un claro. Al fondo había un abeto, y en el centro un montículo cubierto con musgo de un verde brillante, casi luminoso. Los rayos del sol de la tarde caían oblicuamente sobre el verde azul-negro del bosque de pinos. El pequeño trozo de cielo visible era perfectamente azul. El cuadro resultaba tan completo y con un poder tan denso, que me hizo detenerme. Me acerque y, poco a poco, como quien entra en un lugar sagrado o mágico, avancé hacia el centro donde me senté. Finalmente, me recline apoyando la mejilla en el fresco musgo. Es aquí, pensé, y sentí desaparecer la ansiedad que impregnaba mi vida. Aquí, por fin, las cosas son como deberían ser. Todo estaba en su sitio: el árbol, la tierra bajo mi cuerpo, la roca, el musgo. En otoño resultaría adecuado; en invierno, perfecto bajo la nieve. Volvería la primavera, y los milagros irían surgiendo uno dentro de otro, cada uno a su ritmo especial; algunas cosas brotarían después de haber muerto, otras por vez primera. Pero todas con la misma adecuada perfección.
Sentí que había encontrado el centro perdido de las cosas, la llave de la bondad misma, y que debía aferrarme al conocimiento que tan claro emergía en ese lugar. Por un momento me sentí tentada de arrancar un pedazo de musgo y llevármelo como recuerdo; pero un pensamiento propio de adulto me asaltó. Temí, de pronto, que atesorar un amuleto de musgo me hiciese perder el verdadero tesoro: la visión que había tenido; que, creyendo que mientras tuviese el musgo mi visión estaría salvo, llegase un día en que no quedase de ella más que unas briznas de vegetación muerta.
Así es que no me llevé nada, pero me prometí a mi misma recordar el claro todas las noches antes de dormir, evitando de está manera que su poder estabilizador se alejará de mí.
A pesar de tener sólo ocho años, sabía que la confusión de valores que me lanzaban mis padres, profesores, otros niños, niñeras, guías de campamento y demás, no haría sino empeorar con el tiempo. Los años añadirían complicaciones y me llevarían a enredos impenetrables de bienes y males, deseables e indeseables.
Había visto ya lo bastante cómo para saber eso. Pero, pensé sí soy capaz de mantener el claro cerca de mí, nunca me perderé.
Aquella noche, en el campamento, evoqué el claro, sentí gratitud, y renové el voto de mantener mi visión. Y durante años ésta mantuvo su cualidad mientras yo cada noche, evocaba el montículo, el abeto, la luz, la plenitud.
Sin embargo, con el paso de los años, a menudo olvidaba el claro durante días o semanas. Intenté recuperar la sensación de salvación que el pasado emitía, pero mi mundo había crecido. El sencillo catálogo de valores niña-buena-niña-mala de la guardería había desaparecido poco a poco bajo los valores, a menudo contradictorios, de mi cultura y mi familia: una mezcla de dones y virtudes victorianas, una fuerte inclinación hacia el individualismo, las ideas liberales y el talento artístico, y, sobre todo, un gran respeto por un intelecto original y brillante como el de mi madre.
A los quince años me di cuenta, con profundisíma tristeza (pues no era capaz de recordar aquello que me llevaba al duelo), que había perdido el sentido de El Claro. Recordaba perfectamente la escena, pero como había temido cuando decidí no coger el musgo, su significado se había esfumado. Mi imagen mental había acabado convirtiéndose en un amuleto vacío.
Viví con mi abuela y, cuando ella murió, decidí marcharme a Europa a pesar de no haber terminado la universidad. Aunque durante aquel periodo de duelo mis pensamientos no eran muy claros, decidí hacer un esfuerzo gigantesco y continuar hacia delante, pues acudir a mi madre siempre acababa hiriéndome.
Nada de lo que se esperaba que yo desease parecía merecer la pena –trabajos para escribir en revistas de moda, una carrera como modelo, o seguir estudiando.
En el camarote del barco que me llevaba a Francia, lloré por miedo a haber apostado todo lo que me resultaba familiar contra algo sin nombre. Pero no quise volver.
Callejeé por París, dibujando y escribiendo poemas. Me ofrecieron un trabajo como modelo de Dior, pero no lo acepté.
Tenía conexiones en la revista francesa Vogue, pero los utilicé sólo ocasionalmente para obtener trabajos como modelo que no exigían compromiso. Y me sentí más a gusto en aquella cuidad extranjera de lo que me había sentido nunca en mi nativa New York. Sentía que estaba en el camino adecuado, pero todavía me hubiese resultado imposible verbalizar que es lo que buscaba. En el verano marché a Italia, primero Venecia y más tarde, tras visitar un pueblo en la Lombarda, a Florencia. Allí conocí a los dos jóvenes italianos que me invitaron a ir a buscar diamantes en Venezuela.
De nuevo, como me había ocurrido al partir de América, me asustó la audacia del paso que me estaba dando, pero ni por un instante consideré el echar marcha atrás.
Cuando por fin comenzó la expedición, después de muchas preparaciones y retrasos, viajamos río arriba por el Carcupi, un afluente pequeño y no explorado del Caroni. En un mes habíamos avanzado considerablemente pese a los obstáculos, fundamentalmente troncos caídos que superábamos abriendo paso a la canoa con hachas y machetes, y cascadas o rápidos que evitábamos llevando a cuestas una tonelada de material con ayuda de los indios. Para cuando asentamos un campamento base desde el que explorar afluentes menores, el volumen del río había disminuido a la mitad.
Era nuestro primer día de descanso desde que habíamos entrado en el Carcupi. Tras el desayuno, el jefe italiano y ambos indios marcharon a investigar la situación geológica, mientras el segundo italiano se mecía agradecidamente en la hamaca.
Tomé uno de los dos libros de bolsillo que había escogido entre una pequeña selección de títulos en inglés en el aeropuerto de ciudad Bolívar, y me senté sobre las raíces de un gran árbol cuyas ramas caían sobre el río. Había leído la mitad del primer capítulo sin despistarme, prestando atención a la historia, cuando de repente me golpeo una certidumbre. ¡Es esto! ¡El Claro!. Toda aquella excitación de niña volvió. La había perdido y ahora, en un Claro de adulto, en la selva más grande del mundo, volvía. Los misterios de la vida en la selva, las formas de sus plantas y animales, sus dramáticas tormentas y puestas de sol, sus serpientes, sus orquídeas, su fascinante virginidad, lo duro de abrirse camino en ella y la generosidad de su belleza, todo ello le hacía parecer más activa y profundamente adecuada. Era lo adecuado a gran escala. Cuando sobrevolábamos sobre ella nos había parecido un gran océano verde, extendiéndose en el horizonte en todas las direcciones, atravesada por vías de agua, elevada sobre sólidas montañas, ofreciéndose al cielo en la manos abiertas de las mesetas. Vibraba con vida y con ser lo adecuado en cada una de sus células; siempre cambiando, siempre intacta y siempre perfecta.
En mi alegría, ese día pensé que había llegado al final de mi búsqueda, que mi objetivo había sido alcanzado: La visión clara de las cosas en su más pura esencia. Era “lo adecuado” que había intentado distinguir entre la confusión de mi infancia, y más tarde, en los años de mi adolescencia, a través de conversaciones, tertulias y discusiones que a menudo se extendían hasta el amanecer. Era El Claro, perdido, recuperado, y ahora reconocido, está vez para siempre. A mi alrededor, a mis pies, sobre mí, todo era adecuado, naciendo, viviendo, muriendo y siendo reemplazado sin ninguna alteración del orden de todo ello.
Deje que mis manos recorrieran con amor las grandes raíces que un sillón me sostenían, y comencé a acariciar la idea de permanecer en la selva durante el resto de mi vida.
Al terminar la exploración del Carcupi (donde encontramos unos cuantos diamantes), volvimos por provisiones al pequeño puesto de los Caribes, cuando vi en un espejo que había ganado peso, y que por primera vez en mi vida podría describírseme como esbelta, no como flaca. Me sentí más fuerte, más capaz y menos temerosa de lo que me había sentido nunca. Estaba floreciendo en mi amada selva. Todavía me quedaban seis meses para discurrir como lograr quedarme allí al terminar la expedición; todavía no había necesidad de encarar los problemas prácticos.
Sin embargo, una vez pasaron los meses, yo estaba deseando marcharme. La malaria había marchitado mi salud, y el hambre de carne y verduras frescas había minado mi moral. Hubiese cambiado uno de nuestros diamantes, que tanto nos había costado conseguir, por un vaso de zumo de naranja. Y estaba más delgada que nunca.
Pero, después de siete meses y medio, tenía una visión más detallada de lo adecuado de la selva. Había conocido a los indios Tauripanos, no sólo a los dos que habíamos contratado, sino a clanes enteros, familias en sus chozas, viajando en grupo, cazando, viviendo la vida de una especie en su hábitat, sin ningún apoyo exterior salvo el machete y hacha de acero con que habían sustituido los originales de piedra. Eran la gente más feliz que yo había visto nunca, pero entonces apenas si me di cuenta; eran tan distintos de nosotros, más pequeños, menos musculosos, y sin embargo capaces de transportar pesos mayores y durante distancias más largas que los mejores entre nosotros. Ni me pregunte por qué Pensaban siguiendo esquemas diferentes a los nuestros, (“Para llegar a Padacapah”, preguntaba uno de nosotros, “¿debemos ir río arriba en canoa, o marchar por tierra?”, y un indio contestaba “Sí”). Pocas veces tuve la sensación clara de que pertenecían a nuestra especie, aunque, por supuesto, si me hubiesen preguntado hubiese dicho que si lo eran sin titubear. Los niños se portaban bien sin excepción: nunca se peleaban, nunca se les castigaba, siempre obedecían con alegría y rapidez. El dicho “los niños se portan como niños” no funcionaba con ellos, pero nunca me pregunté por qué. No había duda en mi mente de que la selva era un lugar adecuado, ni que cualquier cosa que buscase yo era mejor buscarla allí, pero, pese a lo que creí al principio, el bienestar y viabilidad de los ecosistemas de la selva, de sus plantas, animales, indios y demás, no constituyeron automáticamente una respuesta, una solución personal para mí.
De nuevo, esto no me resultó claro entonces. Yo me sentía ligeramente avergonzada de desear cada vez más espinacas, zumo de naranja, descanso. Sentía un amor salvajemente romántico y una admiración sin límites por el arisco gran bosque, y mientras hacía el equipaje ya estaba pensando en cómo ingeniármelas para volver. La verdad era que no había encontrado en absoluto bienestar para mi misma. No se como fue que no llegué a ver lo obvio: que los indios, al ser humanos como yo y, a la vez de participar en lo adecuado de la selva, eran el denominador común, el eslabón entre la armonía que me rodeaba y mi deseo de esa armonía.
Algún que otro rayo de luz logro entrar en mi mente cegada por la civilización: por ejemplo, algunos referentes del concepto del trabajo. Habíamos intercambiado nuestra canoa de aluminio, algo pequeña, por una balsa excesivamente grande. En esta barca, tallada de un solo árbol, llegaron a viajar diecisiete indios con nosotros. Con todo su equipaje añadido al nuestro, y todo el mundo a bordo, la inmensa canoa seguía pareciendo vacía. El cargar con ella, está vez con sólo cuatro o cinco indios para ayudarnos, a lo largo de media milla de piedras al borde de una gran cascada, era deprimente de contemplar. Hubo que colocar troncos de árbol a lo largo del camino y, una vez sobre ellos, arrastrar la canoa centímetro a centímetro bajo un sol despiadado, resbalando inevitablemente entre las piedras cada vez que la canoa se tambaleaba fuera de control, y arañándonos él con el granito la piel, los tobillos o la parte del cuerpo sobre la que uno cayese. Los italianos y yo, sabiendo lo que nos esperaba, pues ya habíamos tenido que cargar antes con la canoa pequeña, pasamos varios días temiendo con antelación el trabajo y el dolor que se acercaban. El día que llegamos a las cataratas de Arepuchi, estabamos preparados para sufrir y comenzamos a tirar de aquello con la cara larga y odiando cada minuto que pasaba.
La maldita balsa pesaba tanto, que muchas veces, al balancearse, uno de nosotros quedaba atrapado contra las rocas hasta que el resto la movíamos. Al llegar a la cuarta parte del trayecto, todos los tobillos sangraban. En parte para sangrar un minuto, salté a una gran roca para tomar una fotografía de la escena. Desde la ventaja de mi puesto, y gracias a la distancia, pude distinguir un hecho de lo más interesante. Ante mí tenía varios hombres entregados a la misma tarea. Dos de ellos italianos, estaban tensos, con el ceño fruncido, perdían los estribos constantemente y soltaban tacos sin parar a la manera toscana. El resto, indios, estaban muy a gusto. Se reían ante el movimiento de la canoa, transformando la batalla en juego; se relajaban entre empujones, se reían de sus arañazos, y se divertían especialmente cuando la canoa les atrapaba uno tras otro. Invariablemente, el tipo que había tenido la espalda desnuda atrapada contra el granito, una vez libe, lanzaba las carcajadas más sonoras, disfrutando de su libertad.
Todos estaban haciendo el mismo trabajo; todos estaban sometidos a la misma tensión y al mismo dolor. La única diferencia entre nuestras situaciones era que nosotros habíamos sido condicionados por nuestra cultura para creer que tal combinación de circunstancias implicaba una baja indudable en el nivel de bienestar, y no teníamos ni idea de que tuviésemos alguna opción sobre el tema.
Los indios, por otro lado, también inconscientes de su elección, estaban en un estado de ánimo particularmente alegre que se manifestaba en camaradería; y por supuesto que no habían pasado los últimos días regodeándose con el fastidio de lo que se les venía encima. Cada avance suponía para ellos una pequeña victoria. Cuando terminé de hacer fotos y me uní a ellos, opte por abandonar la opción civilizada y disfrute de verdad con el resto del trabajo. Hasta los arañazos y cardenales pasaron con facilidad a no ser más que lo que eran: pequeñas heridas que sanarían pronto sin necesidad de reacciones emocionales desagradables, como enfado, auto-compasión y resentimiento, ni ansiedad sobre cuántas más vendrían antes de acabar con el arrastre. Al contrario, pude apreciar lo bien diseñado que estaba mi cuerpo, que se curaba a sí mismo sin necesidad de instrucciones o decisiones mías.
Pero pronto mi sensación de emancipación cedió ante la tiranía de la costumbre, ante el peso tremendo de los condicionantes culturales que sólo puede cancelarse con un esfuerzo consciente prolongado.
Más adelante surgió otra pista sobre la naturaleza humana y el trabajo. Dos familias indias vivían en una choza sobre una magnífica playa blanca, un remanso rodeado por piedras que formaban una media luna, el Caroni y las cataratas de Arepuchi un poco más allá. Un paterfamilias se llamaba Pepe, el otro Cesar. Fue Pepe quien contó la historia. Parece ser que Cesar había sido “adoptado” por venezolanos cuando era un niño, y se había ido a vivir con ellos a un pueblo pequeño. Le mandaron al colegio, aprendió a leer y escribir, y le criaron como venezolano. Cuando creció marchó como otros tantos hombres de los pueblos de Guianese, a probar fortuna con la búsqueda de diamantes en el alto río Caroni. Estaba trabajando con un grupo de venezolanos cuando Mundo, jefe de los Tauripanos en Guayparu, le reconoció.
“¿No te llevaron a vivir con José Grande?”, preguntó Mundo. -“Me crió José Grande” dijo, según la historia, Cesar. “Entonces debes volver con tu propia gente. Eres un tauripano”, dijo Mundo. Cesar después de pensarlo mucho, decidió que estaría mejor viviendo como indio que como venezolano y fue a Arepuchi, donde vivía Pepe.
Durante cinco años Cesar vivió con la familia de Pepe, se casó con una bella mujer Tauripana, y tuvo una niña. Como a Cesar no le gustaba trabajar, él, su mujer y su hija comían de lo que crecía en la plantación de Pepe. Cesar estuvo encantado de que Pepe no esperase de él ni que cultivase un terreno propio ni que le ayudase a limpiar el suyo. A Pepe le gustaba trabajar y a Cesar no, así que el arreglo les venía bien a los todos.
A la mujer de Cesar le gustaba reunirse con otras mujeres para cortar y preparar la tapioca, pero a Cesar sólo le gustaba salir a cazar tapir y, ocasionalmente, algún otro tipo de gamo. Al cabo de un par de años empezó a disfrutar con la pesca y añadió sus presas a las de Pepe y sus hijos, a quienes siempre gustaba pescar manteniendo bien provistas de pescado a ambas familias.
Justo antes de que llegásemos nosotros Cesar había decidido limpiar su propio terreno, y Pepe le ayudó en todos los detalles, desde elegir el lugar hasta tirar y quemar los árboles. Pepe lo disfrutó aún más porque él su amigo charlaron y bromearon todo el tiempo.
Cesar tras cinco años de garantía, había sentido que nadie le presionaba a llevar a cabo el proyecto, y se sentía tan libre como Pepe o cualquier otro indio para disfrutar del trabajo.
Todo el mundo estaba contento en Arepuchi, nos dijo Pepe, porque Cesar había empezado a estar descontento e irritable. “quería tener su propio huerto”, dijo riendo, “pero él no lo sabía”. A Pepe le resultaba graciosísimo el que alguien no supiese de sí mismo que quería trabajar.
Estas indicaciones de que en la civilización nos basamos en conceptos seriamente erróneos sobre la naturaleza humana, no me surgieron en aquel entonces ningún principio general sobre el tema. Pero, pese a que no me había formado ninguna idea sobre l que quería saber, y ni siquiera sabía claramente que andaba buscando algo, al menos reconocí haber encontrado un camino que merecía la pena seguir. Esto bastó para mantener mi rumbo durante los años siguientes.
La segunda expedición, a seis semanas de los límites de la Venezuela de habla hispana, la encabezó un italiano, un profesor convencido de que las chicas no tenían nada que hacer en la selva.
Uno de mis antiguos socios logró que me aceptara a regañadientes, y pude seguir mi camino al mundo de la edad de piedra de las tribus Yequana y Sanema, protegidas del exterior por el llamado “impenetrable” bosque de la lluvia, en la cuenca alta del río Caura, junto a la frontera con Brasil.
Las fuertes personalidades individuales de hombres, mujeres y niños eran aún más evidentes en ellos, pues nunca habían tenido la necesidad de protegerse de extraños tras rostros impasibles, como sucedía a los Tauripanos. Sin embargo, en aquella tierra extraña, no fui capaz de comprender que mucho del carácter irreal de su gente se debía a la ausencia de infelicidad, un factor común en todas las sociedades que yo había conocido hasta entonces.
Tenía la sensación imprecisa de que en algún lugar detrás de los árboles, fuera de la vista, el fantasma de Cecil B. de Mille estaba dirigiendo la acción al estilo clásico, unidimnesional, de los salvajes de Holliwood. Las “reglas” del comportamiento humano no iban con ellos.
Durante tres semanas mis socios fueron detenidos por un gran grupo de Pigmeos que les retuvo como mascotas, y yo viví sola con los Yequana. En ese breve intervalo de tiempo, me deshice de más de las suposiciones con las que había sido criada que en la primera expedición entera. Y comencé a comprender el valor del proceso de desaprendizaje. También hubo varios factores más que indicaban un punto de vista alternativo con referencia al trabajo y que lograron atravesar las capas de mis prejuicios.
Uno de ellos fue la aparente ausencia de la palabra “trabajo” en el vocabulario Yequana. Tenían la palabra “tarabao”, que usaban para describir tratos con no-indios a los cuales –nosotros éramos la excepción- conocían sólo de oídas. Esta palabra venía de la palabra castellana “trabajo”, y se refería con bastante exactitud a lo que los conquistadores y sus sucesores entendían por tal. Me sorprendió que entre todas las palabras que aprendí de ellos está era la única que se derivaba del castellano. Al parecer, entre los Yequana no existía un concepto de trabajo parecido al nuestro. Había palabras para cada actividad concreta, pero no un término genérico.
Dado que no distinguían el trabajo de cualquier otra actividad, no tenía nada de sorprendente lo irracional (según pensaba yo entonces) de su comportamiento a la hora de ir a por agua. Las mujeres abandonaban sus hogueras llevando consigo dos o tres calabazas cada vez y, tras bajar una pendiente elevadísima y resbaladiza en cuanto se mojaba, llenaban en un arroyuelo y trepaban de nuevo hasta el pueblo. La operación completa requería unos veinte minuto, y muchas de ellas llevaban consigo a las criaturas además de las calabazas.
Cuando baje por primera vez, me sorprendió lo incomodo de tener que andar tanto para cubrir una necesidad tan frecuente. No me cabía en la cabeza que no hubieran construido el pueblo en un lugar donde el agua fuese más accesible. En la última parte del paseo, a la orilla del arroyo, estaba densa por la ansiedad de tener que prestar atención a cada paso que daba. Seguro que los Yequana tienen un mayor sentido del equilibrio y, como los indios americanos, carecen de miedo a las alturas, pero el caso es que ni ellas ni yo nos caímos nunca, y fui la única a la que enfadaba tener que prestar atención a donde ponía los pies.
Sus pasos eran tan cuidadosos como los míos, pero ellas no fruncían el ceño, como hacia yo, ante “el infortunio” de tener que prestar atención. Seguían charlando y bromeando suavemente, tanto en el llano como en la pendiente, pues por lo general iban en grupos de dos o tres y, como siempre, un ambiente de fiesta prevalecía.
Una vez al día cada mujer dejaba sus ropas (un cache-sexe tipo delantal, y cuentas para los tobillos, rodillas, muñecas, antebrazo, cuello y orejas) y calabazas a la orilla del arroyo y se bañaban con su criatura. Por muchas mujeres y niños que participaran, había siempre una cualidad de lujo romano en ese baño. Cada movimiento indicaba placer sensual, y las criaturas se pasaban de mano en mano como objetos maravillosos, hasta el punto de que las madres se veían obligadas a contener su alegría y orgullo con una falsa mueca de modestia llena de humor. El descenso de la montaña se llevaba a cabo con el mismo aire, casi presumido, de quien está acostumbrado a lo mejor de lo mejor, y los peligrosos últimos pasos de entrada al arroyo eran dignos de una mis mundo acercándose a recoger su corona. Esto era cierto en toda mujer y chica yequana que conocí, aunque las distintas personalidades hacían que se manifestasen su encanto de maneras muy diferentes.
Tras reflexionar sobre ello, me resultó difícil encontrar una manera mejor , desde el punto de vista del bienestar, de aprovechar el tiempo empleado en recoger agua. Por otro lado, si el criterio fuese el progreso – y sus asistentes: velocidad, eficiencia novedad-, los paseos al agua resultarían propios de un imbécil. Pero el ingenio que esta gente había manifestado en mi experiencia con ellos era tal, que, si les hubiese pedido que inventaran alguna manera de evitarme el paseo hasta el agua, no dudo que habrían construido un sistema de cañerías de bambú y poleas para ayudarme, o me habrían construido una cabaña junto al arroyo. Pero ellos mismos no tenían ningún motivo para progresar, pues no sentían ningún tipo de presión que les llevase a cambiar sus maneras.
El que yo considerase como una imposición tener que usar la coordinación, perfectamente adecuada, de mi cuerpo, o me enfadase, en base a un principio nuca cuestionado, el malgastar el tiempo en satisfacer necesidades, estaba en función de unos valores arbitrarios que su cultura no compartía.
Otra cosa que aprendí sobre el trabajo, fue el fruto de la experiencia y no de la observación. Anchu, jefe del pueblo Yequana, había tomado por costumbre, guiarme, siempre que se le presentaba la ocasión, hacia un comportamiento más feliz. Yo acaba de intercambiar un adorno de cristal por siete cañas de azúcar, y estaba en el proceso de asimilar una lección (que mencionaré más adelante) que acababa de recibir sobre las técnicas de trueque entre individuos para los que las relaciones humanas son más importantes que conseguir una rebaja. La esposa de Anchu se dirigió de vuelta a su cabaña, un lugar cercano y aislado, y Anchu, un Sanema que parecía su mayordomo, y yo, teníamos que atravesar andando dos montañas al pueblo, en lo alto de una tercera montaña. Anchu pidió al Sanema que cogiese tres cañas y colocó otras tres sobre sus propios hombros, dejando una en el suelo. Yo esperaba que los hombres cargasen con todas, y cuando Anchu señalo la última caña y dijo “Amaadeh” (“tu”), por un instante me enfurecí ante la idea de que se me ordenase cargar con algo en el empinado camino de vuelta, habiendo dos hombres fuertes que podían hacerlo; pero recordé a tiempo que, antes o después, siempre resultaba que Anchu sabía más sobre casi todo.
Me coloqué la caña sobre los hombros y, como Anchu esperaba para que yo fuese en cabeza, comencé el primer ascenso. Al peso del temor al largo paseo de vuelta acumulado durante el viaje de ida –y aumento durante la comida en la casa de Anchu y el tiempo que pasamos en el cañaveral- , se añadió la noticia de que, además, tendría que cargar una caña pesada. Los primeros pasos estuvieron marcados por pensamientos sobre la presión que yo siempre experimentaba en las marchas a lo largo de la selva, especialmente cuesta arriba y sin tener las manos libres.
Peor de repente, todo ese peso añadido desapareció. Anchu no hizo la menor seña que indicase que yo debía andar más rápido, que mi prestigio sufría si yo mantenía un paso cómodo, que se me juzgaba por mi rendimiento, o que el tiempo pasado sobre el camino iba a ser menos apetecible que el tiempo a pasar de vuelta en casa.
La prisa había sido siempre una componente en situaciones similares con mis socios blancos, cómo también lo había sido la ansiedad por adaptar mi paso al de los hombres para mantener el honor del sexo débil, y la presunción nunca cuestionada de que la ocasión era desagradable porque ponía a prueba nuestro aguante físico y determinación moral. Está vez la actitud de Anchu y el Sanema, tan distinta, hizo que esos elementos desaparecieran, y por primera vez me sentí simplemente caminando por el bosque con una caña de azúcar sobre mis hombros. Lejos quedó el espíritu de competición, el esfuerzo físico pasó a ser algo impuesto a ser una demostración satisfactoria de la fuerza de mi cuerpo, y aquella actitud de quien va hacia el martirio con determinación dejó de tener sentido.
Y entonces, un nuevo placer se añadió a mi libertad: fui consciente de estar acarreando no sólo caña de azúcar, sino parte de una carga compartida entre tres compañeros. Había escuchado con frecuencia en el colegio y en el campamento de verano la expresión “espíritu de equipo”, hasta que no llegó a significar más que una falsa pretensión. La posición de cada cual era siempre de riesgo. Una se sentía siempre amenazada, observada, juzgada. La intención inicial de realizar una tarea a medias con un camarada se perdía en un nudo de competiciones; la sensación básica de placer al compartir las propias fuerzas con las de otros nunca había tenido ocasión de emerger.
Durante el camino me asombro la velocidad y facilidad con las que caminaba. Por lo general solía ir más lento, eso sí, sudando sin parar y al borde de mis límites. Quizás estaba acercándome al secreto de los indios, capaces de superar a nuestros hombres más fuertes y entrenados pese a tener, por lo general menor poder muscular. Economizaban sus fuerzas a base de usarlas sólo para realizar la tarea, sin desperdiciarlas en tensiones asociadas.
Me acorde entonces de mi sorpresa ante los Tauripanos en la primera expedición, cuando, cargados cada uno de ellos con setenta y cinco libras mientras cruzaban un puente sobre un río que consistía en un solo tronco atravesado, a uno de ellos se le ocurría una broma, se paraba en mitad del tronco, se daba la vuelta , contaba la historia a los hombres que se apilaban detrás y proseguía la marcha, mientras todos se reían a su manera curiosamente musical. Nunca se me ocurrió que ellos no estaban sufriendo, como nos ocurría a nosotros en tales circunstancias, y así con su alegría, me causaron la impresión de ser algo lunáticos. (De hecho era muy propio de ellos contar una broma en mitad de la noche, cuando todo el mundo dormía. Aunque muchos estaban roncando sonoramente, todos se despertaban inmediatamente, se reían y continuaban durmiendo, ronquidos incluidos. No consideraban que el estar despierto fuera más desagradable que el dormir, y se despertaban en un estado completamente alerta, como cuando todos los indios, que dormían , oían a la vez un rebaño lejano de peligrosos animales, mientras que yo, despierta y escuchando no había notado nada). Como casi todos los viajeros, yo había observado su comportamiento sin comprenderlo, y nunca había intentado establecer un puente entre su expresión de la naturaleza humana y la nuestra.
Pero en aquella segunda expedición empecé a apreciar las ideas nuevas que me venían a abrir nociones cerradas, como “el progreso es bueno”, “el hombre ha de establecer leyes bajo las que vivir”, “una criatura pertenece a sus padres”, “el hacer nada es más agradable que el trabajo”.
Las expediciones tres y cuatro, bajo mi propia dirección, y que duraron, respectivamente, cuatro y nueve meses, me llevaron de nuevo a la misma región, y el proceso continuo. Mis diarios reflejan que la técnica del des-aprendizaje se fue convirtiendo para mí en una segunda naturaleza, pero que las premisas más generales y no cuestionadas sobre las que mi cultura construía su visión de la condición humana -por ejemplo que la infelicidad es una parte tan legítima de la experiencia como la felicidad, o que el que tiene más ventajas ser joven que viejo-, esas, me llevó más tiempo librarme de ellas y someterlas a examen.
Al final de la cuarta expedición volví a New York con la cabeza tan llena de lo que había visto, y con un punto de vista tan carente de presuposiciones, que el efecto fue como el de llegar, tras un largo recorrido, al punto cero. Mantenía mis observaciones como piezas separadas de un rompecabezas pues, habiéndome acostumbrado a analizar cualquier cosa que resultase sospechosa, el caer en deducir a partir de un grupo concreto de comportamientos un principio de la naturaleza humana, me mantenía reticente a unirlas.
Comencé a invertir el proceso de ruptura cuando un editor me pidió que escribiera un texto explicando con detalle unas declaraciones mías en el “New York Times” y, poco a poco, empecé a percibir el orden que subyacía no sólo en mis observaciones en América del Sur, sino también en los fragmentos desnudos en los que había roto mi experiencia de la vida civilizada.
En aquel entonces yo carecía de teoría; pero, mientras observaba sin parpadear mi entorno, vi por primera vez algunas de las distorsiones en las personalidades que me rodeaban, y comencé a su vez a entender a algunas de las fuerzas que las distorsionaban. Al cabo de un año, más o menos, reconocí el origen evolutivo de las experiencias e impulsos humanos y pude empezar a explicar el alto grado de bienestar de mis amigos salvajes comparados con los civilizados.
Consideré adecuado el realizar una quinta expedición antes de discutir estas líneas en un libro. Quería mirar de nuevo a los Yequana, está vez con mis nuevas ideas en mente para ver si mis observaciones , hechas retrospectivamente, aumentaban de manera útil con un estudio deliberado.
“Me daría vergüenza reconocer ante los indios que allá de donde yo vengo las mujeres no se sienten capaces de criar a sus hijos hasta que han leído las instrucciones escritas por un desconocido”.
En la pista que se limpió en la segunda expedición y que se utilizó para aterrizar en la tercera y cuarta, habían construido una misión y un centro meteorológico. Ambos habían sido abandonados. Los Yequana, a pesar de que algunos se habían comprado pantalones y camisetas, no habían cambiado, y sus vecinos Los Sanema, a pesar de que la enfermedad los había llevado casi a extinguirse, se aferraban con la misma firmeza a su manera tradicional y adecuada de vivir.
Ambas tribus estaban dispuestas a trabajar o hacer trueques para conseguir cosas del exterior, pero no estaban dispuestas a pagar el precio de abandonar ninguno de sus puntos de vista, tradiciones o formas de vida. Algunas pistolas y linternas crearon en sus poseedores un moderado deseo de poder, pero nada que les llevase a hacer ningún trabajo que no disfrutasen, ni a repetir una tarea una vez que está resultase tediosa.
Algunos detalles que se escapaban a la observación superficial, como si los niños estaban presentes o no durante el acto sexual de los padres, los rellené preguntando, y lo mismo hice con los que se referían a su visión del universo, su mitología, sus actividades chamánicas, etc., pues resultaban relevantes por proceder de un tipo de cultura que resulta tan adecuada a la naturaleza humana.
Pero, sobre todo, la quinta expedición sirvió para asegurarme que mi interpretación de su comportamiento, construida sobre mis memorias de este, contaba con el apoyo de la realidad. De hecho, visto a la luz de principios continuum, el comportamiento de ambas tribus, que tan extraño me había parecido, no solo se entendía sino que podía a menudo predecirse.
En mi búsqueda de excepciones que pudiesen indicar errores en mis razonamientos, constantemente encontré confirmación a la regla, como el caso de un bebe que se chupaba el dedo, tensaba el cuerpo y lloraba como un niño civilizado. No había ningún misterio: los misioneros se lo habían llevado al poco tiempo de nacer, y había permanecido en un hospital de Caracas ocho meses hasta que su enfermedad sanó y pudo volver con su familia.
El doctor Robert Coles, psiquiatra de niños y escritor a quién una fundación Americana pidió que evaluará mis ideas, me dijo que se le había invitado como “especialista en el campo”, pero que “ el campo, desafortunadamente, aún no existe como tal”, y ni él ni nadie podría ser considerado experto en él. El concepto del continuum ha de ser, por lo tanto, evaluado en función de sus propios méritos, según llegue o no a tocar esos sentidos y sensaciones, casi enterrados en cada individuo, que intenta describir y restablecer.

2:El concepto del continuum.

A lo largo de dos millones de años, y a pesar de tratarse de la misma especie animal que nosotros, el ser humano tuvo éxito. Había evolucionado de la simiedad a la humanidad como cazador, con un estilo de vida eficiente que, de haber continuado, podría haberle llevado a sobrevivir millones de años. Tal y como están las cosas, todos los ecologistas están de acuerdo en que sus posibilidades para sobrevivir este milenio decrecen cada día.
Durante los escasos miles de años que han pasado desde que el ser humano abandonó el estilo de vida para el que fue evolutivamente adaptado, no sólo ha alterado el orden natural de todo el planeta, sino que además se las ha ingeniado para poner en entredicho el altamente evolucionado buen sentido que había guiado su propio comportamiento durante millones de años. Mucho de este sentido ha sido arruinado recientemente, al haber sido arrancados de cuajo los últimos recodos de nuestra capacidad instintiva, y haber sido expuestos a la mirada incapaz del silencio. Cada vez con mayor frecuencia la sospecha produce un corto-circuito en nuestro sentido innato de lo que es mejor para nosotros, mientras que el intelecto, que nunca ha sabido mucho sobre nuestras necesidades reales, decide qué se hace.
Por ejemplo, no es asunto de la razón el decidir cómo debe ser tratada una criatura. Desde mucho antes de que nos convirtiésemos en algo parecido al homo sapiens, hemos tenido instintos exquisitamente precisos y expertos en cualquier detalle sobre el cuidado de los niños. Peor hemos logrado desconectar de tal manera este convencimiento que teníamos de antiguo, que ahora contratamos investigadores para que nos aclaren como hemos de comportarnos con los niños, con nosotros mismos y con los demás. No es ningún secreto que los expertos no han logrado “descubrir” como vivir satisfactoriamente, pero cuanto más fallan, mayor es su empeño en resolver todos los problemas a través de la razón e ignorar aquello que la razón no puede entender o controlar.
En este momento estamos bastante dominados por el intelecto; nuestro sentido innato de lo que es bueno para nosotros ha sido destruido hasta el punto de que apenas somos conscientes de que está ahí, y no podemos distinguir un impulso original de otro distorsionado.
Pero creo que es posible partir desde donde estamos, perdidos y minusválidos, y encontrar un camino de vuelta. Al menos podríamos aprender que dirección seguir mejor para nuestros intereses, y no seguir realizando esfuerzos que nos llevan a descarrilar. La parte consciente de la mente, como “buen asesor técnico” en la guerra de otro, al ver que sólo lleva a error debería quitarse de en medio, no empujar aún más al otro territorio extraño. Hay, por supuesto, muchísimas tareas que nuestra capacidad de razón puede llevar a cabo sin estar con ello apropiándose del trabajo que durante millones de años ha sido llevado a cabo por esa parte de la mente, infinitamente más refinadas y sabias, llamadas instintos. Si tales tareas fuesen también conscientes, nos harían perder la cabeza al minuto, aunque sólo fuese por el hecho de que la mente consciente, por naturaleza, sólo puede hacerse cargo de diversas cuestiones una a una, mientras que el inconsciente puede llevar a cabo, simultanea y correctamente, un gran número de observaciones, cálculos, síntesis y ejecuciones.
En este contexto, “correcto” es una palabra complicada. No implica que todos estemos de acuerdo en lo que queremos conseguir con nuestras acciones, pues las ideas intelectuales sobre lo que se quiere varían con las personas. Lo que aquí se entiende por “correcto” es aquello que es adecuado al antiguo continuum de nuestra especie, en el sentido de que está de acuerdo con los impulsos y expectativas con los que evolucionamos. En este sentido la expectativa está arraigada en el hombre tan profundamente como su mismo diseño. Se puede decir que sus pulmones no sólo tienen, sino que son una expectativa de aire; sus ojos son una expectativa de rayos de luz de longitud de onda específica, emitidos por aquello que le es útil ver durante las horas en le es útil a su especie poder ver; sus oídos son una expectativa de vibraciones causadas por los sucesos que más le pueden afectar, incluyendo las voces de las otras personas; y su propia voz es una expectativa de que los oídos de otros funcionen de la misma manera. La lista podría extenderse interminablemente: piel y cabellos a prueba de agua –expectativa de lluvia; pelos en los orificios nasales –expectativa de polvo; pigmentación en la piel – expectativa de sol; mecanismo de transpiración –expectativa de calor; mecanismo para coagular – expectativa de heridas en la superficie del cuerpo; un sexo –expectativa del otro; mecanismo reflejo – expectativa de la necesidad de reaccionar con rapidez en emergencias.
¿Cómo logran las fuerzas que lo componen, conocer con antelación lo que serán las necesidades del ser humano? El secreto es la experiencia. La cadena de experiencias que preparan a un ser humano para su vida en la tierra comienza con las aventuras de la primera célula viva. Lo que esta célula experimentó con respecto a la temperatura, composición de su entorno, alimento disponible con el que sustentar sus actividades, cambios climáticos y encuentros con objetos o miembros de su especie, fue trasmitido a sus descendientes. A partir de estos datos, transmitidos por medios que aún resultan misteriosos para la ciencia, surgieron cambios lentos, lentísimos, que, tras un tiempo inimaginablemente largo, dieron lugar a una gran variedad de formas que podían sobre vivir y reproducirse adaptándose al medio de diversas maneras.
Como ocurre siempre que un sistema que se diversifica y adquiere mayor complejidad, adaptándose con mayor precisión a una variedad más amplia de circunstancias, el efecto fue mayor estabilidad. La vida misma estaba sometida a un peligro menor de extinción debido a catástrofes naturales. Aún cuando toda forma de vida desapareciese, habría muchisímas otras para seguir adelante y seguir complicándose diversificándose, adaptándose y estabilizándose. (No parece una locura aventurarse y suponer que unas cuántas formas “primeras” de vida se extinguieron antes de que alguna lograra sobrevivir, quizás millones de años después, diversificándose a tiempo para evitar desaparecer tras algún suceso elemental intolerable).
Simultáneamente, el principio estabilizador estaba en funcionamiento en cada forma y en cada parte de cada forma, tomando datos de la herencia de experiencias y de contactos de todo tipo, y equipando aún más complejamente a los descendientes para encara con mayor eficiencia tales experiencias. Así pues el diseño de cada individuo era un reflejo de la experiencia que esperaba encontrar. La experiencia que podía tolerar estaba definida por las circunstancias a las que sus antecesores se habían tenido que adaptar.
Si las criaturas se habían formado evolutivamente en un medio que nunca superó los 120º F, ni descendió por debajo de los 45º F, ellas podrían sobrevivir en tales temperaturas; pero no podrían sobrevivir de ser expuestas por periodos excesivamente largos a condiciones extremas para su tolerancia. Las reservas de emergencia se extinguirían, y de no llegar a tiempo el alivio, ocurriría la muerte, ya del individuo ya de la especie. Si uno quiere saber lo que es correcto para la especie, ha de conocer las expectativas innatas de esa especie.
¿Cuánto sabemos de las expectativas innatas del ser humano? Conocemos bastante bien lo que consigue, y a menudo se nos dice lo que, de acuerdo con el sistema de valores imperante, quiere o debería querer. Pero, irónicamente, aquello que su historia evolutiva le ha condicionado a esperar permanece como el más oscuro de los misterios. El intelecto ha tomado el poder de lo que es mejor, he insiste en que se de soberanía a sus caprichos y suposiciones. En consecuencia la expectativa confiada del ser humano de encontrar entorno y trato adecuados está hoy tan frustrada, que mucha gente considera una suerte el no carecer de hogar o no estar sufriendo. Y aún cuando diga “estoy bien”, hay en el ser humano un sentido de perdida, una ansiedad de algo que no puede nombrar, un sentimiento de estar descentrado, de faltarle algo. Si se le pregunta directamente pocas veces lo niega.
Así pues, para descubrir la naturaleza precisa de estas expectativas evolutivas, no tiene sentido observar el último modelo, el ejemplo civilizado.
Observar otras especies puede ayudar, pero también puede llevarnos a error. Donde el nivel de desarrollo se corresponde, las comparaciones con otros animales resultan válidas. Este es el caso de las necesidades más antiguas profundas y fundamentales que anteceden a nuestra forma antropoide, como el requisito de aire para respirar, que surgió hace cientos de millones de años y es compartida por muchos animales. Pero resulta obviamente más útil estudiar sujetos humanos que no han abandonado comportamiento y entorno adecuados al continuum. Aún si somos capaces de identificar alguna de esas expectativas nuestras menos evidentes que “aire para respirar”, siempre quedará una cantidad inmensa de expectativas sutiles que identificar antes de que podamos siquiera en un ordenador que nos ayude a encontrar una pequeña fracción de nuestro conocimiento instintivo de ellas. Es, por lo tanto, esencial, el aprovechar cualquier oportunidad que se nos brinde para restablecer nuestra capacidad innata para reconocer lo que es adecuado. El torpe intelecto con el que ahora intentamos reconocer aquello que nos es adecuado, quedaría libre para ocuparse en las tareas que le son más propias.
Las expectativas con las que encaramos la vida están inseparablemente ligadas a los impulsos (por ejemplo, a mamar, a evitar daño físico, a gatear, a explorar, a imitar). Según el trato y circunstancias que esperamos se van haciendo accesibles, entran en interacción con conjuntos de impulsos en nosotros, preparados para ello por la experiencia de nuestros antecesores. Cuando lo esperado no tiene lugar, impulsos correctivos o compensatorios hacen un esfuerzo por mantener la estabilidad.
El continuum humano puede ser descrito como la sucesión de experiencias que se corresponden con las expectativas e impulsos de nuestra especie en un entorno consistente con el que tales expectativas e impulsos se formaron. Esto incluye, como parte del entorno, un comportamiento adecuado y un trato adecuado por parte de las otras personas.
El continuum de un individuo es un todo, pero a la vez forma parte del continuum de su clan, comunidad y especie, de la misma manera que el continuum humano forma parte de continuum de toda la vida. Cada continuum tiene sus propias expectativas e impulsos, que surgen a partir de un precedente largo de formación. Así el continuum que incluye a todo ser vivo espera incluso, debido a su experiencia, un marco adecuado de condiciones en el entorno inorgánico.
En cada forma de vida, el impulso a evolucionar no es aleatorio, sino que sigue sus propios intereses. Esta dirigido hacia una estabilidad mayor, es decir, mayor diversidad, complejidad y por lo tanto adaptabilidad.
Esto no tiene nada que ver con lo que llamamos “progreso”. De hecho, la resistencia al cambio, que no está en conflicto con el impulso a evolucionar, es una fuerza indispensable para mantener cualquier sistema estable.
Sólo podemos hacer una suposición sobre lo que es lo que interrumpió nuestra propia resistencia innata al cambio, hace tan sólo unos cuantos miles de años. Lo importante es entender que significa evolución frente a cambio no evolutivo. Están en extremos diametralmente opuestos, pues lo que la evolución crea en diversidad, adaptada con mayor precisión a nuestras necesidades, lo destruye el cambio introduciendo comportamientos o circunstancias que no tienen en cuenta todos los factores que afectan a nuestros intereses. Todo lo que el cambio puede hacer es sustituir una pieza de comportamiento bien integrado por otra que no lo está. Sustituye lo que es complejo y adaptado por algo más simple y menos adaptado. Como consecuencia, el cambio da lugar a tensiones en la intrincada relación entre factores internos y externos al sistema.
La evolución, pues, crea estabilidad; el cambio trae vulnerabilidad.
Las organizaciones sociales siguen también estas reglas. Una cultura evolucionada, una forma de vida para un grupo de personas que satisfaga sus expectativas sociales, puede tomar entre una infinidad de estructuras. Las características superficiales de estas estructuras pueden variar mucho; sus principios básicos, y algunos aspectos fundamentales, no les queda más remedio que ser idénticos. Serán resistentes al cambio, al haber evolucionado a lo largo del tiempo como cualquier otro sistema de la naturaleza. También ocurrirá que cuanto menos interfiera el intelecto en el instinto a la hora de crear los modelos de comportamiento, menos rígida necesitará ser la estructura en su superficie (con respecto a detalles de comportamiento, rituales y exigencias de conformidad) y más rígida en su esencia (en actitudes frente al ser y frente a los derechos de los demás , y en sensibilidad hacia las señales del instinto que favorecen la supervivencia, la salud, el placer, un equilibrio en el tipo de actividades que se llevan a cabo, el impulso a proteger las especies, un uso económico de las plantas y animales del entorno, etc.) En una palabra cuanto más se apoya una cultura en el intelecto a la hora de establecer normas y reglas, más restricciones son necesarias en el individuo para mantenerla.
No hay ninguna diferencia importante entre un comportamiento puramente instintivo, con sus expectativas e impulsos, y nuestra expectativa, igualmente instintiva, de una cultura adecuada. Una cultura en la que podamos desarrollar nuestros impulsos y satisfacer nuestras expectativas, primero de un trato muy preciso en la infancia, y gradualmente de un tipo (más flexible) de trato, circunstancias y requisitos para los que estamos preparados, ansiosos porque lleguen, y a los que somos capaces de adaptarnos.
El papel de una cultura en la vida humana es tan legítimo como el del lenguaje. Ambos comienzan con la expectativa e impulso a encontrar su contenido en el entorno. El comportamiento social de una criatura se desarrolla entre influencias esperadas y el ejemplo de su sociedad. Fuerzas innatas también le llevan a hacer aquello que percibe se espera de ella; los demás humanos le hacen saber lo que esperan, de acuerdo con su cultura. El aprendizaje es un proceso de satisfacer expectativas de cierto tipo de información; tipos que van aumentando según un orden preciso de complejidad, como ocurre con el habla.
La base de lo que está bien y mal en un momento dado en una cultura, está de acuerdo con los barremos marcados por nuestras expectativas, y es mantenido por el sentido del continuum de cada individuo (estimulado por el placer, dirigido mediante una repulsión natural que aumenta según se va alcanzando los límites de lo que es adecuado). Las particularidades de cada sistema pueden variar infinitamente siempre y cuando se respeten ciertos parámetros esenciales. Hay muchísimo espacio para las diferencias, individuales o tribales, sin transgredir esos límites.

3.- El comienzo de la vida.

Durante el tiempo que permanece en el útero, el pequeño ser humano necesita que se le permita seguir en línea recta las etapas evolutivas de sus antecesores –desde una célula hasta el homo sapiens, listo para nacer, pasando por el anfibio-, sin que le ocurra nada para lo que la experiencia de sus antepasados le haya preparado. Durante este tiempo, y a no ser que su madre viva junto a un aeropuerto, frecuente discotecas o conduzca un camión, el embrión es alimentado, mantenido a la temperatura adecuada y sacudido de un lado a otro, en la misma manera en que lo eran aya los embriones de los primeros cazadores-recolectores. Tampoco lo que escucha difiere mucho de lo que escuchaban aquellos: escucha los latidos del corazón de su madre, su voz y la voz de otras personas y animales; escucha también su digestión, sus ronquidos, su risa, su canto, su tos... Y ninguno de estos sonidos le molesta. Su adaptación los ha tenido a todos a lo largo de los millones de años en que sus antepasados escucharon sonidos parecidos, igual de fuertes e igual de repentinos. Y es más, debido a esta experiencia de sus antepasados, el pequeño ser humano espera los sonidos , las sacudidas y los movimientos bruscos; forman parte de la experiencia que necesita para completar su desarrollo prenatal.
Para cuando nace, el bebé ya se ha desarrollado en su celda de alta seguridad lo suficiente para poder emerger y continuar su vida en el mundo exterior, mucho menos acogedor. Hay diversos mecanismos para absorber en parte el trauma del nacimiento. Por ejemplo como protección contra las infecciones, el bebe nace con un alto contenido de globulina gamma en su sangre, contenido que va disminuyendo según la criatura va desarrollando inmunidades. Otro ejemplo nos lo da la visión , inicialmente limitada y que irá pasando de forma gradual, mucho después del nacimiento, a visión completa. Un tercer ejemplo de estos mecanismos lo encontramos en el programa general de desarrollo que coordina muchos de los factores que afectan la formación de la criatura, desde algunos que aparecen antes de nacer, como los reflejos, el sistema circulatorio y el oído, hasta otros que aparecerán días, semanas o meses más tarde, y que incluyen el desarrollo, paso a paso, de las partes del cerebro.
En el momento del nacimiento el entorno inmediato de la criatura cambia radicalmente: pasa de ser húmedo a estar seco; baja la temperatura; los sonidos dejan de estar amortiguados. Además el bebe ha de dejar de utilizar su propia capacidad de respirar para obtener el suministro de oxígeno necesario, y, por si fuera poco, pasara de estar boca abajo a tener la cabeza a un nivel igual o superior al del resto del cuerpo. Pero la criatura puede soportar estas y todas las demás sensaciones del parto natural con una ecuanimidad sorprendente.
Su propia voz no le sorprende, aunque suene dentro de su cabeza, aunque sea muy fuerte y aunque nunca la haya escuchado antes, puesto que la han escuchado de sus “informadores”, los constructores de su capacidad de sentir miedo y de distinguir lo que es temible de lo que es normal. Cuando sus antepasados desarrollaron la voz, también desarrollaron una red de capacidades estabilizadoras para suavizar su llegada al continuum* de lo que era entonces su especie. A medida que su voz evolucionaba, dentro del total de la evolución de la especie, y adquiría variaciones para adecuarse a un organismo cada vez más complejo, se iban desarrollando más mecanismos para mantener un equilibrio entre la persona y la sociedad en la que iba a ser empleada. El oído se afinaba con ella, los reflejos también, y las expectativas del bebé acabaron por incluir el sonido de su voz como una de las “sorpresas” de las primeras experiencias fuera del útero.
En las primeras etapas posteriores al nacimiento, la criatura está en un estado de consciencia que es todo sensación; no tiene capacidad de pensamiento – en el sentido de la razón, memoria consciente, reflexión, juicio-. Quizás se podría decir que más que consciente es sensible. Dormida siente que está bien, algo parecido al adulto que comparte la cama y al dormir nota la presencia o ausencia de su pareja. Despierta, es mucho más sensible a su condición, pero de una forma en que en el mundo adulto todavía se llamaría subliminal. En cualquiera de los dos estados, una criatura es más vulnerable a su experiencia que un adulto, puesto que no tiene precedentes con los que contrastar sus impresiones.
La falta de la sensación del paso del tiempo no supone tampoco ninguna desventaja a un bebé siempre que esté en el útero o en brazos; simplemente se encuentra bien. Pero para una criatura fuera del útero o de los brazos, el no poder mitigar ninguna parte de su sufrimiento a través de la esperanza ( que depende de un sentido del tiempo), es el aspecto quizás más cruel de la situación en la que se encuentra. Su llanto, por lo tanto, ni siquiera puede contener esperanza, aunque actúa como señal para conseguir alivio. Mas tarde, según van pasando las semanas y los meses, el bebé se va enterando más de lo que ocurre a su alrededor, el llanto se convierte en un acto conectado a un resultado, ya sea negativo o positivo.
Pero las largas horas de espera siguen aún sin ser aliviadas por el desarrollo de un sentido del tiempo. La falta de experiencia previa hace que el tiempo resulte intolerablemente largo para una criatura en estado de necesidad.
Incluso tan tarde como a los cinco años de edad, una promesa hecha en agosto de una bicicleta “para las Navidades del año que viene”, sigue sin producir ninguna satisfacción. Al cabo de diez años el sentido del tiempo habrá ido emergiendo a la luz de la experiencia lo bastante como para que una criatura de esa edad pueda esperar un día, más o menos cómodamente para algunas cosas, una semana para otras y unos meses para algo especial; pero un año carece de sentido cuando se trata de mitigar una necesidad. A los diez años, la realidad del presente, sigue reteniendo una cualidad de lo absoluto que, tan sólo después de mucha más experiencia, dará paso a un sentido de la naturaleza relativa de los acontecimientos de la escala de tiempo de uno mismo. Por lo general, sólo después de cumplidos los cuarenta o cincuenta años se empieza a intuir lo que significa un día o un mes en el contexto de toda una vida, y, de hecho, tan sólo unos cuantos gurús y octogenarios llegan a comprender la relación entre momentos o vidas con la eternidad (dándose perfecta cuenta de la poca importancia del concepto arbitrario del tiempo).
El bebé (como el gurú iluminado) vive en el ahora eterno: un bebe en brazos, (como el gurú), en un estado de felicidad; un bebé fuera de los brazos, en un estado de ansiedad en la desolación del universo vacío. Sus expectativas se mezclan con la realidad, y así, las expectativas que están basadas en su propia experiencia se superponen (sin alterarlas ni sustituirlas), con las ancestrales que son innatas. Las disparidades entre estos dos tipos de expectativas determinan la distancia que separará al bebé de su potencial inherente de bienestar.
Las dos clases de expectativas no se parecen en nada. Las desarrolladas evolutivamente, mantienen la naturaleza de certidumbres hasta que son traicionadas; las aprendidas, tienen el carácter negativo de la decepción, y se manifiestan como duda, sospecha, miedo a ser herido por otras experiencias o, lo más irreversible de todo, la resignación.
Todas estas respuestas funcionan como defensas del continuum*, pero la resignación como resultado de la desesperación absoluta, acaba por anestesiar la expectativa inicial de encontrar las condiciones para que las expectativas sucesivas y sus cumplimientos puedan tener lugar.
Las distintas líneas de desarrollo se irán parando en aquellos puntos en los que los requisitos necesarios a su experiencia particular cesen de darse. Algunas líneas se pararán cuando el bebé sea todavía muy pequeño; otras seguirán desarrollándose hasta que se las frena en la niñez; y algunas continuarán avanzando a lo largo de la vida adulta, de acuerdo con el objetivo de su evolución. En individuos cuyas necesidades no han sido satisfechas, suelen coexistir aspectos de facultades emocionales, intelectuales y físicas, que se encuentran en estados de madurez muy dispares. Todas las líneas de desarrollo, estén cómo estén, atrofiadas o maduradas, trabajan juntas en todo momento, cada una de ellas esperando la experiencia que satisfaga su necesidad, e incapaz, mientras tanto, de proseguir con otra tarea. El bienestar general depende en gran parte de cómo y en qué aspectos se limita el funcionamiento.
En el parto, pues, hay sustos que no asustan, o bien porque son esperados (y si no estuviesen incluso se le echaría en falta), o bien porque no ocurren todos a la vez. El nacimiento no marca el momento en que el bebé está terminado, como si se tratase del final de una cadena de montaje. Hay complementos que ya han “nacido” en el útero, el recién nacido tiene la esperanza o más exactamente la certeza, de que sus necesidades siguientes también serán satisfechas.
¿Qué ocurre a continuación? A lo largo de millones de generaciones, lo que sucede es el paso, en un momento, de un entorno completamente vivo dentro del cuerpo de la madre, a un entorno parcialmente vivo fuera. Aunque el cuerpo de ella, que lo da todo, está ahí y (desde la llegada del andar de pie) el soporte de sus brazos también, hay una parte importante de aire extraño, sin vida , que toca el cuerpo del bebé. Pero la criatura está preparada también para ello. Su lugar en brazos es el lugar esperado, que ella conoce en su más profundo ser como su sitio, y lo que experimente mientras esté en brazos, resultará aceptable a su continuum, dará satisfacción a sus necesidades actuales y contribuirá correctamente a su desarrollo.
De nuevo, la ciudad de sus percepciones es muy distinta de lo que llegará a ser. No puede describir sus impresiones de cómo están las cosas. O están bien o no están bien. Los requisitos son muy estrictos a esa temprana edad. Como hemos visto, una criatura recién nacida no tiene esperanza de, si se encuentra mal ahora, encontrarse bien mas tarde. Si su madre le deja, no puede sentir que “mama volverá enseguida”: De pronto el mundo ya no está bien, las condiciones son intolerables. La criatura escucha y acepta su propio llanto, pero aunque su madre conoce el sonido y su significado desde tiempo inmemorial igual que lo conoce cualquier otro niño o adulto que lo escuche la criatura no lo conoce. Tan sólo siente que es una acción positiva que puede ayudar a arreglar las cosas. Pero si se le deja llorar demasiado, si la respuesta que pretende provocar no se produce, esa sensación también desaparece dando lugar a un vacío completo sin tiempo ni esperanza. Cuando su madre vuelve se siente bien otra vez; no es consciente de que ella haya estado fuera, ni se acuerda de haber llorado. Se conecta de nuevo con su línea de vida y su entorno satisface sus expectativas. Cuando se le abandona , se le echa fuera de su continuum de experiencias correctas, nada es aceptable y nada es aceptado. Tan sólo existe la falta; no hay nada que utilizar, nada sobre lo que crecer, nada con lo que satisfacer su experiencia. Porque las experiencias deben ser las esperadas, y no hay nada en la experiencia evolutiva de sus antepasados que le haya preparado para estar sólo, despierto o dormido, y aún menos para llorar sin que se produzca una respuesta de alguien entre su gente.
El sentimiento natural de un bebe en brazos es de estar a gusto. La única identidad positiva que puede conocer, siendo el animal que es, está basada en la premisa de que él es adecuado, bueno, y bienvenido. Sin está convicción, un ser humano de cualquier edad es un ser lisiado, limitado por la falta de confianza, por la carencia de un sentido pleno de si mismo, de espontaneidad, de gracia. Todos los bebés son buenos, pero ellos sólo llegarán a saberlo por reflejo, por como se les trata. No hay otra manera visible de que un ser humano pueda desarrollar un sentimiento sobre sí mismo; otros tipos de sentimiento no sirven como base del bienestar. La bondad es el sentimiento básico apropiado a los individuos de nuestra especie. Un comportamiento que no asuma la propia bondad esencial, no será un comportamiento para el cual hemos evolucionado. Por ello, no sólo malgastará millones de años de perfeccionamiento de la especie sino que además resultará inadecuado en cualquiera de nuestras relaciones, tanto con nosotros mismos como con el entorno. Si un sentido de la propia bondad esencial, uno no sabe hasta que punto debe exigir en términos de comodidad, de seguridad, de ayuda, de compañía, de amor, de amistad, de objetos materiales, de placer o de alegría. Si se carece de este sentido, se tiene la sensación de que haya donde debería estar uno, sólo hay un espacio vacío.
Muchas vidas se dedican a poco más que comprobar que uno existe. Pilotos de carreras, escaladores, héroes de guerra y otros individuos temerarios que eligen jugar con la muerte, con frecuencia sólo intentan sentir, por contraste, que están vivos. Pero, la excitación que produce este enfrentarse al instinto de autosupervivencia, no sustituye sino de forma débil y provisional, la corriente cálida y firme que surgiría de ese sentido de uno mismo que falta.
El atractivo que emanan las criaturas en la infancia supone, necesariamente, una fuerza poderosa; una fuerza que les permite compensar sus muchas desventajas como seres pequeños, débiles, lentos, indefensos, sin experiencia y dependientes de sus mayores. Este atractivo hace que no necesiten competir, y atrae, además, la ayuda que necesitan.
La ternura que despiertan los bebés es tan fuerte, que logra atravesar las fronteras entre las distintas especies. Una cría de animal despierta una respuesta maternal en todos nosotros, hombres, mujeres y niños. Ya sea morsa recién nacida, cría de elefante, cachorro de tigre o ratoncito de un solo día, queremos acariciarla y darle cosas, protegerla y cuidarla. Todas las características de los bebés están ah: el tierno desamparo, la suavidad especial de pelo, piel o plumas, una cabeza mucho más grande en proporción al cuerpo que la de un adulto, la torpe avidez y la confianza ciega. Y en cada uno de nosotros hay un mecanismo de respuesta que hace que de inmediato, y con ternura, estemos dispuestos a prestar nuestros servicios a los propósitos del pequeño animal, aún cuando uno de estos propósitos sea crecer y convertirse en nuestro enemigo natural.
De la misma manera, una cría humana emite señales que enternecen a una manada de lobos voraces. Se la llevan a su guarida, la mantienen caliente y la madre loba le amamanta, a pesar de que les meta el dedo en el ojo, de empujones a las crías o tire del rabo al padre lobo. Los perros grandes y los gatos pequeños adoptan un papel maternal y totalmente tolerante tanto con las crías del otro como con las humanas, y no cabe duda de que, si se diera el caso, se llevarían igual de bien con las crías de un oso-hormiguero. Es frecuente también el que los cazadores primitivos, después de matar a un animal para conseguir comida, coja la cría y se la lleven a casa, donde la mujer le da el pecho encantada.
Para que las necesidades de una cría queden satisfechas, no es necesario que el papel maternal lo adopte su madre biológica. La persona que la sustituya tampoco tiene porque ser hembra o adulta, excepto en la época de la lactancia, y aún en esos momentos, ni siquiera tiene porque ser de la misma especie. Porque la leche, a diferencia del resto de las dietas respectivas de cada especie, puede ser intercambiada entre todos nosotros. En esto se reconoce el continuum de los mamíferos en acción, a cuyas prioridades se supedita la disparidad de géneros y de especies. Y no sólo para garantizar la alimentación trans-especie, sino porque también el prototipo de mamífero que todos hemos sido antes de desarrollarnos por nuestras propias líneas, es un determinante esencial de nuestras naturalezas respectivas. De hecho, la relación materno –filial, que aparece en la tierra mucho antes de la llegada de los mamíferos, provoca una respuesta en nosotros, como la provocan también –en mayor o menor grado, según el tiempo que haya pasado desde que nos despedimos evolutivamente de ellos-, las señales emitidas por los animales no mamíferos. Así pues, un patito o un pollito suave y amarillo nos afectan profundamente; una cría de tortuga, menos; un pez recién nacido aún menos; un saltamontes, mucho menos, un bebé gusano, casi nada; y nada en absoluto las amebas recién divididas al otro lado de un microscopio. No es que nos divierta ver como otros miembros de una especie cuidan de las crías de los de otra, sino que nos complace profundamente. Es una visión que conmueve a nuestro sentido del continuum, y por ello se registra a nivel físico como placer.
Walt Disney construyó un imperio basado en utilizar aquellas características infantiles que provocan ternura. Y lo hizo evitando casi por completo las criaturas humanas, posiblemente porque los bebés que “pertenecen a otro”, o están al cuidado de otro, provocan un mecanismo de no tocar que, salvo casos patológicos, inhibe nuestros impulsos de interferir. Sin embargo, Disney dotó generosamente a sus animales con características infantiles –mofletes gordos, cabezas grandes en proporción a los cuerpos, (algo que la mayoría de las crías de animales, pero en grado menor), y ojos inmensos con pestañitas rizadas en sus extremos-. También utilizó la naricilla chata, la boca pequeña y el pelo suave, despeinado y lleno de rizos, aún cuando se tratase de representar animales de pelo suave pero liso.
En la película Pinocho, el héroe marioneta era lo bastante no-humano como para poder disfrutar de las ventajas de todos los conmovedores trucos inventados por los maestros de los estudios Disney. Sin embargo, cuando la marioneta se transformó en un niño de verdad, tuvo que renunciar a muchas de las características exageradamente infantiles que tenía como marioneta, puesto que en niño que ya no era bebé hubieran resultado monstruosas.
Dumbo, el bebé elefante que protagoniza otra de las películas de Disney, estaba dotado de todas las características infantiles en unas proporciones desmesuradas: la cabeza inmensa, los enormes y confiados ojos con las pestañas de rigor en las esquinas, su torpeza e impaciencia, y una nariz lo más pequeña posible en un elefante.
Bambi se ajustaba más a las características, tremendamente enternecedoras, de un cervatillo de verdad, con aquellas patas largas e inestables, aquel trasero alto y redondo, aquellos movimientos alertas y repentinos de su cabeza, y sus esfuerzos, tan solemnes y tan torpes, por comportarse como un ciervo mayor.
Sin embargo sus ojos y sus pestañas estaban humanizados, lo mismo que muchos de sus movimientos y expresiones, cogiendo así lo mejor de los dos mundos. Todos los personajes secundarios como patos, ardillas, conejos, pájaros, mofetas, peces de colores y ejemplares del todo humanos como los siete enanos, gozaban de características infantiles irresistibles, mientras que los malos carecían exageradamente de ellas. Así los villanos, las brujas, las madrastras malvadas, los titiriteros crueles, etc, aparecerían no sólo privados de las enternecedoras características de los bebés, sino además provistos de pelo de alambre, nariz grande y huesuda, ojos diminutos, y cabeza pequeña. (los personajes que tenían que resultar atractivos pero no infantiles, como Blanca Nieves y su Príncipe, o Cenicienta el suyo, carecían de la fuerza de otras creaciones de Disney y resultaban insípidas entre tanta criatura conmovedora. Si en aquella época, estos personajes se hubiesen explotado tanto como en los más pequeños las características apropiadas a personas de su edad, las connotaciones sexuales de todas ellas habrían llevado al Tío Walt ante los tribunales).
El papel maternal, el único desde el que uno puede relacionarse con un bebé en sus primeros meses, es adoptado de forma instintiva por los padres, por otros niños y por cualquier persona que trate al bebé, aunque sea sólo durante un minuto. Para un bebé no hay distinción de sexo o edad.
La irrelevancia de las características femeninas y masculinas para el desempeño de los papeles paternales y maternales, ha sido demostrada experimentalmente en un hospital psiquiátrico Francés. Médicos mujeres adoptaron con resultados totalmente satisfactorios el papel de padres con sus pacientes , mientras que enfermos varones, a cuyo cargo estaba el cuidado cotidiano de los pacientes, ejercieron de madres con el ser humano ha estado llevando a la práctica durante millones de años, y que el intelecto descubre de repente).
Así pues, sólo hay una manera posible de relación con un bebé , y dentro de cada uno de nosotros residen respuestas a todas sus señales. También tenemos todo hombre, mujer, niña y niño, un conocimiento exacto y minucioso sobre como cuidar un bebé, a pesar de que últimamente (no más de unos miles de años) hemos dejado que el intelecto experimente sus torpes modas en este terreno tan crítico, y hemos violado nuestra capacidad innata hasta tal punto y de forma tan caprichosa, que apenas nos acordamos de su propia existencia.
En los países “avanzados” es frecuente comprara un libro sobre el cuidado del bebé tan pronto se sabe que se espera un hijo. Unas veces, la moda del momento es dejar que el bebé llore hasta que se le parta el corazón, se rinda y, agotado, se convierta en un “bebé bueno”; otras, la moda es cogerlo cuando la madre le apetezca y no tenga nada que hacer en ese momento; según otra filosofía reciente, hay que dejar al bebé en un vacío emocional, tocarle sólo cuando sea necesario y mostrarle siempre una cara sin expresión. Ningún placer, ninguna sonrisa, ninguna admiración, tan sólo una mirada vacía. Sea lo que sea la moda del momento, las madres jóvenes leen y obedecen, desconfiando de su capacidad innata, y desconfiando de su bebé aún cuando da unas señales todavía perfectamente claras. De hecho, hoy en día los bebés, se han convertido en una especie de enemigo que ha de ser vencido por la madre. Hay que ignorar su llanto para demostrarle quién manda, y, desde el principio, todos los esfuerzos son pocos para hacer que el bebé se adapte a los deseos de la madre. Si el comportamiento del bebé nos hace “trabajar más”, “desperdiciar” el tiempo o nos resulta de alguna manera incómodo, hablemos de mostrar desagrado, desaprobación o hacer cualquier otro gesto que indique que le retiramos nuestro amor. La idea es que atender a los deseos de un bebé le “malcría”, mientras que el ir en contra de ellos sirve para domarle o socializarle. En realidad, en ambos casos se consigue el resultado opuesto. La criatura siente que la naturaleza de la vida es aquello con lo que se encuentra en esa etapa. Cada impresión posterior sólo modificará, en mayor o menor grado, está primera impresión hecha cuando aún no tiene información previa sobre el mundo externo. Sus expectativas, en este periodo, son de las menos flexibles que tendrá nunca. El cambio, al dejar atrás la hospitalidad total del útero, es enorme pero, como ya hemos visto, la criatura viene preparada para dar el gran salto que le llevará del útero a su sitio en brazos.
Lo que no viene es preparada para afrontar ningún salto mayor, y mucho menos un salto en la nada, en la no-vida que supone una cesta cubierta de tela o una caja de plástico sin movimiento sonido, olor o la textura de lo vivo. La violenta ruptura del continuum madre-criatura, tan sólidamente establecido durante las fases que transcurrieron en le vientre, puede dar lugar a una lógica depresión en la madre y la agonía para el bebé.
Toda terminación nerviosa de su piel, recién expuesta al aire, anhela el abrazo esperado. Durante millones de años, la madre ha sostenido contra sí al bebé recién nacido desde el mismo momento de su nacimiento. En los últimos centenares de generaciones, algunas criaturas han carecido de esta importantísima experiencia. Pero esto no disminuye la expectativa de toda nueva criatura de que encontrará el lugar adecuado. Cuando nuestros ancestros caminaban a cuatro patas y tenían vello al que asirse por todo el cuerpo, era la criatura la que mantenía el vínculo entre ella y la madre. Su supervivencia dependía de ello. Cuando perdimos el pelo y nos erguimos en nuestras patas traseras, liberando así las manos de la madre, pasó a está la responsabilidad de mantenerse cerca de la criatura. El hecho de que recientemente, en algunas partes del planeta, la madre tome esta responsabilidad como mera opción, no altera en lo más mínimo la poderosa urgencia en el bebé de ser sostenido en brazos.
Ella misma sé esta privando de una parte valiosísima de su experiencia vital esperada, experiencia que, de haber disfrutado, le habría animado a seguir comportándose de la manera más satisfactoria para ella y para su bebé.
El estado de consciencia de una criatura cambia enormemente durante la fase "en brazos". Al principio es más parecido a otro animal que a un humano adulto. Paso a paso al irse desarrollando su sistema nervioso central, va acercándose más al homo sapiens. Según sus facultades aumentan y se agudizan, la experiencia le va afectando no sólo de su manera más profunda, sino, de manera distinta. Por así decirlo, las componentes que se establezcan primero en el maquillaje psico-biológico de la criatura, serán las que más contribuyan a su aspecto a lo largo de su vida. Lo que siente antes de poder pensar será un determinante poderoso de las cosas que pensará cuando el pensar sea posible.
Si antes de poder pensar se siente a salvo, querido y "como en su propia casa" en medio de gran actividad, su punto de vista en experiencias posteriores será esencialmente distinto del de una criatura que se siente no deseada, sin el estímulo de experiencias que le han faltado, y en un estado constante de falta, aún cuando las experiencias posteriores de ambos sean idénticas.
Al principio la criatura tan sólo percibe, no puede razonar. Se acostumbra a su entorno por asociaciones. Muy al principio, en los primeros mensajes post-nacimiento emitidos por los cinco sentidos, hay una impresión absoluta, sin calificar, del estado de las cosas. Esta impresión es relativa, tan sólo, a las expectativas innatas de la criatura, y, por supuesto, carece de toda relación al paso del tiempo. Si el continuum no operase de esta manera, el trauma producido en el nuevo organismo por tanto evento desconocido sería intolerable. Cuando la criatura empieza a poder prestar atención a los sucesos que ocurren en su entorno, lo que llama su atención es la diferencia entre aquello que los sentidos perciben y aquello que evoca la experiencia previa. Conocer el mundo a través de asociaciones supone tomar todo lo nuevo sin que nada en ello llame la atención. Sólo se presta atención a experiencias posteriores similares pero algo distintas, de forma que el mundo se conoce primero de manera general, y después en más y más detalle.
En este aspecto, el homo sapiens es único entre los animales. Su expectativa es encontrar un entorno adecuado, conocerlo cada vez con mayor precisión, y actuar sobre él con creciente eficiencia. Otros primates se adaptan, en diversos grados, a algunas de las circunstancias tal como las encuentran, pero los animales están en su mayoría diseñados (evolutivamente) para comportarse siguiendo patrones inherentes.
Una cría de oso hormiguero gigante, que adquirí cuando tenía cuatro días, creció feliz en compañía humana. Claramente pensaba que todos nosotros éramos osos hormigueros, y esperaba que nos comportásemos como tales, saltando y boxeando con él a la manera tradicional de los osos hormigueros. De mí, como madre, esperaba que me mantuviese en comunicación con él en todo momento, pero a distancia cada vez mayor, según iba volviéndose más autosuficiente. Al principio debía llevarlo en brazos a todas partes; más adelante, permitirle que me abrazase tan a menudo como su espíritu necesitase, y dejarle lamer mis pies frecuentemente; hacerle compañía mientras comía; y buscarle cuando, habiéndose alejado demasiado como para percibir mi olor, me llamaba. Pero consideraba a los perros y a los caballos como enemigos, no como de su misma especie.
Por el contrario, una mona de lanas a la que también cié desde la infancia, parecía considerarse a sí misma una persona. Trataba a los perros con condescendencia, incluso a los grandes, y más de una vez se sentó en una silla en medio de un grupo de personas con los perros tranquilamente echados a sus pies debido a su conducta imperiosa. Aprendió como comportase educadamente en la mesa y, tras observar durante un año, logró abrir una puerta trepando al marco y girando el picaporte mientras tiraba.
Sus patrones de comportamiento tenían una proporción de adaptabilidad, de expectativa de aprender a través de la experiencia personal, mucho mayor que los del oso hormiguero, cuyo comportamiento estaba prácticamente marcado con antelación por mecanismos innatos.
El ser humano, más adaptable aún a su propia experiencia, puede sobrevivir a alteraciones en su entorno que llevarían a la extinción a especies menos ingeniosas. Ante un problema, puede elegir entre un gran número de reacciones. Un mono tiene un margen relativamente pequeño de elección ante un estímulo, y un oso hormiguero no puede elegir, por lo que, como tal oso hormiguero, es infalible. Desde el punto de vista del continuum, un mono puede cometer pocos errores, pero el ser humano, con su capacidad de elección, es muy vulnerable.
Pero, junto con esa amplitud de elección de comportamiento que le añade falibilidad, en el ser humano ha evolucionado un sentido paralelo del continuum que le dispone para elegir adecuadamente. Así sus elecciones, de darse el tipo de experiencias necesarias para desarrollarlas y ejercitarlas, pueden llegar a ser tan infalibles como las del oso hormiguero.
Las criaturas humanas criadas por animales, muestran de manera aún más reveladora, la importancia del entorno para que las expectativas evolutivas de la especie lleguen a alcanzarse.
Entre los muchos casos conocidos, quizás el mejor documentado sea la historia de Amala y su hermana Kamala, criadas por lobos desde que eran bebés en la jungla de India. Cuando las encontraron, las llevaron a un orfanato, donde un tal reverendo Shing y señora intentaron adaptarlas a la sociedad humana. La mayor pare de los tremendos esfuerzos de los Shing acabaron en un completo fracaso. Las chicas estaban tristísimas, y permanecían echadas desnudas, en la postura de lobas, en la esquina de su habitación. Durante la noche se despertaba su actividad, y aullaban para llamar a su manada de lobos. Después de mucho entrenamiento, kamala aprendió a andar sobre los pies, pero sólo corría a cuatro patas. Durante algún tiempo, se negaron a llevar ropa o comer nada cocinado, prefiriendo carne cruda o carroña. Kamala aprendió cincuenta palabras antes de morir a la edad de quince años. En ese momento su edad mental, de acuerdo con los baremos humanos, era de unos tres años y medio.
La habilidad de los niños criados por animales, para adaptarse a condiciones inadecuadas a su especie, es mucho mayor que la de cualquier otro animal para adaptarse a las costumbres humanas. Pero la muerte temprana de la mayor parte de estos niños, lo mucho que sufren tras su captura y su incapacidad para sobreponer una cultura humana a sus culturas animales, muestra también la profundidad con la que estas culturas, una vez aprendidas, entran a formar parte de la naturaleza del individuo humano. La expectativa de formar parte de una cultura es un producto de nuestra evolución, y las costumbres en que esta expectativa se desarrolla, una vez asimiladas, forman una parte tan fundamental de nuestras personalidades como los patrones innatos en otras especies. En los niños que crecen en estado salvaje, siendo humanos y por tanto mucho más susceptibles que cualquier animal a la influencia de su experiencia, los hábitos de los otros animales arraigan profundamente. Por eso, cuando su entorno cambia, sufren un trauma mucho mayor que el que sufriría cualquier otro animal protegido por patrones de comportamiento innatos (no influenciables).
El hecho de que la edad mental de kamala fuese tan baja es un factor que dice poco si se considera de forma aislada. Pero si lo consideramos como parte del continuum de una criatura nacida humana y criada como lobo, puede muy bien representar la mejor manera de utilizar una buena mente dadas las circunstancias. Algunas de sus habilidades eran prodigiosas: su agilidad a cuatro patas, su sentido del olfato (podía oler carne a ocho metros), su visión nocturna, su velocidad, su adaptabilidad a cambios de temperatura. Su juicio en la caza y su sentido de la orientación deben haber sido magníficos, también, para sobrevivir como loba. En suma, su continuum le sirvió adecuadamente: de entre todo su potencial desarrolló lo que más necesitaba para su modo de vida. El hecho de que no pudiese deshacer su desarrollo y sustituirlo por otro completamente distinto, es insignificante: no hay ninguna razón para que una criatura necesite poder adaptarse a una exigencia tan poco probable. De la misma manera que no se puede esperar que un ser humano crecido, y una vez su comportamiento ha sido condicionado para la sociedad humana, se adapte con éxito a las costumbres de otro animal.
Desde el principio el aprendizaje es selectivo: siempre es relevante a lo que subjetivamente se conoce sobre la vida que se va a llevar. El proceso asociativo lo garantiza. Como una radio preparada para recibir sólo longitudes de onda seleccionadas, con un receptor en principio capaz de recibir muchas más longitudes de ondas distintas, así el receptor psico-biológico comienza con un vasto potencial, y pronto se le fija en la amplitud requerida. El alcance de visión óptimo para la mayor parte de las maneras de vivir de los seres humanos, comprende la luz del día, un cierto grado de oscuridad, y el espectro de colores entre el rojo y el violeta. Aquellos objetos demasiado pequeños o demasiado lejanos son eliminados de nuestras percepciones, y de entre todas las cosas al alcance de la vista, sólo una parte son percibidas con nitidez. A una distancia media, cuando resulta útil ver qué ocurre en todos los lados, la visión es clara. Cuando algo o alguien interesante se acerca, la visión periférica se va enturbiando hasta que el objeto está a corta distancia. Entonces desenfocamos la distancia media, y la atención se dirige de forma más concentrada al objeto cercano, para poder observarlo sin distracciones. Si todo lo que rodea al objeto permaneciese igual de nítido, los sentidos tendrían mayor carga de trabajo, y esto impediría que el cerebro, que debe dirigir su atención al objeto o a una parte del objeto, realice su trabajo con la mayor eficiencia. La gama de visión del individuo es seleccionada según la cultura, dentro, claro está, de los límites de su naturaleza (evolutiva).
Los niños criados por lobos tienen una visión nocturna extraordinaria. Los Yequana pueden percibir la forma de un pájaro pequeño entre las sombras de un bosque, allá donde nosotros sólo vemos hojas, incluso si nos señalan el lugar exacto. Pueden ver un pez entre la espuma de los rápidos, de nuevo invisible a todos los esfuerzos de concentración de nuestros ojos.
El oído es también selectivo - limitado a lo que nuestra cultura nos dice que es importante, eliminando el resto -. El mecanismo auditivo tiene capacidad para oír mucho más de lo que lo utilizamos para oír. Todos los indios de Sur América que he conocido, acostumbrados a escuchar tanto los peligros como la caza, en junglas que impiden la visión a unos cuantos metros, pueden oír también el motor de una lancha o un avión mucho antes que cualquiera de nosotros.
Su gama de percepciones es adecuada a sus necesidades. La nuestra sirve mejor a nuestros objetivos, ignorado lo que en nuestra vida serían, por o general, ruidos sin sentido. En nuestra cultura, ser despertado por un gruñido a doscientos metros sería tan sólo un inconveniente.
Para evitar que la mente se desborde con sensaciones no seleccionadas, el sistema nervioso actúa de seleccionador. La atención a los distintos sonidos aparece y desaparece según el condicionamiento del mecanismo selector, no a voluntad. Aunque el sistema auditivo no se puede desconectar, hay ciertos sonidos que la mente consciente nunca oye y que, pese a ser sonidos perceptibles, permanecen subliminales desde la infancia hasta la muerte. Un ejemplo clásico utilizado por hipnotizadores en los teatros, es el ordenar a un sujeto que escuche lo que se está murmurando a una distancia que nos parece imposible de superar. El hipnotizador sustituye la gama normal de percepción del sujeto por su propia selección. Crea la ilusión de estar aumentando el poder del oído, cuando, de hecho, lo que hace es suspender momentáneamente la selección que ignora ciertos sonidos de la gama de percepción del oído.
A menudo, poderes llamados sobrenaturales o mágicos no son más que capacidades no seleccionadas por el sistema nervioso (por orden del continuum) como apropiadas para nuestra gama de facultades. Pueden ser desarrolladas con disciplinas que superan el proceso normal de eliminación, ó pueden aparecer en momentos de presión, como en el caso de un chaval de 10 años a cuyo hermano había atrapado un árbol al caer. Aterrorizado, levantó el árbol y liberó a su hermano antes de ir a buscar ayuda. Más tarde fueron necesarios una docena de hombres para mover el mismo árbol que el chico, en su extraordinario estado emocional, había levantado sólo. Hay muchas historias de este estilo. Los poderes que describen se liberan sólo en circunstancias especiales.
Excepciones interesantes a esta regla son los casos de personas cuyos mecanismos de selección han sido dañados, ya sea temporal o permanentemente, y se vuelven clarividentes. No pretendo saber como funciona esto, pero algunas personas tienen la capacidad de ver a través del agua o de metales. Otras perciben auras alrededor de la gente. Peter Hurkos, el famoso vidente americano, se convirtió en vidente a consecuencia de una herida en la cabeza al caer de un árbol. Dos amigas me contaron en secreto su capacidad para adivinar el futuro cuando estaban a punto de caer en un ataque de nervios, capacidad que las horrorizaba. Las historias me fueron contadas por separado, y las mujeres no sé conocían entre sí, pero ambas fueron hospitalizadas a los pocos días de las experiencias "videntes", que no se volvieron a repetir. Es cuando las emociones se fuerzan hasta el límite. Cuando suele suceder que los límites normales de la capacidad humana se rompan. En accidentes, cuando la víctima se enfrenta sin previo aviso a su propia muerte, en su desamparo suele pedir ayuda a su madre o quien quiera que ocupe el lugar maternal en su vida. A menudo la madre, o figura materna, recibe el mensaje esté a la distancia que esté. Esta situación se da con tanta frecuencia que la mayor parte de nosotros hemos conocido directa o indirectamente casos de este tipo.
Las premoniciones funcionan al contrario: un suceso desconocido que amenaza con tener consecuencias extremas, puede atravesar el consciente de una persona tranquila, ya sea durmiendo o despierta. Muchas de las premoniciones pasan inadvertidas y, debido a la prohibición de "creer en esas cosas", no se las reconoce como tales. Frases vagas del tipo de "tuve la sensación de que no debería haber venido" suelen ser el único reconocimiento que se da a premoniciones anuladas por otras presiones.
No tengo ni idea de cómo pueden percibirse sucesos que aún no han ocurrido -en qué manera pueden existir antes de ocurrir-. Pero el que conozcamos sucesos pasados y presentes sin recurrir a los sentidos es, mecánicamente, igual de misterioso. Y hay otras muchas maneras de comunicación, como las recientemente descubiertas señales emitidas por sustancias químicas que inducen ciertos comportamientos en animales, o los dispositivos para decidir la dirección en pájaros migratorios, que están también más allá de nuestra comprensión.
La mente consciente, ni es lo que aparenta ser, ni tiene acceso a los secretos de programación del continuum, sino que ha evolucionado para servirle. Un objeto fundamental en la filosofía del continuum, será hacer del intelecto un servidor competente en vez de un amo incompetente. Si se utiliza de manera adecuada, el intelecto supone una ventaja inestimable. Su capacidad para percibir, clasificar, y comprender las relaciones y características de animales, plantas, minerales y acontecimientos a su alrededor, hace que los intelectos humanos puedan crear, almacenar y transmitir de uno a otro cantidades enormes de información. Por ello, el ser humano logra utilizar el entorno de una manera mucho más flexible que cualquier otro animal. Además, es menos vulnerable a las vicisitudes de ese entorno: las alternativas de que dispone en cuanto a posibles comportamientos frente a los elementos que le rodean son mayores, y, así, su posición frente a ellos es más estable.
Cuando el equilibrio natural está intacto, el intelecto va aprendiendo y siguiendo la directrices de sentido del continuum, sirviéndole de esta manera como protector. La razón, el juicio basado tanto en la experiencia personal como en la que los demás nos comunican, y la capacidad de sintetizar pensamientos y memorias en un sinfín de combinaciones útiles a través de la inducción y la deducción, aumentan la capacidad del intelecto para servir a los intereses tanto del individuo como de la especie.
Por ejemplo, un intelecto que quiera conocer la botánica en todos sus aspectos y que esté en armonía con un sentido del continuum bien desarrollado y que funcione bien, puede adquirir cantidades prodigiosas de información. Los informes de observadores de muchas culturas primitivas coinciden: cada hombre, mujer y niño de estas sociedades guarda en la cabeza un catálogo minucioso de los nombres y características de cientos de miles de plantas.
Uno de estos observadores, E Smith-Bowen, hablando sobre una tribu africana y los amplios conocimientos de botánica compartidos por todos sus miembros, dijo, "Ninguno de ellos creería que yo soy incapaz, por mucho que me lo propusiera, de llegar a saber tanto como ellos". Con esto no quiero decir que el salvaje tenga una inteligencia innata mayor que la nuestra, sino que las presiones de una personalidad distorsionada pueden dañar el potencial natural de la mente. El intelecto de un miembro plenamente desarrollado en una sociedad que así lo espera, puede memorizar una cantidad increíble de información y retenerla para su uso posterior. Incluso entre la gente civilizada se puede ver que los analfabetos, al no dejar la mayor parte de la responsabilidad de almacenar información a los libros, como hacemos nosotros, tienen memorias más desarrolladas. Y quizás las tuvieran aún más de estar en paz con ellos mismos y con su mundo.
El condicionamiento de la mente del bebé es el principal determinante del tipo de recursos que va seleccionando para usar a lo largo de su vida. El bebé espera que su experiencia le vaya guiando, que le vaya dando numerosas pistas distintas. Es más, espera que esta experiencia que le guía le resulte útil de una manera directa en las situaciones que encuentre más tarde.
Cuando las experiencias posteriores no son del mismo tipo que las que le condicionaron, la criatura tiende a manipularlas, ya sea para bien o para mal, intentando que se asemejen a aquellas. Si se ha acostumbrado a la soledad, inconscientemente se las arreglará para asegurarse un nivel de soledad parecido. Cualquier intento por su parte, o por parte de los demás, de que sea más o menos solitario de lo que es su costumbre, será resistido por su tendencia hacia la estabilidad. Incluso la ansiedad tiende a mantenerse, ya que la pérdida repentina de "algo por lo que preocuparse" puede llevar a una forma de ansiedad mucho más profunda, e infinitamente más aguda. Para alguien cuyo hábitat natural sea estar al borde del desastre, una seguridad grande resulta tan intolerable como lo sería la materialización de SUS MAYORES TEMORES. Esto es debido a la tendencia a mantener el ato nivel de bienestar que se debería haber establecido mientras fue bebé.
Los estabilizadores que llevamos incorporados se oponen también a los cambios bruscos en nuestra medida del fracaso y del éxito, y a menudo nuestra voluntad se enfrenta a ellos. Raramente, sin embargo, tiene la voluntad gran efecto contra el poder del hábito. Pero a veces, debido a acontecimientos externos, el individuo no tiene más remedio que aceptar cambios. En esos casos, los estabilizadores se las arreglan para suavizar las situaciones que no pueden ser asimiladas tal cual. Distracciones, del tipo de enfrentarnos a problemas que nos resulten familiares y requieran toda nuestra atención, pueden hacer llevadero un fracaso o un éxito intolerable.
A menudo, para adaptarse a un cambio irreversible, después de haber hecho todos los esfuerzos posibles para restablecer el status quo, hay que retirarse del combate. Hay que ponerse en punto muerto y reorientarse en las nuevas circunstancias que la vida manda. Este proceso necesita a veces de una enfermedad o un accidente que inmovilice a la víctima lo suficiente como para poder descansar y alinear sus fuerzas ante los nuevos requisitos. La tendencia estabilizadora también se sirve del cuerpo para reponer el equilibrio, permitiendo que éste caiga enfermo cuando la necesidad de mimos infantiles y un sustituto de madre está disponible. Y provocando un resfriado, cuando un pequeño viaje "fuera de combate" baste para reponer a una persona que se encuentre demasiado alejada del nivel de bienestar que le es cómodo, o se le exija empujar demasiado en su hacer cotidiano.
Algunos seres humanos han de estar constantemente en un estado físico lamentable para que su vida sea tolerable (son los propensos a los accidentes); otros tienen que estar destrozados de forma permanente para sobrellevar su necesidad de mimos, castigo o diversión, según el caso. Los hay que necesitan desarrollar un estado de fragilidad tal que sus familias se vean obligadas a mantener la relación con ellos, cayendo enfermos sólo si son tratados demasiado mal, o demasiado bien.
Entre mis conocidos, probablemente el caso más extremo del uso de la enfermedad para lograra estabilidad fue el de una mujer incapaz de soportar el sentimiento de culpa que la invadía. Desconozco, y probablemente ella también, el trato que mi amiga recibió de pequeña, ni de que manera se le hizo evidente a su mente infantil que ella era "mala". Pero su hermano gemelo, que debió compartir su tormento, se suicidó a los veintiún años. Con el peso añadido de la culpa de que, inevitablemente y por irracional que se, acompaña la muerte de un hermano, en este caso probablemente multiplicada por dos por la compenetración especial entre gemelos, se dedicó a buscar los castigos adecuados para alcanzar un punto de equilibrio llevadero para ella. El mecanismo estabilizador de su destrozado continuum, con métodos y técnicas propios de su cultura, tuvo que reducir el peligro de que ella tuviera una vida dichosa por encima , de así decirlo, del cadáver de su hermano. Condicionada por la culpa de su infancia, reprimida y posteriormente abierta de un tajo por el suicidio de su hermano, no podía tolerar ni una pizca de felicidad.
En pocos años tuvo dos hijos ilegítimos -uno con un hombre de otra raza, otro con un desconocido-, varios trabajos -todos ellos humillantes para alguien de su condición social- , y contrajo una poliomielitis, teniendo que ir en silla de ruedas durante el resto de su vida. Mientras estaba en el hospital debido a la poliomielitis, contrajo una tuberculosis que le destrozó un pulmón y daño gravemente el otro. Se tiño el pelo de un color berenjena con el que, por fin, consiguió estropear su persistente belleza, y se fue a vivir con un artista fracasado mucho mayor que ella.
La última vez que hablé con ella me contó, con su habitual buen humor, que mientras limpiaba la casa después de una fiesta se había caído de la silla, rompiéndose una de sus piernas paralizadas. Nunca estaba de mal humor, y nunca se quejó. Estos desastres consecutivos le iban aliviando su carga interior de forma cada vez más eficaz, y tras cada uno de ellos emergía aún más alegre. Una vez le pregunté, si era producto de mi imaginación, o si realmente era más feliz desde que se quedara coja. Me contestó inmediatamente que en su vida había sido más feliz.
Media docena de casos parecidos me vienen a la cabeza. Varios son hombres que se dejaron barba o adquirieron cicatrices para disimular un atractivo físico que, o bien les hacía la vida incómodamente fácil, o bien era razón de que las mujeres les amasen más de lo que sus sentimientos de no merecer ser queridos podían tolerar. Existen hombres y mujeres que sólo se sienten atraídos por las personas para las cuales ellos carecen de interés. La razón de fracasos de todo tipo suele encontrase, no en la falta de capacidad, ni en la mala suerte, ni en la competición, sino en una tendencia en el sujeto a mantener la condición en la que han aprendido a sentirse a gusto.
Así, cuando una criatura va formando una impresión de su relación con todo aquello que no sea ella misma, está construyendo el marco de creencias que se convertirá en su hogar de por vida. Sus mecanismos estabilizadores trabajarán para mantenerlo y, en lo sucesivo, todo será remitido a esta referencia, todo será medido y equilibrado según ella. Un bebé privado de la experiencia necesaria para sentar las bases del desarrollo pleno de su capacidad innata, quizás nunca conozca un solo momento del bienestar incondicional que ha sido natural a los suyos durante el 99,99% de su historia. La falta se mantendrá de forma indiscriminada como parte de su desarrollo, en la misma medida en la que la haya sufrido en la infancia. Las fuerzas instintivas no razonan. Dan por sentado, desde el peso inmenso de su experiencia en las leyes de la naturaleza, que al individuo le será beneficioso estabilizarse según sus experiencias iniciales. El que esa ayuda pueda llegar a convertirse en una trampa cruel, una especie de condena perpetua en una cárcel portátil, es una posibilidad tan remota dentro del proceso evolutivo, tan reciente en la historia animal, que apenas si se encuentran recursos dentro de nosotros para aliviar el dolor. Algunos hay. Hay neurosis y locuras para proteger a los que no pueden, por sus carencias, enfrentarse a la realidad desnuda. Hay un entumecimiento frente al dolor inaguantable. La muerte libera a otros, por lo general a aquellos a quienes la fuerte necesidad infantil de una figura materna ha seguido hasta la edad mediana o vejez, momento en que la persona que ha jugado ese papel les deja, muriéndose, fugándose con la secretaria, o lo que sea. La persona dependiente, carente de toda esperanza de encontrar un apoyo nuevo, es incapaz de vivir con el vacío interior y exterior que llenaba con su presencia la persona que le dejó.
Para la persona con una infancia plenamente enriquecida, y que por lo tanto es capaz de irse enriqueciendo a lo largo de la vida, la pérdida de la pareja, ocurra a la edad que ocurra, no equivale a la perdida total. Esta persona no es un recipiente vacío dependiente de otro para su sustancia o motivación. La persona plenamente adulta, probablemente durante un periodo de retiro, hará duelo y reagrupará sus fuerzas para adaptarse al cambio.
En las culturas evolucionadas, y en muchas culturas civilizadas también, existen ayudas rituales a este proceso del duelo (lamentaciones comunales, ceremonias, reuniones). Especialmente cuando la cultura no tiene un procedimiento exacto que determina la vida de la persona que sobrevive, ni hay unos hijos u otros dependientes que marquen como continuar esta vida, suele haber un periodo de reorientación que la sociedad aprueba y apoya. El vestirse de blanco o de negro, o alguna otra señal de estar fuera de juego (fuera de los colores de la vida, por así decirlo), indica un espíritu en crisálida, y pide reconocimiento y tolerancia por parte de la sociedad.
El hecho de que el intelecto civilizado haya destrozado estas costumbres, o bien transformando unas formas evolucionadas en unas exageraciones grotescas sin relación alguna con la necesidad real, o bien eliminándolas por completo, no altera lo íntegro y adecuado de su origen. Y los estabilizadores del continuum no dejarán de satisfacer las necesidades de los miembros de culturas donde los ritos de duelo sean inexistentes o inadecuados. Como en otras situaciones de exigencias paralelas, producirán cobijo, a menudo en forma de enfermedad o accidente si no hay manera mejor de obtener un periodo de rehabilitación.
El efecto del impacto de un cambio en el entorno de una persona depende, por supuesto, de cuánto haya podido desarrollar su capacidad innata de adaptación, ¿Cómo podemos aprender acerca de la vida del bebé en continuum, y la del bebé no-continuum? Podemos empezar por observar pueblos como los Yequana y mirar de nuevo más detenidamente a los miembros de nuestras propias culturas. Los mundos de las criaturas-en-brazos de la Edad de Piedra y los de las criaturas-en-brazos de las culturas civilizadas son como la noche y el día.
Desde su nacimiento, a los bebés continuum se les lleva a todos los lados. Antes de que el cordón umbilical caiga, la vida del bebé está ya llena de acción. Duerme mucho, pero incluso cuando está dormido se está acostumbrado a las voces de su gente, al sonido de sus actividades, a los empujones, a los movimientos bruscos y a las paradas imprevistas. A que le levanten o le presionen varias partes del cuerpo cuando, por necesidades del trabajo o comodidad, quien le cuida ha de cambiarle de posición; a los ritmos de día y de noche, a los cambios de textura y temperatura en su piel, y a la sensación, segura y buena, de estar sostenido por un cuerpo vivo. Sólo notaría su necesidad urgente de estar ahí si le quitasen de su sitio. El que él espere inequívocamente estas circunstancias y el hecho de que sus experiencias sean éstas y no otras, no hace otra cosa que continuar el continuum de su especie. Se siente bien, y por eso es raro que necesite llorar, o hacer otra cosa que no sea mamar cuando surge el impulso disfrutando del estímulo que le anima a hacerlo, de la misma forma que disfruta del estímulo de satisfacción de defecar. Por lo demás está ocupado aprendiendo lo que es ser.
Durante la fase en-brazos, el periodo entre el nacimiento y el andar a gatas voluntario, la criatura va recibiendo experiencia que, al satisfacer sus expectativas innatas, le permite pasar a nuevas expectativas que a su vez serán satisfechas. Despierta se mueve poco, y por lo general se encuentran en un estado relajado y pasivo. No está en el estado muñeca de trapo en el que duerme, pues sus músculos están despiertos, pero sólo utiliza la mínima actividad muscular necesaria para poder enfrentarse a cada momento, comer y defecar. Además, desde muy pronto, aunque no inmediatamente después de nacer, tiene que dedicarse a mantener el equilibrio, la cabeza y cuerpo (y poder así prestar atención, comer y defecar) en un sinfín de posturas, dependiendo de las acciones y posiciones de la persona que la sostenga.
Puede estar tumbado en un regazo, en contacto sólo ocasional con manos y brazos que trabajan en algo por encima de él, como remar una canoa, coser, o preparar comida. De repente, siente como el regazo le inclina hacia fuera y una mano le coge la muñeca. El regazo desaparece, la mano lo aprieta y lo levanta a través del aire, hasta que entra en contacto de nuevo con el tronco del cuerpo, momento en que la mano lo suelta y un codo entra en acción, sujetándole contra una cadera y un costado antes de inclinarse y recoger algo con la mano libre, poniéndole la mano abajo momentáneamente, para luego empezar a andar, correr y volver a andar, sometiéndole a un vaivén de meneos y sacudidas a distintos ritmos. Puede que en este momento le pasen a alguien distinto, y que, tras perder contacto con una persona, sienta una nueva temperatura, una nueva textura, un nuevo olor o sonido. Quizás se trate de alguien mucho más huesudo, con la voz aguda de un niño o la resonancia de un hombre. Puede que de pronto un brazo le vuelva a levantar, y sumergiéndole en agua fresca, le salpique y acaricie, frotándole después hasta secarle. Puede que húmedo vuelva a su lugar en la cadera, húmeda también, y así, húmedo contra húmedo, se vaya generando calor allá donde hay contacto mientras que las zonas del cuerpo expuestas al aire se van enfriando. A continuación puede que sienta el calor del sol, o el fresco de un camino a la sombra de un bosque umbrío. Puede que para entonces está casi seco, y que, tras una lluvia repentina, se encuentre empapado de nuevo, encontrando más tarde alivio en el cambio radical de frío y mojado, a cobijo y fuego, un fuego que calentará su lado mucho más rápido que el cuerpo de su acompañante el otro lado.
Si mientras duerme tiene lugar una fiesta, se verá sacudido con violencia mientras su madre salta y marca el ritmo con los pies; y vivirá aventuras parecidas durante su sueño diurno. Por la noche, como siempre piel contra piel, su madre duerme a su lado: respira, se mueve y a veces ronca un poco. Ella se levanta con frecuencia durante la noche para atender el fuego. Agarrándole con fuerza se desliza de su hamaca al suelo, y, mientras ella mueve los troncos, la criatura es un bocadillo entre el muslo y costillas. Si el bebé se despierta para y enseguida se le vuelve a sujetar. A medida que su confianza aumenta, el punto donde muestra miedo se ve alejando y la criatura va ganando confianza, se le permite que vuele más alto y que caiga durante más tiempo.
Los bebés van aprendiendo de sus acompañantes otros juegos con los que poner a prueba, de manera parecida, cada uno de los sentidos. La imagen tranquilizadora de una madre o un pariente va apareciendo y desapareciendo de la misma manera progresiva en juegos como "¡cu-cú! ¡tras-tras!". Se sorprende al bebé con sonidos, repentinos y fuertes, como ¡Bú!, seguidos por la noticia tranquilizadora de que solo es mamá o quien sea, y que no hay motivo para asustarse. Juegos como la caja sorpresa ayudan a que desaparezca la respuesta de susto ante el mundo exterior, y ponen a prueba capacidades mayores de adaptación. Los Yequana aprovechan la predisposición del bebé a este tipo de actuaciones, y ateniéndose a sus reglas y respetando sus indicaciones de proseguir o para lo van sumergiendo en aguas cada vez más profundas. Además de recibir un baño diario desde que nacen, a todos los bebés se les meten en los rápidos del río. Primero sólo los pies, luego las piernas, y más tarde el cuerpo entero. Se empieza en aguas tranquilas y se va avanzando, por aguas cada vez más rápidas, hasta las cataratas. El tiempo de permanencia en el agua se prolonga cada vez más, en función de las señales de confianza de la criatura. Antes de que pueda anda, o siquiera pensar, un bebé yequana va ya camino de ser experto en juzgar a simple vista la fuerza, dirección y profundidad del agua. Entre su gente se encuentran los mejores remeros de canoa del mundo.
A los sentidos se les proporciona una cantidad y variedad enorme de acontecimientos y objetos con los cuales entrenarse, afinar sus funciones y coordinar sus mensajes al cerebro.
En las primeras experiencias predomina el cuerpo de una madre ocupada. Sus movimientos son la base sobre la que aprender el ritmo de una vida activa. Este ritmo se convierte en una característica del mundo del vivir y se asocia siempre con el bienestar acogedor del ser, porque se aprende con el bienestar acogedor del ser, porque se aprende mientras se está en brazos.
Si la persona que sostiene al bebé en brazos pasa mucho tiempo sentada tranquilamente, esta experiencia no le servirá a la criatura para aprender sobre la calidad de vida y sobre la acción, aunque sí le servirá para evitar sentimientos negativos de abandono, de aislamiento, y, mucho, del peor entre los sentimientos negativos, el de falta. El hecho de que los bebés animen activamente a los demás a exponerles a emociones, es una indicación de que esperan y necesitan acción para su desarrollo. Una madre sentada tranquilamente condicionará al bebé a concebir la vida como aburrida y lenta. Este estará inquieto, y dará indicaciones frecuentes de que quiere que se le estimule más. Intentará expresar lo que quiere saltando, o agitará los brazos para indicar un ritmo más rápido en las acciones de la madre. Así mismo, si la madre se empeña en tratarle como si fuera frágil, le está sugiriendo que lo es; en cambio, si le trata de una manera casual y natural, la criatura se pensará fuerte y adaptable, y se encontrará a gusto en muchas situaciones distintas. Además de ser desagradable, sentirse frágil interfiere en la eficiencia del niño en desarrollo, y más tarde en la de adulto.
Imágenes, sonidos, olores, texturas y sabores, al principio son dominados por el cuerpo protector. Más tarde con el desarrollo de facultades mayores incluyen una amplia gama de acontecimientos y objetos. Se hacen asociaciones. La oscuridad de la choza siempre está presente cuando hay olores de cocina, y casi siempre cuando hay olor de madera quemada. La luz es brillante durante los baños y durante la mayoría de los viajes a pié. Generalmente la temperatura de la oscuridad es más agradable que la de la luminosidad del aire libre, donde a menudo hace calor insoportable; llueve o hay viento. Pero todos y cada uno de los cambios son aceptables y esperados, ya que en la experiencia del bebé ha habido siempre variación. La necesidad básica de estar en brazos apenas nota sucesos que asustarían a un adulto no preparada para ellos. Está acostumbrado a que aparezcan, repentinamente, figuras justo sobre sus ojos, o a que las copas de los árboles den vueltas sobre él. Las cosas se oscurecen o se aclaran sin previo aviso. Truenos y relámpagos, ladridos de perros, el rugido ensordecedor de cataratas, árboles partiéndose, las llamas del fuego, lluvias repentinas, baños imprevistos en un río... nada le altera. Dada las condiciones en que ha evolucionado su especie lo alarmante en el silencio, o una falta prolongada de cambio en sus estímulos sensoriales.
Cuando llora por algún motivo, mientras un grupo de adultos está conversando, su madre le susurra suavemente al oído para distraerle. Si este método falla, se lo lleva hasta que se tranquiliza. No enfrenta su voluntad a la del bebé, simplemente se aísla con él sin mostrar seña alguna de juicio al comportamiento de la criatura, ni disgusto porque se le moleste. Cuando la criatura le babea encima, ella pocas veces se encuentra sola, también se ríen sus compañeras, mientras ella le sujeta lo más alejado posible de su propio cuerpo hasta que el bebé termina. Es una especie de juego, el ver cuan rápido lo puede coger y alejar de sí, pero las carcajadas son mayores cuando ella se lleva la peor parte. El suelo de tierra absorbe el agua en un momento y el excremento se quita inmediatamente con unas hojas. Vomitar, un suceso cotidiano de la vida de nuestros bebés es tan raro que solo recuerdo haberlo visto una vez durante los años que pasé con los indígenas; el bebé en cuestión tenía una fiebre muy alta.
Es sorprendente el que los expertos civilizados nunca se hayan cuestionado la idea de que la naturaleza haya permitido la evolución de una especie para que sufra de indigestión cada vez que toma la leche de su madre. Se recomienda que, dándole palmadas en la espalda mientras se le mantiene en el hombro, se le saque un eructo para que "eche el aire que a tragado". Con la tensión que soportan, no es de extrañar que nuestros bebés sean enfermos crónicos. Sus patadas, contorsiones y chillidos, son síntomas de la confusión constante y profunda en que viven. Los bebés yequana nunca requieren un trato especial después de alimentarse -como tampoco lo requieren las crías de otros animales-. Una posible explicación yazca, quizás, en el hecho de que maman mucho más a menudo, día y noche, de lo que a nuestros bebés civilizados se les permite. Sin embargo, parece más probable que la respuesta se encuentre en nuestro estado de tensión. Durante la mayor parte del día, el cuidado de los bebés yequana estaba a cargo de niños. Sin embargo, y pese a no poder acceder a su madre a voluntad, las criaturas nunca mostraron señales de cólico ((Dr. Frank Lee (véase la introducción) me dijo que sus investigaciones demostraron que los problemas digestivos son la manifestación más importante del estrés infantil, en cambio los problemas de piel (eccema, psoriasis, erupciones) son resultados típicos que a veces aparecen mucho más tarde, de la angustia vivida en el útero.)).
Mas adelante, cuando el entrenamiento casero comienza, si el pequeño ensucia el suelo de la choza se le persigue hasta echarle fuera. Para entonces, está tan acostumbrado a sentirse aceptado y a gusto, a saberse "bueno", que los impulsos sociales que va desarrollando están en armonía con los del resto de la tribu. Si hace algo que despierta desaprobación, el pequeño no siente que el problema sea él, sino su comportamiento, y se siente motivado a cooperar. Ningún impulso le lleva a defenderse de ellos, o a tomar otra postura que la del resto; son aliados de verdad.
Aunque tener que decirlo suponga una terrible ironía, eso es lo que significa ser un animal social, lo cual nos lleva a las experiencias de los bebés no-continuum en las culturas contemporáneas de occidente.
La criatura es la misma. Aunque tengamos una historia reciente muy distinta, la historia de nuestra evolución, los millones de años formativos que dieron lugar al animal humano, es común para nosotros y para los Yequana. Los pocos miles de años que han visto cómo el desviarse del continuum llevaba a la civilización, no tienen peso en tiempo evolutivo: en un periodo tan corto es imposible que tenga lugar ninguna evolución significante. Así pues, las expectativas son idénticas para los bebés que han seguido el proceso del continuum y proceden de antepasados sin carencias, que para los que han nacido de partos provocados para ajustarse a los compromisos de golf de un ginecólogo.
Como ya hemos visto, las crías humanas no están menos preparadas que las de otras especies para la tarea de nacer. Las experiencias del nacimiento forman parte del repertorio de situaciones a las que somos capaces de adaptarnos, debido al hecho de que hemos evolucionado de acuerdo con la experiencia de unos antepasados. Todos ellos nacieron después de la llegada de los mamíferos y antes habían incubado huevos, proceso que requiere una capacidad adaptativa y de resistencia parecida. Los sucesos esperados son aquellos que persiguen un precedente formativo. No se han desarrollado mecanismos estabilizadores para asimilar los sucesos inesperados. Además, está el riesgo añadido de que los sucesos inesperados que ocurran en el nacimiento sustituyan a los que son esperados y necesarios para ciertas líneas de desarrollo. Hay poco despilfarro en la naturaleza. La existencia del sistema evolutivo es la relación de economía entre todos sus aspectos, cada uno de ellos causa y efecto, a la vez, dentro del proceso de desarrollo.
Esto significa que el ser privado de cualquier experiencia esperada, por pequeña que sea, supondrá en el individuo nivel menor de bienestar, aunque quizás la diferencia sea tan sutil o tan común que ni nos damos cuenta de ello. Como veremos, hay investigaciones que demuestran que el ser privado de la experiencia de gatera perjudica el posterior desarrollo de las capacidades verbales. Quizás algún día se descubra, con sorpresa, que el no haber sido nunca mojado por la lluvia, o no haber experimentado la transición natural del día a la noche, son causa de problemas posteriores como falta de agilidad, menor tolerancia a las variaciones de temperatura y la poca resistencia al mareo. Con respecto a la agilidad debería investigarse la razón de la falta de miedo a las alturas de los bebés Mohawk. Quizás sea posible aislar de entre las experiencias de estos bebés, aquellas que los nuestros no tienen y que explican la carencia de miedo citada, así como los diversos grados de tolerancia a las alturas que nosotros experimentamos. (a los Yequana, los Sanema y los indios de otras tribus indígenas de América del sur, tampoco les importa las alturas, pero hoy en día, los Mohawk tienen muchas más experiencias aprendidas que nosotros. Esto facilitará el detectar las experiencias diferenciadoras entre las que buscar el factor en cuestión).
El principio del continuum nos sugiere posibles factores que contribuyen al fenómeno del trauma del nacimiento en individuos civilizados. Estos pueden ser el uso de instrumentos de acero, las luces fuertes, los guantes de goma, el olor del antiséptico y de la anestesia, las voces fuertes o los sonidos de los aparatos. Para un nacimiento sin trauma, las experiencias de la criatura han de ser aquellas, y sólo aquellas, que coincidan tanto con sus expectativas como las de su madre. Hay muchas culturas sólidas en la que se deja parir a la madre sin ninguna ayuda, mientras que en otras tantas, igualmente sólida, la madre recibe ayuda. En ambos casos, la criatura está en contacto directo con el cuerpo de su madre desde el mismo momento en que emerge del útero. Cuando el bebé ha empezado a respirar por sí sólo y descansa con serenidad sobre su madre que le ha estado acariciando hasta tranquilizarle, el cordón umbilical se corta tan pronto como deja de pulsar y a la pequeña criatura se le da el pecho inmediatamente -ni lavarla, ni pesarla, ni examinarla, ni ninguna otra cosa-. Es en ese preciso instante, (cuando el nacimiento ha terminado, cuando la madre y la criatura se encuentra por primera vez como individuos separados), que el vínculo entre ambos, en un acontecimiento momentáneo se establece. Es bien sabido que muchos animales experimentan el vínculo a la madre al nacer. Las crías de ganso, en cuanto salen del huevo, se sienten vinculadas al primer objeto que se mueva. Incluso si este primer objeto no es su madre, sino algo disparatado como un juguete mecánico o Konrad Lorenz, su naturaleza evolucionada les impulsa a seguirle a todas partes. Su vida depende de que se sientan vinculados a la madre, ya que a ella le resulta imposible seguir a todas sus crías a la vez, y estas por su parte, son incapaces de sobrevivir sin ella. En nuestra propia especie, a diferencia de muchas otras, es necesario que sea la madre la que se sienta vinculada al bebé, ya que la cría humana es incapaz de seguir a nadie. De hecho, lo único que puede hacer para mantener el contacto con su madre es darle señales si ella no satisface sus expectativas.
Este impulso del vínculo, sumamente importante, está tan arraigado en la madre humana, que prima sobre las demás consideraciones que ésta pueda tener. Por muy cansada, hambrienta o sedienta que éste, ella desea de forma imperiosa alimentar y consolar a este ser extraño y algo feo. Si no fuese así, no habríamos sobrevivido estos cientos de miles de generaciones. El vínculo, eslabón de la cadena de sucesos que, en el nacimiento, las hormonas van generando, ha de tener lugar enseguida antes de que sea demasiado tarde. Una madre prehistórica no podría permitirse el lujo de ni siquiera unos minutos de indiferencia ante el recién nacido. El poderoso instinto debe ser inmediato. En el continuum de sucesos, es necesario satisfacer este impulso para que la sucesión de estímulos y respuestas que va teniendo lugar, según madre y criatura comienzan su vida en común, sea armoniosa.
¿Qué ocurre si se impide el vínculo? ¿Qué ocurre si, cuando la madre se dispone a acariciar al bebé, a darle de mamar, a abrazarle y acercarle a su corazón, se lo quitan? ¿Qué ocurre si la madre está demasiado drogada para experimentar plenamente el vínculo? Parece que el impulso a vínculo, si no es satisfecho en el esperado encuentro con el bebé, da lugar a un estado de duelo. En las etapas formativas de los nacimientos humanos, tan sólo cuando el bebé nacía muerto se encontraba la madre sin objeto en que volcar la oleada de ternura que la invadía. Por ello, la respuesta psico-biológica era de dolor. Cuando se deja pasar el momento adecuado y se deja el estímulo sin respuesta, las fuerzas del continuum dan por supuesto que no hay bebé, y la necesidad del vínculo ha de ser anulada
El hospital moderno hace aparecer a la criatura de pronto y minutos, incluso horas, después de que la madre hay entrado en un estado fisiológico de duelo. El resultado de esto es que, con frecuencia, la madre se siente culpable por no poder "despertar su impulso maternal" o "no querer mucho al bebé" (véase la pg.97 ), además de sufrir la clásica tragedia civilizada llamada represión post-parto normal... justo en el momento en que está preparada por la naturaleza para experimentar una de las emociones más profundas y fundamentales de su vida.
En esta etapa, una loba, fiel al continuum de los lobos, sería una madre mucho más adecuada para la cría humana de lo que es su madre biológica yaciendo en una cama de treinta centímetros. La madre loba será tangible; la humana podría estar en Marte, que daría igual.
En las salas de maternidad de la civilización occidental, hay pocas posibilidades de encontrar consuelo en los lobos. La criatura recién nacida, con la piel pidiendo a gritos el contacto ancestral, suave y cálido del cuerpo humano, está envuelta en trapos secos y muertos. Después, se le mete en una caja y ahí se le deja, por mucho que llore, en un limbo carente de todo movimiento (por primera vez en toda la experiencia de su cuerpo, tanto durante el tiempo de su evolución, como durante su eternidad en el útero). Los únicos sonidos que el bebé puede oír son los gemidos de otras víctimas de la misma agonía inefable. Los sonidos no pueden tener significado para él. Llora y llora; la desesperación de su corazón fuerza al límite sus pulmones, nuevos al aire. No viene nadie. Confiando en la bondad de la vida, como le dicta la naturaleza, hace lo único que puede, seguir llorando. Finalmente, una vida atemporal más tarde, se duerme agotado.
Se despierta con terror al silencio, a la inmovilidad. Grita. La falta, el deseo, la impaciencia intolerable, le hacen arder de la cabeza a los pies. Lucha por respirar y grita hasta que el sonido le llena la cabeza, que palpita. Grita hasta que le duele el pecho, la garganta. No puede aguantar más el dolor y sus sollozos flaquean. Mueve la cabeza de un lado a otro. Nada le alivia. Es inaguantable. Empieza a llorar de nuevo, pero es demasiado para su garganta dolorida; lo deja. Pone rígido su cuerpo, destrozado por el deseo, y siente un poco de alivio. Mueve las manos y da patadas. Para, incapaz de pensar, de esperar; capaz tan sólo de sufrir. Escucha. Luego se vuelve a dormir.
Cuando se despierta moja el pañal, y el suceso le distrae de su tormento. Pero el placer de hacer pis, y la sensación de flujo caliente y húmedo en la parte inferior de su cuerpo desaparecen pronto. El calor se vuelve inmóvil y frío. Da patadas, se pone rígido, solloza. Desesperado por el deseo, rodeado de un entorno mojado e incómodo, grita su desgracia hasta que le calma un sueño solitario.
De pronto le levantan; sus expectativas de lo que es suyo emergen. El pañal mojado desaparece. Alivio. Manos vivas le tocan la piel. Le levantan los pies y otro trapo seco, sin vida, le envuelve de nuevo. En un instante, es como si las manos nunca hubieran estado allí, ni el pañal mojado tampoco. No hay memoria consciente, ni un ápice de esperanza. Se encuentra en un vacío insoportable, sin tiempo, sin movimiento. Silencio, deseo, deseo. Su continuum intenta emplear las medidas de emergencia, pero todas ellas diseñadas o bien para hacer de puentes durante cortos períodos de tiempo dentro de un tratamiento correcto, o bien para pedir ayuda a alguien que (se supone) quiere proveerla. Su continuum no tiene solución para este caso extremo. La situación desborda su amplia experiencia. La criatura, a las pocas horas de haber empezado a respirar aire, ya ha alcanzado un punto de su poderoso continuum. Probablemente su estancia en el útero será lo más parecido que conozca nunca al estado de bienestar en que, por sus expectativas innatas, esperaba pasar su vida entera. Su naturaleza se basa en la asunción de que su madre se comporta de forma correcta, y que las motivaciones y acciones consiguientes de cada uno de ellos serán adecuadas para todos.
Alguien viene y lo levanta deliciosamente por el aire. Está en la vida. Preferiría que no le trataran como si fuera frágil, pero, al menos, hay movimiento. Está en su sitio. Toda la agonía que ha sufrido no existe. Unos brazos le envuelven, y aunque su piel no se ha librado de la tela y no siente otra piel viva contra la suya, sus manos y su boca están como han de estar. El placer positivo de la vida, normal al continuum, es casi completo. El gusto y la textura del pecho están ahí; la leche caliente fluye en su boca ansiosa; hay un latido de corazón, aquel que debería haber sido su nexo de unión, la confirmación de la continuidad con el vientre materno. Ve formas que se mueven y denotan vida. El sonido de la voz también es adecuado. Tan sólo la tela y el olor (su madre utiliza colonia) dejan algo que desear. Mama y, cuando se siente satisfecho, se duerme.
Cuando se despierta está en el infierno. Ninguna memoria, ninguna esperanza, ningún recuerdo puede traer consuelo de la visita materna. Pasan las horas, los días y las noches. Grita se cansa, duerme. Se despierta y moja el pañal. A estas alturas ya no tiene ningún placer por este acto. Tan pronto aparece el placer del alivio es sustituido por un dolor punzante cuando la orina, caliente, entra en contacto con su piel irritada. Grita. Sus pulmones agotados deben gritar para anular el ardiente escozor. Grita, pues, hasta que el dolor y el llanto le agotan y se duerme. Como suele ocurrir, en su hospital las enfermeras cambian todos los pañales siguiendo un horario fijo. No importa si están secos, recién mojados o mojados desde hace horas. Luego mandan a las criaturas a casa con la piel irritada a que se la cure alguien con tiempo para semejantes cosas. Para cuando le llevan a casa de su madre (que no suya) la criatura sabe mucho de la vida. En un plano preconsciente, que afectará todas sus impresiones posteriores, sabe que la vida es una soledad inenarrable, sorda a sus señales y llena de dolor. Pero no se ha rendido. Mientras haya vida, sus fuerzas vitales intentarán reinstalar el equilibrio.
El hogar no es muy distinto al hospital, salvo la irritación de la piel. Las mismas horas en que la criatura esta despierta anhelando, deseando, esperando que lo que es adecuado reemplace el silencioso vacío. Durante unos minutos al día, su imperiosa necesidad de ser tocado, sostenido en brazos, paseando y movido es satisfecha.
Su madre después de pensárselo mucho, ha decidido darle el pecho. Ama a la criatura con una ternura que nunca había conocido antes. Al principio y sobre todo por lo mucho que llora, le cuesta dejarlo en la cuna después de darle de mamar. Pero cree que debe hacerlo pues su madre le ha dicho (y ella debe saber del tema) que si ella cede ahora, la criatura se malcriará y causará problemas más adelante. Quiere hacer todo bien; por un instante, siente que la pequeña vida que sostiene en brazos es más importante que cualquier otra cosa sobre la tierra. Suspira y lo pone suavemente en su cuna decorada con patitos amarillos haciendo juego con la habitación entera. Se ha pegado una paliza para poner cortinas, una alfombra con forma de oso panda, un armario blanco y una mesa para cambiarle provista de polvos, aceite, jabón, champú, y cepillo, todo en colores especiales para bebés. Sobre la pared cuelgan láminas de crías de animales vestidas como humanos. En el armario decorado con un corderito de lana y un jarrón con flores, -porque la madre "ama" también las flores- hay camisetas, pijamas, calcetines, manoplas y pañales.
Le arregla la camiseta y le tapa con una sabana bordada con sus iniciales. Observa todo con satisfacción. No ha escatimado dinero en dejarle el cuarto perfecto, aunque ella y su joven marido todavía no ha podido comprar los muebles para el resto de la casa. Se inclina para besarle la mejilla de seda y, según va hacia la puerta el primer chillido angustioso sacude el cuerpo del bebé.
La madre cierra la puerta suavemente. Ha declarado la guerra a la criatura: se impondrá a su voluntad. A través de la puerta escucha lo que parecen gritos de alguien bajo tortura. Su propio sentido del continuum lo reconoce como tal. La naturaleza no hace señales claras de tortura en vano. La situación es exactamente tan seria como parece.
Duda, su corazón le impide que entre, pero se resiste y sigue su camino, y siente que su corazón tira hacia él, pero resiste y sigue su camino. Acaba de cambiarle y darle el pecho. Está segura de que, por lo tanto, no necesita nada realmente, y deja de llorar por el agotamiento...
El bebé se despierta y llora de nuevo. Su madre se asoma a la puerta para asegurarse de que esta en su sitio; suavemente para no despertar en la criatura falsas esperanzas vuelve a cerrar la puerta. Va corriendo a la cocina, donde trabaja con la puerta abierta para poder oír en caso de que "ocurra algo al bebé".
Los gritos de la criatura se convierten en temblorosos lamentos. Al no recibir respuesta, el impulso que ele lleva a hacer la señal se pierde en el vacío dejado por la falta de alivio. Alivio que hace mucho tiempo que debiera haber llegado... Mira a su alrededor. Hay una pared más allá de los barrotes de su cuna. La luz es débil. No puede darse la vuelta. Tan sólo ve los barrotes, inmóviles, y la pared. Escucha sonidos sin sentido en mundo lejano. Cerca, no hay ningún sonido. Mira la pared hasta que se le cierran los ojos. Cuando lo vuelve abrir los barrotes y la pared están como antes, pero la luz se ha hecho más débil. Entre la eternidades mirando los barrotes y la pared, hay otras eternidades que incluyen los barrotes de ambos lados y el techo lejano. Muy lejos, a un lado, hay unas formas inmóviles; siempre allí.
Hay momentos en que hay movimiento, algo que le tapa las orejas, y montones de ropa encima de él. En estos momentos puede ver la esquina de plástico blanco del interior de su cochecito, y a veces, cuando le ponen boca arriba, el cielo y la parte interior de la capucha. De vez en cuando, grandes bloques lejanos le pasan por los lados. Hay copas de árboles, distantes y lejanas; y muchas personas que le miran mientras hablan entre sí. Muchas veces le sacuden un sonajero, y , al escucharlo tan cerca, siente que está cerca de algo vivo. Mueve los brazos, con la excitación de que pronto se sentirá a gusto. Cuando le acercan el sonajero a su mano lo agarra y se lo mete en le boca. Mal echo. Mueve las manos y el sonajero sale volando. Alguien se lo devuelve. Aprende que cuando tira algo una persona viene. La criatura ve en esa persona una promesa, quiere que vuelva, y así tira el sonajero o cualquier otro objeto que este a mano y haga funcionar el truco. Cuando ya no le devuelven el objeto, están otra vez el cielo vacío y el techo del coche. Si llora en coche, suele recibir como premio señales de vida. Su madre mueve el coche, pues ha aprendido que el movimiento tiende a calmarle. La dolorosa falta de movimiento, experiencia que todos su antepasados tuvieron en sus primeros meses, queda algo mitigada con el vaivén del coche. Más vale está experiencia por pobre que sea, que ninguna. Las voces cercanas no aparecen asociadas a nada de lo que ocurre, y por ello no sirven para satisfacer sus expectativas.
No obstante, son mejores que el silencio de su cuarto. Su índice de experiencia continuum es prácticamente cero; su principal experiencia es la de la Falta.
Su madre lo pesa con regularidad, orgullosa de su progreso.
Lo poco que hay de experiencia útil, tiene lugar durante los breves minutos que suponen su ración diaria de tiempo en brazos, además de algunas migajas que recoge aquí y allá, y que sumadas resultan aceptables para cubrir mínimos en algunos de sus requisitos. Quizás en algún momento, mientras está en algún regazo, un niño se acerque corriendo y gritando, y le permita vivir la emoción de tener acción alrededor mientras se siente seguro. Mientras juguetea en brazos de su madre, el ruido de algún automóvil suena a bienvenida. Hay ladridos y otros ruidos repentinos. Algunos sonidos pueden ser aceptados desde el cochecito, pero otros, sin la seguridad de estar en brazos, le asustan. Las cosas que se dejan a su alcance están diseñadas para sustituir lo que le falta. La tradición manda que los juguetes consuelen al bebé dolido. Pero lo hacen sin, de ninguna forma, reconocer el dolor.
Primero está el osito, o algo parecido, "con quien dormir". Se supone que le dará al bebé la sensación de estar acompañado constantemente. El eventual vínculo a estos juguetes que a veces se forma, se considera como u capricho infantil encantador, en lugar de cómo una manifestación de falta aguda en una criatura que, en su hambre de compañía, se ve forzada a agarrar un objeto inanimado que no le abandona. El mover el coche o mecer la cuna son otros sustitutos posibles. Pero sus movimientos son tan pobres comparados con el de los brazos que sirven de poco a un bebé aislado. Hay también juguetes que cuelgan encima de la cuna y el cochecito, y que hacen sonidos distintos cuando el bebé los toca. Suelen ser objetos de colores brillantes colgados de una cuerda, que le ofrecen algo que mirar además de las paredes. Le llaman la atención, pero los cambian de lugar tan de vez en cuando, si es lo que hacen, que no sirven ni para empezar a cubrir la necesidad de una experiencia visual y auditiva variada.
A pesar de su escasez, vaivenes, sonajeros, sonidos y colores no pasan desapercibidos. El continuum, siempre preparado a que sus expectativas se realicen, acepta lo poco mucho de ellas que recibe. Pese a que las experiencias vienen a rachas y no se relacionan unas con otras, como lo hacen las experiencias de una criatura continuum (cuando se está en brazos las impresiones que imágenes, sonidos, movimientos, olores y sabores dejan en los sentidos van tejiendo un diseño armonioso, el mismo que recibieron nuestros antepasados comunes), pese a que algunas se repiten con frecuencia mientras otras son eliminadas, todas se reciben como material adecuado. La continuidad uniforme de la experiencia en el tiempo, vertical y horizontalmente produce en nuestros sentidos la ilusión de una operación única. Sin embargo, se puede comprobar que cada componente actúa por separado. Así, todo lo que sea requisito necesario para alguna línea de desarrollo particular será aceptado. Puede incluso en líneas individuales, superarse un requisito y pasar al siguiente. Se puede demostrar que algunos comportamientos que parecen estar relacionados -por relación causa-efecto- tiene motivaciones independientes. Esto se ve, quizás con mayor claridad, en animales con necesidades similares a las nuestras, pero cuyos comportamientos frente a estas necesidades no están inhibidos por la necesidad de dar una explicación racional a sus impulsos.
Una mona capuchina que traje conmigo de mi primera expedición, comía hasta saciarse cuando yo le daba su plátano, ya pelado, y después, como quien no quiere la cosa, envolvía el resto en una servilleta de papel, mirando a su alrededor como si no se diera cuenta de lo que hacían sus manos. A continuación se ponía a dar vueltas pretendiendo ir de paseo. De repente, descubría el paquete misterioso, y excitadísima, quitaba la envoltura del tesoro. ¡Medio plátano! ¡Menuda sorpresa! Y en este punto la pantomima empezaba a flaquear. Con el estómago lleno no se decidía a coger el premio. Envolvía de nuevo el plátano con los restos del papel y comenzaba de nuevo el espectáculo. Me acabó convenciendo de que su impulso, su necesidad de buscar y abrir recipientes con comida dentro, ya fuesen pieles de frutas, o cáscaras de frutos secos, era independiente de su impulso de comer. Yo, queriendo "ahorrarle molestias y con mis mejores intenciones había eliminado la búsqueda y la ruptura del contenedor de la comida de la sucesión de impulsos que la naturaleza había exigido de sus antepasados evolutivos (sucesión que hubiese satisfecho sus expectativas experienciales). Pero, en aquel entonces, yo no entendía el continuum. Ella obedecía primero su impulso más fuerte y comía el plátano.
A medida que, al comer, iba satisfaciendo este impulso, salía el siguiente. Quería cazar. Las condiciones no eran las adecuadas para la caza, puesto que el plátano estaba pelado y visible. Solución: poner ella el escenario, luego realizar la caza. No fingía su emoción en el momento de desenvolverlo. Estoy segura que el latir de su corazón se aceleraba, y de que mostraba todas las señales fisiológicas de la verdadera anticipación, aún cuando el supuesto objeto de esa anticipación, comer, ya se hubiese logrado. De la misma manera en que cada componente de la experiencia continuum es a la vez, causa efecto y meta, el verdadero objetivo de su caza era satisfacer la necesidad de cazar.
El objeto de la vida es la vida; el objeto del bienestar, fomentar el comportamiento que produce bienestar; el objeto de la procreación, crear procreadores. Este efecto circular, lejos de ser inútil, es el mejor ( y único) de todos los efectos posibles. El ser ella misma es lo que hace "buena" nuestra naturaleza, puesto que buena es un término relativo. Relativo al potencial humano, es la mejor de todas las alternativas. Entre los humanos, abundan los ejemplos de comportamientos que no sirven a otro propósito que el de satisfacer la necesidad de su ejecución. Por lo general se trata de requisitos en la experiencia continuum que en su día, y por razones culturales o intelectuales - y en base a la pérdida de tiempo que suponen su poca efectividad o su perversidad -, fueron excluidos de la sucesión original. Más adelante analizaremos en profundidad algunos de estos comportamientos, pero como ejemplo ilustrativo y paralelo al de la mona, está la caza por deporte y no para comer. Individuos que experimentan residuos del impulso hacia el trabajo manual, lo satisfacen, si pueden permitírselo, en campos de golf, talleres privados o barcos de vela. Los menos afortunados han de conformarse con el bricolaje, las maquetas, y la cocina. Para las mujeres, por lo general aquellas que no tienen que limpiar su propia casa, están los tapices, los bordados, el ikebana - arte de colocar flores -, la ceremonia del té, y los trabajos voluntarios para organizaciones no lucrativas, hospitales, y comedores de beneficencia.
El bebé, pues, almacena cada experiencia positiva que tiene, sea de la sucesión que sea, y por muy fragmentada que esté. No obstante, el proceso acumulativo ha de contener un requisito de cada experiencia para poder sentar la base del siguiente grupo de experiencias. Si el mínimo de experiencias necesarias en una etapa no es satisfecho, las de la etapa siguiente pueden ocurrir mil veces sin que contribuyan a la madurez del individuo.
A la vez que acepta cualquier pedacito que pueda conseguir, el bebé privado de estar en brazos va desarrollando conductas compensatorias con las que aliviar su angustia. Patea con toda violencia posible para mitigar el anhelo de su piel. Agita los brazos. Mueve la cabeza de un lado a otro para enturbiar los sentidos. Se pone rígido, arqueando la espalda con la máxima tensión para dejar de sentir. Descubre un pequeño consuelo en su dedo pulgar; alivia así, en parte el deseo constante de su boca. Pocas veces llega de hecho a chuparlo, salvo cuando quiere mamar antes de que su horario lo permita, pues come lo suficiente como para satisfacer su hambre. Por lo general lo mete en la boca como reacción contra su vacío insoportable, la soledad eterna, contra la sensación de que el centro de todo está en algún lado.
Su madre consulta a la suya, y ésta le cuenta ese cuento de que chupar el dedo perjudicará sus futuros dientes. Preocupada por su bienestar, busca métodos disuasorios del tipo de una pintura de sabor asqueroso. Cuando el bebé, llevado por su necesidad, logra chupando limpiarse el pulgar, su madre le ata a los barrotes de la cuna. Las experiencias que le faltan de la fase en-brazos, el consiguiente vacío allá donde debiera estar su confianza y su estado inefable de alienación, cambiarán e influenciarán todo lo que llegue a ser, mientras crece al borde del abismo que aparece allá donde debiese haber crecido un gran sentido de sí mismo. Pero es necesario entender que no hay ningún mecanismo en su vida temprana que le permita adaptarse a una madre inadecuada, una madre que carece de continuum que funcione, que no responda alas señales del bebé, que no sólo no favorece, sino que incluso va en contra de la satisfacción de sus expectativas. Más adelante, cuando s intelecto se vaya desarrollando, quizás "entienda" que sus intereses y los de su madre están enfrentados, y a medida que vaya creciendo, q2uizás luche para actuar con independencia, para salvarse a sí mismo. Pero, en el fondo, jamás podrá creer que su madre no le quiere incondicionalmente por el mero hecho de existir. Por mucho que grite por todo lo alto que sabe que no es así. Por mucha evidencia en contra. Por mucha comprensión intelectual de los hechos. Todas sus protestas, todas sus renuncias (de ella), todo acto de rebelión contra ella basado en estas evidencias de que la postura de ella le es perjudicial - en nada harán cambiar su aceptación inicial de que ella le quiere, de que por encima de todo, ella debe quererle -.
El "odio" hacia una madre (o figura materna) es manifestación de la batalla que se pierde para liberarse de esa asunción. El desarrollo de la independencia y la capacidad de madurar emocionalmente, surgen, en buena medida, de la relación en-brazos en todos sus aspectos. Así pues, uno no puede independizarse de su madre sino no es a través de ella, a través de que ella desempeñe su papel correctamente, permitiendo la experiencia en-brazos, y permitiendo que se salga de ella una vez la necesidad ha sido satisfecha. Pero uno no puede liberarse de una madre no-continuum. La necesidad imperiosa de ella permanece atrapada , uno no puede hacer otra cosa que luchar en vano. Como aquel "ateo" que amenazaba con su puño al trono de Dios en los cielos gritando "No creo en ti", y emitiendo blasfemias que no sólo no merece la pena pronunciar porque toman Su nombre en vano.
La organización mundial de la salud encargó al Dr. John Bowlby, de la clínica Tavistock de Londres que hiciese un informe sobre la salud mental de "niños sin hogar en sus países de origen"2.((2) J. Bowlby, Maternal Care and Mental health, W.H.O., 1951).
Los sujetos del estudio representaban los casos de carencia de madre más extremos en cada país, y ascendían a miles. La información que recogían de especialistas en el campo abarcaba muchos años y situaciones: criaturas en instituciones desde su nacimiento, otras en casas donde habían sido acogidas, bebés que vivieron en hospitales durante algunos meses y años críticos de su vida temprana, y víctimas de todo tipo de desgracias que impidieron que tuvieran ni tan siquiera, ese grado mínimo de contacto materno llamado normal. Después de un análisis escrupuloso de las evidencias, se eliminó del estudio toda causa que no fuera "carencia emocional como resultado de la falta de madre". El cuadro se obtiene a partir de las descripciones y estadísticas del informe, es uno de horrendas angustias personales, multiplicadas más allá de lo que pueda concebir nuestra mente. Es una crónica de las vidas vacías que siguen a las carencias, de la "personalidad incapaz de dar cariño" de los más carentes, los que han perdido para siempre la capacidad de formar vínculos, o sea, del saber del valor de la vida misma. Documenta la angustia de los que todavía luchan por el amor que, por el hecho de haber nacido, es un derecho experimentar. Lo hacen mintiendo, robando, actuando brutalmente o asiéndose como sanguijuelas a las figuras maternas, regresando al comportamiento infantil con la esperanza de que les traten por fin como el bebé que sigue dentro de ellos, hambriento de su experiencia. Deja constancia de cómo estas personas desesperadas se perpetúan al procrear hijos a los que no pueden querer, hijos que se críen como ellos mismos, en contra de sí mismos, en contra de la sociedad, incapaces de dar, destinados por siempre a pasar hambre. Son la evidencia indiscutible, los ejemplos, las pruebas para quien lo ponga en duda, de la primacía quintaesencial de la experiencia infantil en la personalidad humana. El que sean casos extremos nos sirve de lupa a través de la cual ver más claramente las carencias y sus efectos en la gama - más amplia, más variada y más sutil - de lo que llamamos casos normales. Estas carencias "normales" están hoy en día tan entremezcladas en el tejido de nuestras culturas, que pasan desapercibidas excepto en los casos que suponen peligro y coste para los demás (a través de violencia, locura y delitos, por ejemplo), e incluso en estos casos nuestra comprensión de ellas es mínima.
Desde que el intelecto, con su colección de teorías, se encargó de su cuidado, las vicisitudes de las criaturas humanas son muchas y terribles. Las razones por las que modificaciones o revoluciones en el trato a los bebés han tenido lugar, nunca se han parecido a las "razones" continuum y cuando sí han ido en el sentido adecuado, han sido fragmentarias e infértiles, sin relación alguna al principio continuum. Uno de esos trocitos de teoría se puso en práctica en una sala de maternidad norteamericana, cuando a alguien se le ocurrió emitir un latido de corazón por los altavoces a las criaturas en sus primeras angustias de carencia de experiencia materna. Esta pequeña contribución tuvo un efecto tan tranquilizante, y la salud de las criaturas mejoró tan notablemente, que el experimento recibió atención en todo el mundo.
Otro experimento, parecido pero independiente, lo llevó a cabo un especialista en el cuidado de bebés prematuros. Consiguió una mejora notable en desarrollo de los pequeños sujetos manteniendo las incubadoras en movimiento con un motor. En ambos casos, los bebés aumentaron de peso más rápido y murieron menos.
Harry Harlow hizo experimentos espectaculares que comprobaron la importancia de las caricias de las monas madres en el desarrollo psicológico de las crías de mono3. ((H.F.Harlow, "El desarrollo de patrones de cariño en las crías de mono", en Determinantes de la conducta del bebé, Brian M. Foss, Londres 1961)).
Jane Van lawick-Godall, en lo que probablemente sea una de las mayores ironías de todos los tiempos, encontró otros ejemplos sugerentes de cómo cuidar a los bebés de sus amigos chimpancés - cuya conducta, incluso siendo de otra especie, se aproxima mucho más a la del continuum humano que la conducta de humanos modernos-. Hablando de cómo siguió estos ejemplos con su propio hijo escribe: "No le dejamos chillar en su cuna. Lo llevábamos a donde íbamos de forma que su entorno cambiaba a menudo, su relación con sus padres permaneció estable"4.(( Van Lawick-Godall, A la sombra del hombre, Boston, 1971)).
Podría resultar muy iluminador el investigar la influencia sobre la personalidad de la generación posterior, de la aceptación, por parte de la reina Victoria, del cochecito del niño (llevándolo al uso corriente), así como su efecto sobre la vida familiar en occidente. Ojalá que el invento del cochecito hubiese corrido la misma suerte que el corral para bebés que vi inventar un día en una aldea Yequana.
A Tudulu le faltaba poco para terminarlo cuando lo vi. Tenía palos verticales atados con parras a marcos cuadrados superior e inferior, como una ilustración de comic de un corral prehistórico. Le había costado mucho trabajo, y Tudulu tenía cara de contento cuando corto el último palo que sobresalía. Se pus a buscar a su hijo Cananasinyuwana, que había dado sus primeros pasos hacía una semana. Tan pronto Tudulu vio al crío lo cogió y triunfalmente, lo puso dentro del nuevo invento. Cananasinyuwana se quedó unos segundos en el centro sin comprender, luego fue hacia un lado, se dio la vuelta y se dio cuenta de que estaba atrapado. En un instante estaba gritando un mensaje de sumo horror, un sonido inequívoco y poco frecuente entre los niños de su sociedad. El corral estaba mal, era inadecuado para las criaturas humanas. El sentido continuum de Tudulu, tan fuerte como el de todos los Yequana, no dudó en interpretar los aullidos de su hijo. Lo sacó y le dejó que fuera corriendo a echarse en los brazos de su madre el tiempo necesario para recuperarse del susto y poder seguir jugando. Tudulu aceptó el fracaso de su experimento sin dudar. Tras echar una mirada a su construcción, la rompió a trocitos con un hacha. Había usado madera verde, así es que no consiguió mucha leña de sus esfuerzos de la mañana. No creo que este fuese el primer invento de está clase entre los Yequana ni el último, pero su sentido continuum no permitiría que perdurará un error tan garrafal. De no haber sido nuestro sentido continuum una fuerza tan fundamental en la conducta humana durante nuestros dos millones de años de estabilidad, no hubiera sido capaz de contener los peligros inherentes a nuestro altamente desarrollado intelecto. El hecho de que se le haya restado fuerza hasta el punto de que la inestabilidad o el "progreso" nos parezca nuestro más glorioso destino, no altera en lo más mínimo el que el sentido continuum sea intrínseco a nuestra propia humanidad. Tudulu rompiendo el corral representa lo que nosotros hemos evolucionado para ser, lo que seguiríamos siendo si nuestro sentido no se hubiese enturbiado, si no hubiese sido traicionado por lo que sea que lo ha hecho descarrilar, dejándonos en las manos, peligrosamente ignorantes, del intelecto.

4.- Creciendo.

Cuando ha recibido plenamente toda su protección y estímulo de la experiencia en brazos, la criatura puede mirar hacia fuera, al mundo más allá de su madre, segura de sí misma y acostumbrada a un bienestar que su naturaleza tenderá a mantener. Está a la expectativa del siguiente conjunto de experiencias apropiadas. Comienza a arrastrarse, volviendo a menudo para asegurarse de que su madre sigue disponible. Una vez se asegura de ello, se atreve a alejarse más y volver menos, pasando de arrastrarse (sobre los codos, muslos y estómago) a gatear (manos y rodillas). El continuum mantiene el desarrollo de su agilidad en proporción a su curiosidad por el entorno.
La necesidad de contacto físico disminuye rápidamente una vez que la cuota necesaria se ha satisfecho. El bebé, niño o adulto necesitará la seguridad de ese contacto sólo en momentos de tensión especial que requieren más energía de la corriente. Estos momentos se hacen más y más escasos, y la independencia crece con una rapidez, profundidad y amplitud que sorprende a todo el que sólo ha tenido contacto con niños civilizados sin la experiencia en brazos completa. El tener parte de las líneas de desarrollo avanzando, mientras otras permanecen estancadas esperando ser completadas, tiene el efecto de desdoblar las intenciones de un niño: es posible que nunca lleguen a querer nada sin a la vez querer ser el centro de atención; que nunca lleguen a concentrase en un problema cuando parte de si mismos aún ansia la euforia despreocupada del bebé en brazos a quien todo se le da resuelto. No pueden volcarse en el uso de la fuerza y habilidad que se va desarrollando en ellos mientras parte de sí mismos está anhelando sentirse desvalido en brazos. Todo esfuerzo está hasta cierto punto en conflicto con un deseo subyacente del triunfo sin esfuerzo del bebé amado.
Una criatura con una base sólida de experiencia continuum, recurre al consuelo físico de su madre solo en casos de emergencia. Un niño yequana vino a mi con dolor en un diente, abrazado a su madre y gritando a todo pulmón. Tenía unos diez años, y tenía tal confianza en sí mismo, y era tal su amabilidad, que yo siempre pensé que debía ser un chaval muy disciplinado. Bajo mi punto de vista civilizado, daba la impresión de ser un maestro en esconder sus sentimientos, y por ello yo suponía que en semejante situación estaría poniendo todo su empeño en no llorar o en que nadie le viese en tal estado. Pero estaba claro que no intentaba contener ninguna de sus reacciones al dolor, ni su necesidad primordial del consuelo de los brazos maternos.
Nadie hizo comentarios, todo el mundo lo entendió. Algunos de sus compañeros de juegos se acercaron para ver cómo le sacaba el diente. No tuvieron ningún problema con verle depender así de su madre: ni el más mínimo asomo de chanza por parte de ellos, ni de vergüenza por parte de él. La madre estaba allí, pasivamente disponible, mientras él se sometía a la extracción. Gritó aun más alto varias veces cuando le toque el diente, pero nunca retrocedió, ni me miró enfadado porque le estuviese causando dolor. Cuando terminé y le cubrí el agujero con una gasa, pálido, se echó agotado en su hamaca. En menos de una hora volvió sólo . El color había vuelto a sus mejillas, y había recuperado la calma. No dijo nada, pero sonrió y se quedó cerca unos minutos para mostrarme que estaba bien. Luego se fue a jugar con los otros niños.
Otra vez sucedió con un hombre de unos veinte años: yo estaba haciendo lo posible para extirpar un principio de gangrena en su pie. El dolor debía de ser atroz. Sin ofrecer ninguna resistencia a que se le limpiase la herida con un cuchillo de caza, lloraba sin reprimirse en el regazo de su mujer. Esta como la madre del niño, estaba completamente relajada. No se puso en ningún momento en el lugar de su marido, sino que se mantuvo serenamente disponible mientras él escondía la cabeza en su cuerpo cuando el dolor aumentaba, o la movía de un lado al otro en su regazo al sollozar. Pese a la presencia en escena de la mitad de la aldea, no hizo ningún esfuerzo de auto-control ni de dramatización. Dado que la mujer yequana vive con su madre hasta que esta muere, y el hombre deja a su madre para entrar a formar parte de la familia de la mujer, es muy frecuente que la mujer ocupe el lugar de la madre durante las crisis del hombre. La mujer tiene su propia madre a la que recurrir, pero instintivamente da apoyo maternal a su hombre cuando él lo necesita. Tiene la costumbre de que otra familia adopte a los huérfanos adultos también. Esto exige poco de la familia, ya que el adulto yequana, hombre o mujer, contribuye mucho más de lo que consume, y tiene tácitamente garantizado el consuelo cuando sea necesario. Esa seguridad es un factor estabilizador. La necesidad de un apoyo emocional asegurado es una parte de la naturaleza humana aceptada entre los yequana, una necesidad que se respeta en beneficio de la sociedad. Es otra manera de evitar la anti-socialización de cualquiera de sus miembros debido a la presión de las circunstancias. Este respeto a los requisitos del continuum de todo individuo es ciertamente la manera más eficaz de prevenir el crimen.
Cuando comienza a gatear, la criatura empieza a sacar partido tanto de las facultades acumuladas pasivamente durante la experiencia anterior, como del desarrollo fisiológico que las vuelve útiles. Por lo general, sus primeras expediciones son cortas y cautelosas, y no es apenas necesario que la madre, o quien este a su cuidado, le eche una mano. Como todos los animales, tiene un gran instinto de auto-protección, y un sentido realista de sus posibilidades. Si la madre le observa constantemente, le dirige constantemente, y le para y le persigue cada vez que se mueve auto-motivado, la criatura, siempre dispuesta a cooperar, aprenderá pronto a dejar de ser responsable de sí misma.
Uno de los impulsos más arraigados en el tremendamente social animal humano, es hacer lo que ve que se espera de él (Algo que no tiene nada que ver con hacer lo que le manden). Sus incipientes capacidades intelectuales son débiles, pero sus tendencias instintivas son tan fuertes al principio como al final de su vida. La combinación de estas dos capacidades - la de razonar, que depende del aprendizaje, y la instintiva, basada en la misma clase de conocimiento innato que guía a otros animales a lo largo de toda su vida -., el resultado de su interacción, es el carácter humano y la capacidad humana, única, de refinar intelectualmente la eficiencia instintiva.
Además de su tendencia al experimento y la cautela, la criatura tiene, como siempre, expectativas. Espera la gama de experiencias que sus ancestros disfrutaron. Espera no sólo espacio y libertad para moverse en él, sino también tener diversidad de encuentros. A estas alturas es más flexible en lo que espera. Los requisitos estrictos de la experiencia previa se ha ampliado gradualmente durante la fase en-brazos, y a partir de las fases de arrastrarse y gatear, y cada vez más, la criatura empieza a necesitar tipos de experiencias, no tanto circunstancias y tratamientos precisos. Pero, para que le sirva, su experiencia tiene que caer, todavía, dentro de ciertos márgenes. No puede desarrollarse adecuadamente sin el tipo de variedad de oportunidades que requiere, ni sin la ayuda de os demás que necesita. Para poder descubrir y aumentar sus propias capacidades, tiene que tener más objetos, gente y situaciones disponibles que aquellas de las que puede hacer uso. Además, deben cambiar a menudo, aunque no de manera demasiado radical ni con excesiva frecuencia. Como siempre, el precedente, el carácter de la experiencia evolutiva de nuestros ancestros durante su infancia, marca lo que es adecuado y lo que no lo es.
En un pueblo Yequana, por ejemplo, hay curiosidades, peligros y asociaciones en cantidad y calidad más que suficiente para un bebé gateando. Durante sus primeras correrías lo pone todo a prueba. Está midiendo su propia fuerza y agilidad, y está poniendo a prueba todo lo que encuentra, formando conceptos y haciendo distinciones en tiempo, espacio y forma. También está creando una nueva relación con su madre, que va paulatinamente de la dependencia directa de ella a saber que ella está disponible. Cada vez son menos frecuentes los momentos en que necesita apoyarse en ella para encontrar consuelo.
Entre los Yequana, la actitud de una madre, o persona a cargo de una criatura, es relajada, ocupada en cualquier otra tarea además del cuidado del bebé, pero siempre dispuesta a recibir una visita. A no ser que toda su atención sea necesaria, no deja lo que tenga entre las manos. No se lanza con lo brazos abiertos al pequeño visitante, sino que, tranquilamente, le ofrece libremente su persona, o un viaje sobre su cadera sujeto con el brazo si está haciendo algo que requiere movimiento .
Ella no inicia los contactos, y sólo contribuye a ellos de forma pasiva. Es la criatura quien la busca, y quien le muestra, con su comportamiento, lo que quiere. Ella se adapta completamente y con gusto, pero no añade nada más. En todos los intercambios, ella es el agente pasivo, y es el bebé quien lleva la acción, quien se acerca a dormir cuando está cansado o a comer cuando tiene hambre. Poder contar con ella, saberla constantemente disponible, refuerza y equilibra sus exploraciones en el ancho mundo.
La criatura ni pide, ni recibe la atención total de la madre, dado que no tiene ansiedades acumuladas que parten su atención del aquí y ahora. De acuerdo con el carácter económico de la naturaleza, no quiere más de lo que necesita.
Un bebé gateando puede avanzar a bastante velocidad. Entre los yequana, observe una vez, nerviosa, como uno de ellos se acercaba a un agujero de dos metros de profundidad de donde habían estado sacando barro para hacer paredes, parándose en el borde. En sus correrías, hizo lo mismo varias veces durante el día. Tan despreocupado como lo estaría un animal en el borde de un precipicio, rodaba hasta quedarse sentado, casi siempre de espaldas al agujero. Concentrado en un palo, una piedra o sus dedos, jugaba y rodaba en todas direcciones, aparentemente sin prestar atención al agujero, pero siempre cayendo en cualquier parte menos en la zona de peligro. Los mecanismos de auto-protección funcionaban sin errores, y, dada la precisión de sus cálculos, funcionaban tanto en una dirección como en otra, incluido el borde mismo del agujero. Sin que nadie le atendiera, o mejor dicho, en la periferia de la atención de un grupo de niños que jugaban con la misma falta de respeto hacia el agujero, el bebé se hacia cargo de su propia relación con las posibilidades a su alrededor. La única sugerencia que recibía de los miembros de su familia y sociedad es la de que se esperaba que fuese capaz de cuidarse de sí mismo. Aunque aún no podía andar, sabía donde encontrar consuelo en caso de necesitarlo - pero pocas veces lo buscó.- Si su madre se iba al río o a la huerta, a menudo se lo llevaba con ella, levantándolo por el antebrazo, y asumiendo que él mismo se agarraría a su ropa o se acomodaría en su cadera. Donde quiera que fuesen, si ella lo ponía a salvo en el suelo, esperaba que el se mantuviera a salvo sin necesidad de supervisión.
Una criatura no tiene inclinaciones suicidas, y sí tiene un juego completo de mecanismos de supervivencia, que van desde los sentidos a la telepatía cotidiana. Se comporta como cualquier otro animal joven y sin experiencia sobre la que basar su juicio: elige lo más seguro sin ser consciente de estar haciendo una elección. Está en su naturaleza proteger su propio bienestar, su gente lo espera de él, y tanto sus habilidades innatas como su estado de desarrollo y experiencia se lo permiten. Pero la experiencia es tan escasa a la edad de seis, ocho o diez meses, que contribuye poco, prácticamente nada, cuando se trata de situaciones nuevas. Su autoprotección se basa en el instinto. Pero ya no es tan sólo un mamífero primate: empieza a adquirir características específicamente humanas. Cada día tiende más a adquirir la cultura de su propia gente. En está fase comienza a distinguir las funciones de su madre y su padre en su vida. Su madre conserva la función que hasta ahora era de todo el mundo: dar y cuidar sin esperar nada más a cambio que la satisfacción de haber dado. Su madre le cuida simplemente porque él está ahí: su mera existencia garantiza el amor materno. La incondicional aceptación por parte de la madre permanece constante mientras el padre emerge como figura importante, interesado en el desarrollo de su comportamiento social y en sus progresos hacia la independencia. El amor constante del padre mantiene el mismo carácter que el de la madre, pero parte de su aprobación depende del comportamiento de la criatura. Así la naturaleza garantiza tanto más estabilidad como el incentivo hacia la más claridad como el representante de la sociedad, y guiará a la criatura, mostrando con su ejemplo el comportamiento adecuado a las costumbres en las que participan.
Hermanos, hermanas y otras personas empiezan a ocupar lugares diferenciados en el mundo del bebé. Durante algún tiempo seguirá existiendo un elemento maternal en todos aquellos con quienes se asocia. Necesitará cuidado y protección mientras desarrolla seguridad en sí mismo. Continuará haciendo señales de acuerdo con sus necesidades, y los mensajes resultarán irresistibles a sus mayores hasta que desaparezcan en la adolescencia. Mientras tanto, él será susceptible a las señales de niños más pequeños y se comportará con ellos de manera maternal, mientras que a su vez dará ese tipo de señales a los niños más desarrollados y a los adultos, sobre los que aún depende gran parte de su sistema de apoyo.
Para los chicos, los hombres se convertirán en fuente de inspiración y ejemplo en el que aprender su parte en la cultura. Es la manera en que se hace su sociedad. Las chicas imitarán a las mujeres una vez que su estado de desarrollo dicte que la asociación se transforme en participación.
Cuando las herramientas sean difíciles de hacer, se las darán hechas. Por ejemplo, una criatura puede remar una canoa o jugar en ella mucho antes de que pueda construirse su propio remo. En su momento, un adulto le dará un remo pequeño. Antes de que puedan hablar, a los niños se les dan arcos y flechas con los que practicar. Yo estaba presente en los primeros trabajos de una niña. La había visto ya con las niñas y mujeres, jugando mientras rallaban mandioca. Un día cogió un trozo de mandioca y lo frotó contra el rallador de una niña que estaba a su lado. El trozo era demasiado grande, y se le cayó varias veces. Su vecina, con una sonrisa, le dio un trozo más pequeño, y su madre, preparada para el natural impulso de su hija, le entrego su propio rallador pequeñito. La niña había visto a las mujeres rallar desde que nació, e inmediatamente empezó a frotar como las otras.
En menos de un minuto perdió interés y se fue corriendo, dejando su rallador en el suelo y ni una marca en la mandioca. Nadie le hizo sentir que su gesto fue gracioso o sorprendente; de hecho las mujeres, acostumbradas a que las criaturas se unan a la cultura según su propio ritmo, lo esperaban. Ni se cuestiona el que el resultado final sea social, cooperativo y enteramente voluntario. Los adultos y los otros niños proveen tan sólo la ayuda y utensilios que la criatura no puede conseguir por sí misma. Antes de hablar, un bebé es perfectamente capaz de expresar claramente sus necesidades, y no hay porque ofrecerle lo que no pide; después de todo, el objeto de las actividades de una criatura es desarrollar confianza en sí misma. Darle más o menos asistencia de la que necesita tiende a impedir que consiga ese objetivo.
Cuidado y asistencia se dan cuando son solicitados. Comida para alimentar el cuerpo y ternura para alimentar el alma ni se imponen ni se niegan, pero están siempre disponibles, de manera sencilla y natural, como algo asumido. Al bebé se le respeta como a algo bueno por encima de todo. No existe el concepto de "niño bueno" ni de "niño malo". Se da por hecho que los motivos del niño son sociales, no antisociales. Lo que hace se acepta como la acción de una criatura innatamente "correcta". Este asumir la bondad y sociabilidad como características humanas innatas es la esencia de la actitud de un yequana con el resto, sea de la edad que sea. Es también la base desde la que tanto padres como demás adultos colaboran en el desarrollo de una criatura.
Educar, en su sentido original, es "guiar hacia fuera", pero aunque esta versión quizás tenga ventaja sobre la interpretación más extendida de "machacar", ninguna de las dos es consciente con las expectativas evolucionadas del niño. El que una persona mayor le lleve o guíe, equivale a interferir en el desarrollo del niño, porque le aleja de su camino natural, y lo lleva a otro menos eficiente. Asumir la sociabilidad innata en oposición directa con la creencia civilizada, bastante universal, de que para hacer social al un niño hay que reprimir sus impulsos. Hay quien cree que razonando y pidiendo la colaboración del niño logran mejor que con cualquier amenaza o insulto mental o físico esta represión. Pero tanto estas dos posturas extremas como las intermedias comparten la presunción de que todo niño tiene una naturaleza antisocial y necesita manipulación para hacerse socialmente aceptable. Si hay algo fundamentalmente extraño para nosotros en sociedades continuum como lo es la yequana, es esta presunción de la sociabilidad innata. Sólo si partimos de está presunción y sus consecuencias podremos entender la distancia, aparentemente insalvable, entre su extraño comportamiento - que sin embargo da lugar a un alto grado de bienestar entre ellos -, y nuestros cálculos cuidadosos - con los que conseguimos un grado de bienestar enormemente inferior -.
Como hemos visto, más o menos cuidados de los necesarios dañan el desarrollo de una criatura. Iniciativas exteriores o ayudas no solicitadas no le resultan positivamente útiles. Nunca podrá hacer más progreso que el motivado desde sí mismo. La curiosidad y el deseo de hacer cosas de una criatura son la definición de su capacidad para aprender sin sacrificar ninguna parte de su desarrollo completo. El que se le guíe, sólo consigue desarrollar ciertas habilidades a expensas de otras, pero nada puede ser desarrollado al límite de su capacidad más allá de sus límites innatos.
El precio que una criatura paga por que sus padres le guíen "por su propio bien" (o el de ellos mismos) es su integridad. Su bienestar total como reflejo de que todos sus diversos aspectos sean alimentados o muertos, se ve severamente afectado. Sus mayores pueden contribuir en mucho a determinar sus elecciones de comportamientos simplemente con su ejemplo y expectativas. Pero no pueden añadir nada a su integridad sustituyendo los motivos de la criatura por los suyos, o diciéndole "lo que debe hacer".
Lo ideal es dar ejemplo a través de lo que uno tiene que hacer normalmente, sin la intención expresa de influenciar el comportamiento de la criatura; crear una atmósfera en la que la prioridad es que cada cual se preocupe de sus asuntos, prestando atención a la criatura sólo cuando esta lo pide, y en la medida necesaria. Una criatura con una experiencia en-brazos completa, no solicitará ayuda más allá de sus necesidades físicas, puesto que, al contrario que los niños civilizados, no necesita que se le tranquilice re-afirmándole su existencia o su merecer ser amado.
Si seguimos este principio en su modo más simple, una madre civilizada irá haciendo su trabajo doméstico dejando que la niña tome el interés que quiera, pero permitiéndole que barra cuando le apetezca con una escoba pequeña, o que limpie el polvo o que friegue los platos subida en una silla. Poco se romperá, y la niña no caerá de la silla a menos que la medre exprese de manera clara que espera que ese desastre ocurra. En este caso, el impulso social de la niña (a hacer lo que entiende se espera de ella) puede llevarle a obedecer. Una mirada ansiosa, una frase (¡no dejes caer eso!) o una advertencia (cuidado te caerás) , pese a r en contra tanto del impulso de autoprotección como de la tendencia a imitar en la criatura, si se repite en exceso puede hacer que esta obedezca y rompa el plato y/o se caiga de la silla.
Entre las características únicas del ser humano como especie, está su capacidad de contradecir con el intelecto su naturaleza evolutiva. Una vez que el continuum ha descarrilado, sus estabilizadores desequilibrados hasta la impotencia, las aberraciones aparecen pronto y en abundancia, pues el intelecto, con su buena intención, su desinformación y su considerar las cosas una a una (cuando la cantidad de factores relevantes a un comportamiento es incalculable), tiene las mismas posibilidades de hacer bien que de dañar.
Una de las consecuencias más extrañas de la pérdida de fe en el continuum, es la capacidad de los adultos para lograr que las criaturas les huyan. Nada hay más cercano al corazón continuum de un bebé que permanecer cerca de su madre en un territorio desconocido. Todos nuestros parientes mamíferos, así como pájaros, reptiles y peces, son seguidos por sus crías en beneficio de estas. A un crío yequana no se le ocurre apartarse de su madre en el bosque, y ella nunca se vuelve a ver si el niño le sigue: no hace la más mínima sugerencia de que haya elección o de que es responsabilidad de ella el que se mantengan juntos. Lo único que hace es caminar a una velocidad que el crío pueda seguir. Sabiendo esto, el niño gritará si por cualquier razón no puede mantener el paso. Una caída pequeña de la que él mismo pueda levantarse y, tras una carrera corta, recuperar los segundos perdidos, rara vez da lugar a un grito. El comportamiento de la madre da a entender que será práctica y paciente si es necesario esperarle. Sugiere también que ella sabe que él sólo tomará el tiempo necesario para, tranquilamente, poder seguir juntos su camino. No hay nada de juez en ella. La presunción que tiene de la sociabilidad innata en la criatura, trabaja con la tendencia en está última a hacer lo que se espera de ella. Parados o en marcha, está presunción básica permanece sin alteración y sin ser cuestionada.
Sin embargo, a pesar de los millones de años de precedente, y de los ejemplos consistentes de los otros animales y bastantes seres humanos, hemos logrado persuadir a nuestros críos para que huyan de nosotros.
Después de mi cuarta expedición, me sorprendió la cantidad de niños pequeños perseguidos por adultos que había en el Central Park de Manhattan. Madres y ayas corriendo por doquier, incómodamente agachadas y con la manos extendidas, gritando amenazas poco convincentes para convencer a los críos de que volviesen. Intentaban combinar semejantes actuaciones -desquiciantes- con conversaciones sentadas en los bancos, desde donde gritaban cada vez que su pequeño se alejaba más allá de la distancia permitida. O bien saltaban en cuanto los fugitivos, habiendo aprendido las reglas del juego, tomaban cualquier distensión en la vigilancia como señal de descanso.
Una simple sugerencia del tipo de "No vayas donde yo no pueda verte" dicha con tono de aprensión (expectativa) da lugar a cantidad de escapadas, y si se mezcla con una promesa como "Cuidado, te harás daño", puede traer consigo caídas serías, ahogados y accidentes. Dispuesta sobre todo a jugar la parte que se espera de ella en esta guerra de voluntades con su guardián, la criatura carece de equilibrio responsable con su entorno, y su sistema de auto-protección está minusválido. De manera inconsciente se le lleva a obedecer la orden absurda de dañarse así misma. Si despierta en un hospital no le sorprenderá saber que ha sido atropellada por un automóvil como tantas veces le había sido advertido.
El inconsciente no razona. El mecanismo que tiene para convertir en hábito la experiencia, para automatizar comportamientos recurrentes dando descanso al consciente, para estabilizar y mantener, y para catalogar y comparar datos, es demasiado para una facultad tan poco de fiar como la razón, su antítesis precisamente. Es demasiado observador como para creer lo que alguien dice si el tono y los gestos indican lo contrario. Por eso un niño puede entender perfectamente un razonamiento e incluso razonar de forma parecida, y sin embargo actuar de forma contraria. Es más probable que haga lo que percibe que se espera de él, que lo que s e le pide que haga. Su deseo crónico e insatisfecho de ser aceptado por su madre, puede llevar hasta el punto de la autodestrucción su necesidad de hacer lo que ella o sus representantes esperan de él. Un niño sólido, continuum, tiene un conjunto de impulsos innatos trabajando en la dirección de hacer lo adecuado. Como imitar, explorar, examinar, no dañarse a sí mismo ni dañar a otros, protegerse de la lluvia, poner expresiones agradables cuando la gente se comporta correctamente, responder a las señales de niños más jóvenes, etc. Un niño con carencias, o de quien se espera que actúe antisocialmente, puede transgredir su sentido innato de lo que es adecuado hasta el punto de que tanto sus propios requisitos como las expectativas de otros sean transgredidas.
Las estrategias comunes de alabanza y condena dañan los motivos de los niños, sobre todo de los más pequeños. Si la criatura hace algo útil, como vestirse, dar de comer al perro, coger flores en el campo, o modelar un cenicero en barro, nada desanima más que una expresión que indique sorpresa ante su comportamiento social. Frases como "¡Que niña tan buena!, ¡Mira lo que ha hecho ella sola!" indican que la sociabilidad no es esperada, ni característica, ni común en una niña. Su razón se sentirá halagada, pero su sentimiento será de confusión al no haber acertado a hacer lo que se esperaba de ella, eso que le hace parte de su cultura, tribu y familia. Incluso entre niños, una frase como "¡Cielos! ¡Fíjate lo que ha hecho María en el colegio!" dicha con suficiente admiración, hará que María se sienta incómodamente separada de sus compañeros de juegos, como si hubiesen dicho "¡Cielos! ¡María es gorda!", o flaca, o alta, o baja o lista. O tonta o cualquier cosa que no se esperaba de ella. La culpa también es destructiva, sobre todo si va apoyada con el latiguillo "Tú siempre hacer eso", con la sugerencia de que el comportamiento era esperado. Frases como "muy propio de ti es perder el pañuelo", "está lleno de maldad", "¡cómo son los niños!" (indicando que la maldad está sólidamente arraigada), o un simple gesto indicando que el mal comportamiento era de esperar, producen el mismo efecto desastroso que la sorpresa o alabanza hacia el comportamiento social.
La creatividad también puede ser frustrada si se abusa de la necesidad del niño a cooperar. Basta un comentario como "llévate las pinturas al jardín; no quiero que ensucies aquí." El mensaje de que el pintar ensucia no cae en saco roto, y el impulso creativo ha de ser fuertísimo para poder superar la necesidad innata en el niño de hacer lo que la madre espera de él. Ya sea dicho con una sonrisa dulce, ya sea gritado en tono de guerra, el mensaje "niño malo" inherente es igualmente efectivo.
Asumir la sociabilidad innata requiere algún conocimiento del contenido y la forma de los impulsos y expectativas en el niño. Es claro que imitan, cooperan y tienden a proteger al individuo y la especie, pero también incluyen capacidades específicas como saber cuidar de bebés , y poder hacerlo. No dar opción a que el profundo instinto maternal en las niñas pequeñas se desarrolle, canalizarlo siempre en muñecas cuando hay bebés de verdad alrededor, supone, entre otras cosas, un flaco servicio a os hijos que la niña pueda tener cuando crezca. Incluso antes de que pueda entender las instrucciones de su madre, la niña, si se le da la oportunidad, instintivamente se comportará de manera que, desde tiempo inmemorial, resulta adecuada para tratar a un bebé. Para cuando es lo bastante mayor como para considerar métodos alternativos, ya es una experta en el cuidado de bebés, y no siente que sea necesario darle vueltas al tema. Durante su infancia ha crecido cuidando criaturas, ya sean de su propia familia, ya sean vecinos, y para cuando se casa no solo no tienen nada que discutir con los médicos de turno, sino que además cuenta con dos brazos fuertes y un repertorio de posturas desde las que sujetar a un bebé mientras cocina, trabaja en el campo, limpia, rema una canoa, barre, duerme, baila, se baña, come, o hace cualquier otra cosa. También tiene un sentido, profundamente arraigado, que se rebelaría contra cualquier acción inadecuada tanto para su continuum como para el de la criatura.
Entre los yequana, vi a niñas pequeñas de tres y cuatro años (a veces incluso menores), que se hacían cargo por completo de bebés. Claramente, era su actividad favorita, pero no les impedía hacer otras cosas a la vez -atender el fuego, ir a por agua, etc.-. Nunca se cansaban de los bebés, como hubiese ocurrido de tratarse de muñecas. Parece que el continuum emerge en su mayor fuerza cuando se trata de proteger bebés, y la paciencia infinita y el cuidado cariñoso que necesitan está en todo niño, incluyendo los chicos. Aunque a estos últimos se les asignaba pocas veces el cuidado de las criaturas durante períodos largos de tiempo, les gustaba cogerlas y jugar con ellas. Los chicos adolescentes buscaban a los bebés a su vuelta de las actividades diarias para jugar con ellos. Los lanzaban en el aire cogiéndolos en pleno vuelo, riéndose a carcajadas y compartiendo momentos agradabilísimos con sus pequeños compañeros de tribu, que veían así enriquecidos tanto su experiencia como su sentido de ser queridos.
Quizás tan importante como asumir la sociabilidad innata en niños y adultos sea el respetar a cada individuo como su propio dueño. El concepto de posesión de otra persona está ausente entre los yequana. La idea de que este es "mi niño" o "tu niño" no existe. Decidir lo que otra persona debe hacer, tenga la edad que tenga, está fuera del vocabulario de comportamientos. Hay gran interés en lo que todo el mundo hace, pero ningún impulso a persuadir - mucho menos coaccionar - a nadie. La voluntad de un niño es su fuerza motriz. No hay esclavitud - ¿de que otra manera describir el imponer nuestra voluntad en otros y la coacción mediante la amenaza o el castigo? -. Para los yequana la menor fuerza de un niño y su mayor dependencia no implican que deba ser tratado con menos respeto que un adulto. Nunca se dan órdenes a una criatura que contradigan sus propias tendencias sobre jugar, cuánto comer, o cuanto dormir. Pero cuando su ayuda es necesaria, se espera que responda instantáneamente. Ordenes como "trae agua", "corta un poco de leña", "pásame esto", o "dale un plátano al bebé" se dan, de nuevo con la misma asunción de sociabilidad innata, en el conocimiento firme de que un niño quiere ayudar y contribuir en el trabajo de su gente. Nadie controla si el niño obedece o no; no se duda sobre su voluntad de cooperar. Como animal social que es, hace lo que se espera de él, sin dudarlo y lo mejor posible.
Funciona increíblemente bien. Pero durante mi segunda expedición conocí a un niño de un año, más o menos, que parecía haberse apartado de alguna manera del centro de su continuum. No puedo asegurar cual era la causa exacta, pero puede que no fuese mera coincidencia el que su padre era el único en el pueblo capaz de hablar español, pues había trabajado en la explotación de caucho en su juventud, y su madre conocía la lengua Pemontong, señal que había vivido entre los indios de más al este. Puede que, durante los periodos más cosmopolitas de sus vidas, se hubiesen enfrentado a tales abusos de autoridad que su propio continuum se hubiese dañado. No lo sé. Pero Widdidi, su hijo, era el único niño al que vi agarrar una pataleta y gritar a todo pulmón, en vez de llorar de la manera relajada en que otros bebés lloraban. A veces, una vez que aprendió a anda, pegaba a otros niños. Curiosamente los otros niños le miraban sin ninguna emoción; la idea de agresividad les era tan ajena que se lo tomaban como si les hubiera golpeado una rama de un árbol o cualquier otra causa natural. Ni se les ocurría devolverle los golpes, y seguían jugando como si tal cosa sin excluir a widdidi. Le vi de nuevo cuando tenía unos cinco años. Su padre, Wenito, había muerto, y Anchu, jefe de la tribu y mejor amigo de Wenito, ocupaba el lugar de padre para widdidi. El niño seguía manteniéndose fuera de la norma yequana. Había una cierta tensión en su cara y en la manera en que se movía que recordaba a un niño civilizado.
En nuestro viaje a la pista de aterrizaje que habíamos construido junto al río Canaracuni, Anchu trajo consigo a Widdidi, de la misma manera que otros miembros del equipo trajeron a sus hijos para que vivieran la experiencia. Widdidi era ya experto en el uso de la canoa y, puesto que el trabajo más duro es el de remar a proa, él solía trabajar en popa mientras Anchu lo hacia delante. Intercambiaban pocas palabras, pero la expectativa silenciosa y constante de Anchu de que todo se hiciese correctamente era prácticamente palpable. En el camino, cuando repartíamos la carne, Anchu siempre compartía su trozo con Widdidi. A veces daba la impresión de que Widdidi se había vuelto tan sereno y tranquilo como cualquier otro niño yequana.
Pero un día, en el campamento junto a la pista de aterrizaje, Anchu se preparaba para ir de caza, y Widdidi observaba cada vez con más aprensión. Su cara reflejaba un conflicto tremendo, y sus labios temblaban mientras con los ojos seguía los movimientos del hombre. Cuando el arco y las flechas de Anchu estuvieron preparadas, el niño sollozaba. Anchu no había dicho una palabra, ni le había hecho un gesto, pero Widdidi sabía que los niños van de caza con sus mayores, y el no quería ir. No había nadie con quien discutir salvo consigo mismo, pues Anchu iba simplemente a cazar, y lo que widdidi hiciese era decisión de widdidi. Su lado antisocial decía no; su sociabilidad innata, en pleno proceso de ser liberada por Anchu, decía sí. Anchu cogió el arco y las flechas y comenzó a caminar. Todo el cuerpo de widdidi temblaba mientras gritaba. Ambos impulsos eran igual de fuertes y, destrozado por la indecisión, permanecía de pie aullando de dolor. En aquel entonces yo no entendía nada sobre los principios que allí se manifestaban. Sólo veía a un niño atormentado porque no había ido con Anchu. Me acerque a él y, poniendo mis manos en sus hombros, le insté a que echase a andar. Corrí con él hacia la sabana, donde vimos a Anchu en un extremo a punto de desaparecer en la jungla. Le grité que esperara, pero él ni se volvió ni freno el paso. Grite de nuevo, pero Anchu desapareció en el bosque. Empuje a Widdidi, y le dije que corriera. Pensé que estaba ayudando a Widdidi y evitando que Anchu se decepcionase, pero, por supuesto, estaba interfiriendo. Con la pasoteria propia de mi cultura, estaba sustituyendo la voluntad de Widdidi por la mía, intentando que este hiciese lo correcto, mientras que Anchu había estado trabajando en el principio, mucho más sólido, de liberar el deseo de Widdidi a hacer lo correcto. Probablemente mi contribución hizo que este progreso echase marcha atrás semanas. El sistema de Anchu estaba a punto de romper el equilibrio a base librar a Widdidi de toda presión, dejando así que su impulso natural a formar parte de su entorno pudiese superar aquello que había causado su rebelión.
La completa ausencia de presión, ya fuese por persuasión, ya por imposición de la voluntad de un individuo sobre la de otro, era difícil de creer o entender para mí, a pesar de la perseverancia de los yequana en mostrarme ejemplos de ello.
Al principio de la tercera expedición, mientras nos preparábamos para ir río arriba, pregunté a Anchu si Tadehah, un niño de unos nueve o diez años, podía venir con nosotros. Ibamos a filmar la excursión, y el niño era especialmente fotogénico.
Anchu fue hacia el niño y su madre adoptiva, y les transmitió la invitación. Tadehah dijo que quería venir, y la madre me mandó un mensaje con Anchu pidiéndome que no le llevara el niño a mi propia madre después de la expedición. Le prometí que se lo devolvería, y el día que partimos, con cinco hombres yequana como ayuda, Tadehah trajo su hamaca y se le hizo un sitio en una de las canoas.
Una semana después surgió un altercado, y los hombres yequana se levantaron súbitamente diciendo que se volvían a casa. En el último momento se volvieron y dijeron "¡Mahtyeh!" ("¡Ven con nosotros!") a Tadehah, cuya hamaca seguía colgada en el campamento.
El niño dijo tan solo, suavemente, "Ahkay" ("No") y los otros siguieron su camino.
No hubo ningún intento de forzarle o persuadirle. Como cualquier otro, se pertenecía a sí mismo. Su decisión era una expresión de su independencia, y su consecuencia parte de su destino. Nadie dudó de su derecho a elegir por sí mismo porque fuese lo bastante pequeño y débil como para ser dominado físicamente, o porque su experiencia en tomar decisiones fuese menor.
Entre los yequana, se considera que toda persona tiene el juicio adecuado como para tomar cualquier decisión que se sienta motivada a tomar. El hecho de que surja un impulso a tomar una decisión es evidencia de la capacidad de comprensión dejan que los mayores juzguen. Dejar que el niño elija desde pequeño, mantiene su juicio, tanto para delegar como para tomar decisiones, en su estado de máxima eficiencia. La precaución aparece en función de la responsabilidad, y así los errores son mínimos. Una decisión tomada de esta manera no encuentra oposición en el niño, y es fuente de armonía y placer para todos los afectados.
A su edad Tadehah estaba capacitado para tomar lo que a mí me parecía una responsabilidad enorme para un niño. Eligió no irse con los hombres de su tribu, sino permanecer con tres extraños, río arriba, sin tripulación y sin remos, pues los hombres se llevaron los suyos y a mi no se me había ocurrido llevar ninguno.
Tadehah conocía sus propias posibilidades y quería la aventura. Ciertamente todos tuvimos nuestras dosis de aventura en los meses que pasaron hasta que volvimos, pero él estaba siempre preparado, siempre dispuesto a echar una mano y siempre contento.
El grado al que llevaba la falta de voluntad en presionarse los unos a los otros quedó claro para mí en la cuarta expedición, cuando André, belga, y yo fuimos detenidos por Anchu pese a nuestro deseo de marcharnos. Esta actitud, en aparente contradicción con su no imponerse a otras personas, queda explicada en parte por el hecho de que los yequana no nos consideran a nosotros o a los de la tribu Sanema personas, y en parte por la manera en que los yequana nos impidieron partir (para que yo siguiese ejerciendo de doctora): negándose a acompañarnos en el viaje, viaje que dos personas solas no tenían posibilidad de realizar. Nos alimentaron y nos construyeron una choza, y nuestras peticiones de que nos ayudaran a salir de allí eran ignoradas, aunque nadie se negó a ello abiertamente. En otras palabras, nadie nos obligó a hacer nada pero nadie nos ayudó.
Había dos hombres muy enfermos, uno que vivía en el pueblo y otro que vivía cerca. Uno tenía apendicitis con complicaciones, y el otro dos fístulas en la espalda. Estaba claro que ambos iban a morir, pues pese a que lograba mantenerlos vivos con antibióticos, las semanas y los meses pasaban sin que experimentasen ninguna mejoría.
La primera vez que fui, río arriba, a visitar al hombre con apendicitis, le dije a su padre que le llevase a Ciudad Bolívar, para que un doctor de verdad le operarse. Le explique que debían hacerle un agujero y sacarle lo que estaba causando el problema, y le enseñe mi propia cicatriz de cuando me extrajeron el apéndice. Estuvo de acuerdo conmigo, pero añadió que Masawiu se muriera antes de pedirme algo que me crease problemas. Me explico en que consistía el problema: fue todo lo que hizo para persuadirme.
Le dije que llevaría a su hijo a ser curado, y que hablase con Anchu y le insistiera en que nos dejase partir inmediatamente. Ante esto el viejo palideció, pese a que yo repetí enfáticamente que debía hablar con Anchu o su hijo moriría. Nunca insistió, aunque probablemente mencionó la situación al jefe cuando se mudó con toda su familia al pueblo para que yo pudiese tratar a Masawiu. Su relación con Anchu siguió siendo cordial, a pesar de que la vida de su hijo estaba en manos del jefe.
Cuatro meses después, cuando por fin se me permitió hacer el difícil largo viaje con mis pacientes, el padre y su familia nos acompañaron en otra canoa, con la idea de esperar a que Masawiu estuviese curado y llevarle ellos mismos a casa. Así pues, la negativa del anciano a ejercer presión no era por falta de interés.
Lo mismo ocurrió cuando pedí a Nahakadi, gran amiga mía y muy amiga, además de hermana por adopción, de Anchu, que presionase a ese para que nos dejase salir y poder llevar así a su marido, que se estaba muriendo, al hospital. Ella veía al jefe a menudo y tuvo muchas oportunidades de hacerlo, pero siempre mantuvo el tono de la conversación ligero y agradable, incluso cuando estaban a escasos metros de la hamaca en la que su amado se extinguía entre dolores.
Durante los meses en que le traté, ella me pidió varias veces que le abriese la espalda y limpiase las fístulas. Yo me negué siempre, por miedo a mi ignorancia sobre cirugía, y llegó el día en que intentó hacer el trabajo ella misma. No acababa de decidirse a clavar las espina de pescado en la espalda de su marido, y mandó que su hijo me avisase. Cuando vi lo que intentaba hacer, prometí hacerlo yo misma antes que caer en el riesgo, aún mayor, de sus poco higiénicos métodos. Si lo que intentaba era persuadirme con "chantaje moral", funcionó, pero no hubo ninguna imposición directa de su voluntad sobre la mía.
Al final logré hacer llegar a ambos hombres, vivos, al hospital. Sobrevivieron y volvieron con su gente. Mi propia insistencia para que Anchu nos dejase partir, caía en oídos sordos. Siempre cambiaba de tema, y me preguntaba si no me gustaba la choza que nos habían construido o la comida que nos daban. Cuando, día tras día, le explique el riesgo que para la vida de los dos hombres suponía seguir retrasando el viaje, respondió al fin. Se pintó el cuerpo, se puso todos sus collares, y, en la tradición Chamanística yequana, se encerró durante una semana con los dos hombres, cantando sin cesar acompañado de una maraca. Durante sus siestas, otros le sustituían al canto. Su tratamiento no mejoró a los pacientes, pero evitó que nadie pensará que a Anchu no le preocupaba la vida de sus gentes. No era uno de los grandes chamanes yequana, y probablemente pensase que, a la larga, era mejor para su gente que yo permaneciese en el poblado como doctora, que arriesgarme en viaje peligroso para intentar salvar dos casos aparentemente perdidos.
La falta de voluntad en un yequana para engatusar a nadie, no parece ser una elección individual. Aparentemente es una prohibición desarrollada evolutivamente en su continuum y sostenida por su cultura. Son muy capaces de ejercer la fuerza sobre otras especies: entrenan perros de caza mediante una disciplina severa y castigos que incluyen golpearles con puños, palos o piedras, y cortarles las orejas. Pero nunca impondrán su voluntad a otros humanos, ni siquiera, como hemos visto, si se trata de niños.
Hubo una excepción para confirmar la regla, como el caso de la construcción del corral para bebés. Vi a un padre joven perder la paciencia un día con su hijo de un año. El bebé grito con un horror ensordecedor. El padre quedó paralizado por el terrible sonido que había causado; vio claramente que había cometido una ofensa contra natura. Vi a la familia con frecuencia, pues vivían en la casa de al lado, pero nunca vi que el hombre volviese a dejar de respetar la dignidad de su hijo.
Sin embargo, la actitud de padres y madres no es una actitud "permisiva". Honran la autonomía de sus hijos e hijas y dan por hecho que se comportarán como seres sociales, pero también establecen muchos de los baremos a los que las criaturas deben de adaptarse.
Las comidas, alrededor del fuego familiar, resultan solemnes a los ojos civilizados. La madre coloca silenciosamente alfombrillas y cuencos frente al padre, y los críos s sientan al lado, comiendo o pasando la comida en silencio. A veces la madre dice algo con suavidad, y un niño se levantará como disparado por un muelle, y le llevará a ella o al padre un cuenco. La acción es armoniosa, silenciosa y eficiente, aún si la criatura apenas ha comenzado a andar. A mi me daba la impresión de que el gesto era efecto del miedo, que todo el ritual había sido diseñado para no molestar al pater familias, que representaba una especie de amenaza egocéntrica para los otros. Pero no era así.
Una observación más detallada mostraba que todos los afectados estaban completamente relajados, y que el silencio no era un silencio amenazador y que no estaba cargado más que de entendimiento entre todos y confianza mutua en hacer las cosas en la manera en que esas cosas habían de ser hechas. Una vez uno se daba cuenta de que no había tensión, la "solemnidad" pasaba a ser simplemente paz. La falta de conversación denotaba que se encontraban a gusto los unos con los otros, no lo contrario.
Si el niño. O los niños, tenían algo que decir, lo cual no ocurría a menudo, lo hacían sin ninguna timidez. Es una costumbre yequana comer en silencio buscando serenidad, y lo poco que se suele hablar esta siempre dentro de ese espíritu. La llegada del padre calma a la mujer y a los niños. Bajo la mirada de los padres, y de los hombres en general, mujeres y niños se enorgullecen de actuar lo mejor posible. Los chicos, especialmente, tienden a compararse con su padre, mientras que as niñas disfrutan atendiéndole.
Es un premio para la niña llevarle un trozo de fruta fresca al padre y que este lo tome de sus manos. Por su comportamiento, su dignidad y su calidad de lo que hace, muestra las costumbres de la sociedad a los menores. Si una criatura llora mientras los hombres están de conversación, la madre le lleva fuera del alcance del oído. Si antes de estar entrenado, pero ya en edad de comprender , ensucia el suelo, se le pide con seriedad que salga fuera. Se le pide que no ensucie el suelo, pero no se le dice ni que es malo, ni que siempre hace las cosas mal. Nunca se le hace sentir que es malo, sólo , y como mucho, que es un niño querido haciendo algo desagradable. El mismo niño quiere dejar de hacer aquello que desagrada a su gente. Es innatamente social.
Si hay alguna desviación, o incluso una excepción accidental, respecto al comportamiento correcto de un niño, ni las madres ni los padres son blandos al respecto. No le doran la píldora en absoluto. Como en el caso de Anchu con Wididi, mantienen sus baremos fijos.
No emiten sonidos de pena cuando un niño se hace daño. Esperan a que este se levante y siga, si esto es todo lo que hace falta. En caso de heridas serias o de enfermedad, ayudan lo mejor que pueden proveyendo medicinas o con chamanismo, a veces cantando durante varios días y noches, dirigiéndose al mal que ha entrado en el cuerpo del enfermo, pero sin consolar al paciente. Este lleva lo mejor que puede su dolor en paz sin molestar innecesariamente a nadie.
Cuando yo estaba allí me traían o enviaban niños enfermos a que tratase. En esas ocasiones, la diferencia entre los niños continuum y no continuum era especialmente evidente. Los yequana, que habían sido tratados correctamente durante la fase en-brazos, que se sabían dignos de ser queridos, no buscaban ningún trato maternal extra para soportar el dolor, a menos que este fuese atroz. A nuestros niños civilizados les damos abrazos y palabras de aliento al más mínimo chichón, pues tácitamente aceptamos que todos ellos soportan una carga permanente de dolor (el deseo de más contacto maternal que les ha sido dado). No curamos con ello el arañazo en su rodilla, pero la carga total de dolor es aligerada en un momento en que se está sometido a una tensión especial. Puede ser que el esperar consuelo sea un comportamiento adquirido. Yo no dudo que lo sea, pero la confianza en sí mismos y la confianza en otros (en este caso un extraño) mostrada por los niños que venían a que les curase indicaba algo mucho más positivo que la simple carencia de esperar consuelo.
En una de las primeras expediciones al territorio yequana, estaba en wanania, el pueblo de Anchu, cuando un niño de unos cuatro años vino a verme. Se me acercó tímidamente, si saber si era bienvenido. Una vez intercambiamos sonrisas, me mostró el pulgar de su mano. En su cara no había la más mínima señal de sí mismo, sólo una amplia sonrisa. Se había cortado la punta del dedo y parte de la uña, salvo un pequeño trozo de piel que impedía que el resto se cayese. Sangre medio seca mantenía la punta pegada al resto del dedo, pero fuera de lugar. Mientras limpiaba y recolocaba su dedo, inmensas lágrimas de dolor inundaban sus ojos, y a veces su mano temblaba, pero en ningún momento hizo gesto de retirarla, ni emitió más ruido que algún pequeño gemido en los momentos más dolorosos. La mayor parte del tiempo se mantuvo relajado y la expresión de su cara tranquila. Una vez el dedo estuvo vendado, señalándolo dije: "¡Tuunah ahkey!" ("¡Agua no!"); y, su vocecilla musical repitió: "Tuunah ahkey!"; después dijo: "Hwaynamah ehtah" ("Mañana aquí") y se marcho. Todo su comportamiento contradecía las preconcepciones que yo tenía sobre como se comportan los niños, como tratarles en emergencias, la importancia de tranquilizar al paciente como parte del tratamiento médico, etc. No podía creer lo que estaba viendo.
En un viaje posterior, una mañana me despertó un niño de dos años llamando suavemente "¡Si! ¡Si!". Intentaba pronunciar lo mejor que podía mi nombre yequana, "Shi". Desde mi hamaca vi que se trataba de Cananasi, sólo, y con un corte que tenía que ser curado. Ni lloraba, ni pedía que se le cogiese o consolase, Espero a que la venda estuviese colocada, escuchó mi advertencia de no meter la mano en el agua y de que volviese al día siguiente y se fue a jugar.
Cuando le vi al día siguiente, la venda estaba mojada y sucia. Su comprensión intelectual a los dos años era insuficiente como para acordarse durante todo un día de obedecer una orden, pero su sólida experiencia de lo que es Uno mismo y el Otro durante dos largos años, con una fase en-brazos rica y completa, y habiendo entrenado la autosuficiencia en un mundo lleno de retos, le capacitaba para venir a recibir tratamiento sólo, sin apoyo ni consuelo, y sin que apenas nadie se diese cuenta. Supongo que su madre, al ver el corte, le dijo "ve a ver a Jean", y Cananasi hizo el resto.
Otro incidente resultó muy revelador para mí, aunque este tuvo lugar cuando ya llevaba meses acostumbrada a la actitud tranquila de los yequana ante el tratamiento médico. Awadahu, el segundo hijo de Anchu, que tenía unos nueve años, llegó sólo a mi cabaña con una herida en el abdomen. Resultó no ser peligrosamente profunda, pero a simple vista tuve miedo del daño que podía causar en un lugar tan vulnerable. "¿Nehkuhmuhduh?" ("¿qué fue"), pregunté.
"Shimada", ("Una flecha") contestó educadamente.
"¿Amahday?" ("¿Tuya?"), insistí.
"Katawehu", dijo nombrando a su hermano de diez años con la misma emoción con la que hubiese respondido si le hubiese preguntado el nombre de una flor.
Mientras trabajaba en la herida, que tenía un aspecto terrible, Katawehu y otros niños se acercaron a ver lo que hacía. No había señal alguna de culpabilidad en katawehu, ni de enfado en awdahu. Fue simplemente un accidente. La madre se acercó preguntó que había pasado, y se le explicó brevemente que su hijo menor había disparado una flecho al mayor a la orilla del río.
"¿Yeheduhmuh?", ("¿De verdad?") dijo suavemente.
Antes de que yo terminase había abandonado el grupo de curiosos para seguir con su trabajo. Su hijo estaba siendo atendido sin requerir su ayuda; no había necesidad de que ella se quedase. La única persona preocupada era yo. Lo que había ocurrido había ocurrido; se le estaba dando el mejor cuidado disponible, y ni siquiera era necesario que los ortos chicos esperasen y se fueron a jugar.
Awadahu no necesitaba apoyo moral y, una vez le puso el último trozo de esparadrapo, se fue a reunirse con ellos en el río.
Su madre suponía que si él la necesitaba le iría a buscar, y estaba disponible para esa eventualidad.
Quizás el que yo mencione estos incidentes dé la falsa impresión de que los accidentes entre los yequana eran frecuentes. En comparación con sus contemporáneos occidentales y civilizados de clase media, eran poquísimos. No es coincidencia el que estos occidentales sean probablemente los niños más protegidos de la historia de la humanidad con respecto a peligros exteriores, y por lo tanto sean los que menos saben como cuidarse.
Un caso que resulta apropiado es el que me contaron de una familia estadounidense obsesionada por el peligro que su piscina suponía para sus niños pequeños. No temían que la piscina emergiese y se tragase a los niños, sino que ellos se cayesen o lanzasen al agua. Construyeron una verja alrededor de la piscina, y mantenían la puerta cerrada con candado.
Probablemente la mente lógica del niño (no la que razona), apoyada por los razonamientos de los padres, entendió tan bien lo que se esperaba de él que un día, al encontrar la puerta abierta entró, se cayó en la piscina y se ahogo.
Cuando oí esta historia, que se me contó para demostrarme como los niños necesitan constantemente que se les proteja de su impulso a dañarse a sí mismos, no pude evitar pensar en el agujero del terreno en que los niños yequana jugaban cada día sin supervisión y sin incidentes. Por supuesto, estos dos casos aislados no significan mucho, pero representan con bastante exactitud la diferencia entre las dos culturas. Hay muchas más situaciones potencialmente peligrosas entre los yequana. Una de las que más llama la atención es la presencia por doquier de machetes y cuchillos, perfectamente afilados y disponibles para tropezar con ellos, caer sobre ellos, o jugar con ellos. Los bebés, demasiado pequeños como para saber lo que es un mango, los agarraban por la hoja y los agitaban en el aire. No sólo nunca se cortaban, sino que además, si estaban en el regazo de la madre, se las arreglaban para no hacerle daño tampoco a ella.
También vi a bebés jugando con antorchas encendidas, tropezando y cayendo con ellas en la mano, entrando y saliendo de la casa, sin jamás tocar con ellas la madera, el techo de palma, ni su pelo o el de otra persona. Bebés y cachorros jugaban alrededor del fuego sin que sus mayores interfirieran.
Los chicos, a partir de los dieciocho meses practicaban todos el uso del arco con flechas afiladas, y algunos cargaban a todas horas con su arco y sus flechas llenos de entusiasmo. No había lugares especialmente designados para practicar el tiro, ni "reglas de seguridad" establecidas. En los dos años y medio que pasé allí, sólo fui testigo del incidente que mencioné antes.
Están los imprevistos de la jungla, incluidas la facilidad con la que uno puede perderse al no haber caminos y la posibilidad de dañarse al caminar desnudo y descalzo, además de los peligros mayores como serpientes, escorpiones y jaguares.
Y están los ríos, cuyos rápidos son más peligrosos aún que las anacondas o los cocodrilos. Un niño nadando allá donde la fuerza del agua sea mayor que la de sus brazos, tiene una gran probabilidad de ser lanzado contra las rocas o contra los muchos troncos sumergidos. La profundidad y fuerza del agua, incluso en zonas conocidas, varía de un día a otro, y así, conocer los peligros de un día concreto puede no resultar de ayuda al día siguiente. Los niños, que juegan y se bañan en el río todos los días, han de calibrar su capacidad correctamente en todas las condiciones.
El factor operativo parece ser la responsabilidad. En la mayor parte de los niños occidentales, la maquinaria para cuidarse de sí mismos está sólo en uso parcial, pues gran parte de la responsabilidad es asumida por los adultos que les cuidan. Con este aborrecer la redundancia que le caracteriza, el continuum retira tanto como otros asumen. El resultado es mucho menos eficiente, pues nadie puede estar tan constante y cuidadosamente alerta de las circunstancias de otro como uno mismo de las propias.
Es otro ejemplo del efecto de intentar mejorar la naturaleza, otro ejemplo de desconfianza hacia las fuerzas no controladas por el intelecto, incapaz de tomar toda la información relevante en consideración.
Además de ser el motivo de que los niños occidentales tengan más accidentes, está propensión nuestra a interferir con la asignación de responsabilidades que hace la naturaleza da lugar a otros muchos inesperados. Un ejemplo notable es el de los incendios por descuidos.
No hace mucho que, durante el invierno y en una cuidad en el medio-oeste de los Estados Unidos, hubo un vendaval que paralizó durante varios días el tráfico, y por lo tanto a los coches de bomberos. Acostumbrado a enfrentarse con unos cuarenta fuegos diarios causados por accidentes, el jefe de los bomberos apareció por televisión pidiendo a la gente que extremasen su cuidado para no provocar fuegos durante el periodo de emergencia. Advirtió a los ciudadanos que, de haber algún fuego, tendrían que arreglárselas por sí mismos. Como consecuencia, la media diaria de fuegos baja a cuatro por día hasta que la situación se normalizó, momento en que la media subió de nuevo a cuarenta.
No es que la mayor parte de los fuegos diarios fuesen intencionados, pero quienes accidentalmente los provocaban, eran conscientes evidentemente de que mientras los bomberos funcionasen con rapidez y eficiencia, no era realmente necesario ser especialmente precavido. Advertidos de la nueva asignación de responsabilidades, inconscientemente disminuyó el número de fuegos en un noventa por ciento.
En la misma línea, en Tokio tiene lugar, permanentemente, menos fuegos que en otras grandes ciudades. Parece ser que es debido a que, por un lado, las casas están construidas con madera y papel y los fuegos se propagan a gran velocidad y, por otro lado, resulta muy difícil para los bomberos moverse en las abarrotadas calles. Los ciudadanos conocen estas circunstancias y se comportan de acuerdo a ellas.
Esta asignación de responsabilidades es un aspecto más de la expectativa, la fuerza que marca gran parte del comportamiento de niños y adultos: ¿Por qué se nos describe cómo criaturas sociales si no es porque tenemos una fuerte inclinación a comportarnos como percibimos se espera de nosotros?
No tenemos otra elección que echar marcha atrás y encontrar ese conocimiento común a los yequana y a nuestros ancestros a través del uso del intelecto. No es muy distinto, a estas alturas, que el ir a la iglesia y rezar pidiendo creer en Dios. Uno ha de empezar por actuar lo mejor posible pretendiendo creer.
Unos serán mejores actores y actrices que otros; pero si cada padre ansioso confía un poco más de lo que ha confiado hasta ahora en el instinto de autoprotección de su bebé, el comportamiento del bebé hará que la confianza vaya aumentando.
El lenguaje es el último de los grandes desarrollos en el sorprendente catálogo de capacidades animales. La habilidad para producir sucesiones de conceptos de cada vez mayor complejidad, se refleja en la capacidad verbal de una criatura en desarrollo. Su visión del universo, de la relación de Ser con el Otro y su concepto del tiempo, cambian necesariamente con ese desarrollo y su condicionamiento temporal.
Como consecuencia, hay un abismo conceptual entre grupos de distintas edades. A pesar de la moda reciente de razonar y discutir las cosas con los niños, sigue existiendo una distancia insalvable entre lo que alguien de seis años, desde su universo, entiende o quiere decir, y lo que entiende o quiere decir desde el suyo alguien de treinta. El lenguaje sirve de poco en su relación.
Resulta interesante el que, entre loe yequana, la comunicación verbal entre niños y adultos se limita frases básicas como "Espera aquí", "Pásame aquello". El sistema de conversación está totalmente estratificado; hay intercambios verbales completos entre niños de la misma edad, y la comunicación disminuye al aumentar la diferencia de edades. Hay poca conversación entre chicos y chicas, con intereses vitales muy distintos, y rara vez, incluso entre adultos, parece haber conversaciones largas entre los sexos.
Cuando los adultos conversan, los niños, por lo general, escuchan. No hablan entre ellos. En ningún momento se ve a alguien hablar pretendiendo tener un punto de vista distinto del que tiene. Los adultos yequana dicen lo que tengan que decir delante de los niños y estos escuchan, entendiendo más o menos según sus capacidades. Para cuando llega el momento de que un niño se una al grupo de adultos, este ya ha aprendido, a su propio ritmo, a entender la manera de hablar de este grupo, sus patrones verbales y sus puntos de vista, y no necesita deshacerse de modelos de habla o puntos de vista especialmente confeccionados "para niños".
Cada grupo de edad es capaz de asimilar las estructuras conceptuales que son apropiadas a su desarrollo y, hasta que tienen un conjunto completo de formas verbales (y culturales) de pensamiento que les permiten entender tanto el punto de vista de los adultos como el contenido de las conversaciones a las que han estado asistiendo desde que nacieron, siguen los pasos de los niños un poco mayores que ellos.
Nuestro sistema de intentar adivinar lo que un niño puede y no puede entender, da lugar a todo tipo de confusiones, malentendidos, enfados y, en general, falta de armonía. La desastrosa costumbre de enseñar a los niños que lo "bueno" siempre tiene un premio y lo "malo" un castigo, que las promesas siempre se cumplen, que los adultos nunca mienten, etc., no sólo tendrá como consecuencia el que un día lleguen a necesitar un par de palos para dejar de ser "poco realistas" e "inmaduros", y abandonar semejantes fantasías, sino que el mundo no es como creían que era, desilusión que marcará el resto de sus vidas.
De nuevo encontramos al intelecto intentando decir lo que un niño puede entender, cuando la manera del continuum es simplemente dejar que el niño absorba aquello del entono que sea capaz de absorber, sin distorsión si censura. Es imposible dañar la mente de un niño con conceptos que no pueda entender, siempre y cuando se permita que la mente ignore lo que no entiende. Coger a un niño por los hombros e intentar hacer que entienda algo, puede crear un triste conflicto entre lo que puede comprender y lo que percibe se espera de él. Permitir que los niños escuchen libremente entendiendo lo que puedan, elimina las sugerencias sobre cuanto se espera de ellos, y evita el desastroso conflicto.
Mientras que las niñas yequana pasan mucha de su infancia entre mujeres, participando desde el principio en el trabajo en la casa o en las huertas, los niños corretean juntos la mayor parte del tiempo; sólo pueden ir con sus padres cuando se trate de actividades en que la fuerza y resistencia no sean esencial. Mientras tanto, los niños tiran cientos de flechas, primero a saltamontes y más tarde a pájaros pequeños. Esto permite que desarrollen su habilidad con el arco, ya que más tarde no podrán hacerlo, pues los hombres, cuando van de caza, no tiran más de un par de veces al día.
Tanto los niños como las niñas van a nadar casi todos los días. También son expertos, increíblemente pronto, con la canoa, guiando pesados troncos a través de corrientes y rápidos, a menudo sin nadie por encima de los seis o siete años en la tripulación. Niños y niñas suelen remar juntos en canoa. No hay ningún tabú que impida que estén juntos, sólo pocas coincidencias en sus actividades e intereses.
A la vez, cualquier niño yequana, al estar libre de la necesidad de apoyo, es capaz de hacer cosas por sí mismo. Pescar es algo que se suele hacer a solas, se sea hombre o mujer, niño o adulto. Hombres y niños, a solas, hacen y arreglan cestas y armas. Las mujeres y niñas, a solas o con un bebé como única compañía, fabrican (con un martillo y dientes) los ralladores de tapioca, tejen cintas o hamacas, y cocinan.
Pero los yequana nunca se aburren o sienten solos. La mayor parte del tiempo la pasan en compañía. Los hombres se dedican a la caza, cierto tipo de pesca, y a la construcción de canoas y chozas, en grupo. También en grupo viajan para hacer trueques, y queman el terreno para sus huertos. Las mujeres van juntas a los huertos y a por agua y leña, y juntas rallan la tapioca. Generalmente, los niños practican en grupo el tiro al arco y el lanzamiento de dardos, y se juntan para nadar, jugar o ir a por la comida. Cuando hacen algo juntos, hombres, mujeres, chicos, chicas y familias, hablan constantemente. Es impresionante la frecuencia con la que ríen, y los hombres jóvenes suelen gritar a coro con júbilo tras una buena broma o una buena historia. Parecen pasárselo igual de bien cotidianamente que cuando celebran una fiesta.
Una de las diferencias más sorprendentes entre los niños yequana y el resto de los niños que yo he conocido, es el que los primeros nunca se pelean o discuten entre ellos. No hay competitividad, y los líderes se eligen por sugerencia de los que le van a seguir. Durante los años que permanecí con ellos, nunca vi a un niño discutir con otro, y mucho menos pelear. Las únicas palabras de enfado que escuché fueron emitidas por un adulto impaciente con el comportamiento de un niño. A su alrededor hubo algunas voces de protesta, y él, tras mostrar preocupación, deshizo el error. Cuando todo se arregló, no había rencor ni en el niño ni en el adulto.
Aunque he visto muchas fiestas en al que todo yequana, hombre o mujer o niño, estaba borracho, nunca he visto siquiera un amago de altercado. Esto parece indicar que son realmente lo que parecen en armonía los unos con los otros, y felizmente a gusto bajo su propia piel.

5. La Falta de experiencias esenciales.

No se puede alcanzar un punto de vista útil sobre la vida civilizada, sin tener en cuneta constantemente el hecho de que se nos a privado de casi toda la experiencia en-brazos y de mucha de la experiencia posterior que esperábamos, ni que seguimos, de una manera inconsciente pero ordenada, buscando satisfacer tales expectativas en un orden inalterable.
Se nos desconecta de nuestro continuum humano al nacer, dejándonos hambrientos de experiencia en serones y cunas, al margen de la corriente de la vida. Partes de nosotros permanecerán infantiles, y no podrán contribuir de forma positiva en nuestra vida posterior como adolescentes y adultos. Pese a ello no las dejamos atrás, no podemos dejarlas atrás. El deseo de la experiencia en brazos acompañará al desarrollo de mente y cuerpo, esperando ser satisfecho.
Los que vivimos en la civilización compartimos ciertas enfermedades del continuum. El odio a uno mismo y el dudar de uno mismo son frecuentes entre nosotros, en mayor o menor grado según el complejo de carencias comenzó a afectar nuestras cualidades heredadas. A lo largo de los años, según vamos creciendo, la búsqueda de la experiencia en brazos toma diversas formas. La pérdida de la condición esencial de bienestar que debería haber surgido de nuestra experiencia en-brazos da lugar a todo tipo de búsquedas y sustituciones. La felicidad deja de ser una condición normal en el estar vivo, y se convierte en objetivo. Un objetivo que se persigue tanto a corto como a largo plazo.
Teniendo en mente la manera de vivir de los yequana, muchos de nuestros comportamientos, que a primera vista resultan absurdos, adquieren sentido.
La manera más frecuente de manifestar la carencia de la experiencia en-brazos es, probablemente, un sentido soterrado de inseguridad frente al aquí y ahora. Uno se siente descentrado, como si algo faltase; con una sensación vaga de pérdida, de deseo de algo que uno no puede definir.
Este deseo a menudo se proyecta en un objeto o suceso a media distancia; puesto en palabras, sería algo así como "yo me sentiría bien si tuviese...", y a continuación se menciona un traje nuevo, un coche nuevo, un aumento de sueldo, un trabajo distinto, unas vacaciones, la posibilidad de irse para siempre, o un hombre, mujer o criatura a quien amar si uno no los tiene ya.
Una vez se consigue tal objeto, un nuevo "si tuviese..." ocupa pronto esa distancia media donde un día estuvo la madre, y la distancia entre uno mismo y el nuevo objetivo se convierte en la nueva medida del espacio que separa a uno mismo del bienestar que falta - el bienestar en el aquí y ahora -.
De esta manera nos vamos manteniendo sobre las esperanzas que despiertan en nosotros los diversos objetos que en sucesión van apareciendo ante nosotros, a una distancia marcada por el grado de inalcanzabilidad que cada cual necesita para sentirse "a gusto", es decir, en la misma relación que uno estuvo con su propia madre cuando la experiencia en-brazos le fue negada.
El poder mantener los objetos de deseo a la distancia necesaria puede llevarte al desastre. No ocurre a menudo, dado que la mayor parte de la gente no tiene problema en imaginarse una lista interminable de cosas que nunca podrán tener, no importaba lo mucho que ya tengan. Pero ocasionalmente ocurre que la rapidez con la que la imaginación para producirlos.
Hace no muchos años, una famosa actriz de cine rubia se convirtió en víctima de lo que parecía ser un desequilibrio insufrible entre su necesidad de desear y las cosas que le quedaban aún por desear. Era la actriz más famosa del mundo, la mujer más deseada del mundo. Había logrado casarse y divorciarse de hombres notorios tanto por su valía física como intelectual. Según los cánones de su propia imaginación, tenía todo lo que había deseado. Desconcertada al no haber alcanzado la sensación de bienestar que le faltaba, buscó en el horizonte algo que desear que no pudiese ser obtenido de forma inmediata, y al no hallarlo, no pudo aguantar la necesidad de alivio y se suicidó.
Muchas adolescentes y mujeres con objetivos parecidos a los suyos se preguntaban ¿cómo pudo, ella-que-lo-tenía-todo? Pero el daño que su muerte causó a ese sector del Sueño Americano no fue serio, pues cada una de esas mujeres, en su fuero interno, estaba segura de que "si ella tuviese...", si ella tuviese tantas cosas deseables en la vida, ella que sentía que la felicidad estaba casi a la vuelta de la esquina, ella no fracasaría y sería feliz.
Hay ejemplos abundantes de suicidios cometidos por razones parecidas, pero mocho más frecuentes son los comportamientos de aquellas personas con éxito cuyo instinto de auto-conservación les evita dar el último paso y sumergirse en el olvido, pero cuyas vidas están marcadas por la bebida excesiva, las drogas, los divorcios y la melancolía.
La mayor parte de la gente rica puede desear, y desea, ser más rica; los que tienen más poder, y dan así forma a su ansiedad. Los pocos que han llegado al final, o cerca, de todo lo que podían desear, han tenido que enfrentarse al hecho de que su deseo no puede ser satisfecho. No pueden recordar su forma original: el anhelo, como bebés, a ocupar un lugar en los brazos de su madre. A todos los efectos se encuentran ante un abismo sin fondo, preguntándose por el sentido de todo lo que les rodea sin encontrar respuesta, una respuesta que una vez creyeron se trataba de dinero, fama o éxito.
El matrimonio entre personas civilizadas se ha convertido, en muchos casos, en un contrato doble. Una cláusula podría decir "... y yo seré tu madre si tu eres la mía". Las necesidades infantiles de cada cónyuge se expresan cuando la declaración implícita (a menudo explícita) es, "te amo, te quiero y te necesito". Los dos primeros tercios de esta expresión son apropiados a mujeres y hombres adultos pero, por lo general, el necesitar, pese a ser románticamente aceptado en nuestra cultura, implica la petición de algún cuidado infantil. Puede ir desde el hablarse en la intimidad con lengua de trapo como los bebés ("¿me quieres un poquito?"), hasta el acuerdo tácito de no prestar más que atención superficial a otras personas. A menudo, la necesidad dominante es la de ser el centro de atención (una continuación de aquellos gritos iniciales emitidos al objeto de ser trasladados allá donde estaba el centro de la vida en el hogar y que, ante la falta de éxito, acabaron transformándose en una súplica interminable reclamando atención), y la pareja se reparte el centro del escenario más o menos equitativamente.
El periodo del noviazgo suele ser también un período experimental durante el que se intenta determinar hasta que punto la relación servirá para satisfacer las necesidades infantiles de cada miembro de la pareja. Para aquellas personas con muchas necesidades -, la búsqueda de pareja será larga y dolorosa. Habiendo sido traicionados en la infancia, sus anhelos son grandes y profundos. El miedo a ser traicionado de nuevo puede llegar a ser tan fuerte que, en el momento en que corren el peligro de encontrar una pareja, huyen aterrorizados para evitar la posibilidad insoportable de que el candidato no pase la prueba, recordándoles de nuevo que nadie les quiere de esa manera incondicional que necesitan.
Muchos hombres y mujeres se reconocen víctimas de un comportamiento repetitivo en sus relaciones de pareja, que demuestra un pánico aparentemente inexplicable a la felicidad. Aún cuando superar el miedo a encontrar pareja resulta fácil, los novios siguen paralizándose ante el altar y las novias siguen llorando con ansiedad cuando llega el momento de dar el paso adelante y proclamar su felicidad a los cuatro vientos.
Pero muchos continúan buscando durante años una relación que no pueden expresar con palabras, cambiando constantemente de pareja, incapaces de compromenterse con algo tan insignificante como un hombre o una mujer.
La dificultad para encontrar una pareja aceptable se ha complicado aún más gracias a las imágenes culturales que películas, televisión, novelas, revistas y anuncios nos presentan como objeto de deseo. Las grandes imágenes de la pantalla, que reducen a los espectadores al tamaño de enanos, crean la ilusión de la vuelta a aquel "bienestar" que se perdió hace tiempo, al colocarnos ante personas con tamaño de madre. Tenemos una confianza irracional en estas inmensas criaturas, y adjudicamos a los actores mismos el halo de perfección que nuestra mente asocia con ellas. No pueden causar daño, están más allá de ser juzgados según las reglas con las que nos juzgamos entre nosotros. Y para hacer las cosas aún más confusas, los personajes que representan, por poco realistas que sean, crean estereotipos que hacen que la gente real resulte cada vez más insuficiente a nuestros deseos.
La publicidad ha aprendido a capitalizar en las ansiedades de un público falto de experiencia en-brazos, y lo hace con promesas que parecen decir "si logras tener esto, recuperarás el bienestar". Un refresco conocido se anuncia como: "es lo auténtico", mientras que su rival principal, a su vez, intenta hacer mella en ese sentido añorado de formar parte de algo, con "estás en la generación Pepsi" o bien mediante fotografías de "Personas Pepsi" con el aspecto de estar a gusto. Otra compañía sugiere el fin de la ansiedad con la frase "Un diamante es para siempre". La implicación es que poseer algo de garantizado valor confiere a uno mismo un valor igual de permanente, sólido y absoluto. Si se lleva puesto un diamante, un anillo mágico que atrae a otras personas, no hace falta merecerlo para que nos quieran. Pieles, coches buenos y mansiones también parecen atraer el tipo de seguridad en medio de la incertidumbre, algo parecido al abrazo que uno siempre ha echado en falta. Sea lo que sea lo que nuestra cultura mantiene como aquello que hay que tener, "formar parte de" es lo que ansiamos, ya que crónicamente nos sentimos fuera, por mucho que intentemos convencernos a nosotros mismos de que estamos "dentro".
Aunque la mayor parte de nosotros no recordamos habernos sentido jamás completa y verdaderamente a gusto en el momento tal y cómo se está viviendo, a menudo proyectamos la ilusión de que sí al pasado o al futuro. Hablamos así de la dorada época de la niñez, o de los viejos tiempos, intentando mantener la ilusión de que el bienestar no está tan lejos.
La inocencia de la infancia, que pensamos nos protegía de la cruel realidad, estaba mezclada con sorpresa y confusión ante las contradicciones entre lo que nos decían y lo que ocurría, y antes cómo ahora, la sensación de que algo nos faltaba estaba siempre ahí. Pero entonces la ilusión consistía en pensar que una vez creciésemos y nos uniésemos a personas de nuestra edad, alcanzaríamos el bienestar.
Poco sospechábamos que las personas de nuestra edad iban a mantenerse siempre un paso más adelante que nosotros hasta que con el tiempo se nos permitiese creer que estaban un paso o más por detrás.
La idea de que la satisfacción y la sensación de bienestar se sigue compitiendo y venciendo es una extensión de lo que Freud llamó "rivalidad fraternal". Freud pensaba que todos tuvimos que enfrentarnos a los celos y odio de nuestros hermanos y hermanas, que amenazaban el acceso a nuestra madre. Pero Freud nunca conoció a personas sin carencias. Si hubiese tenido la oportunidad de conocer a los yequana, se hubiese dado cuenta de que la idea de competir y ganar, como un fin en sí misma, no existe entre ellos. Por lo tanto no puede ser considerada como parte intrínseca de la personalidad humana. Cuando un bebé goza de toda la experiencia que le es necesaria en los brazos de su madre, y se aleja de ella por su propia voluntad, la llegada de una nueva criatura al lugar que dejó voluntariamente no le causa problemas. No hay rivalidad si nada de lo que necesita se le usurpa.
Entre los yequana hay muchas razones para desear cosas y personas, pero vencer a otros no es una de ellas. No tienen juegos competitivos, aunque sí tienen juegos. Hay lucha libre, pero no hay campeonatos; tan sólo una serie de encuentros entre parejas de hombres. La práctica constante con el arco tiene por objeto adquirir destreza, no el competir con otros chicos. Su vida emocional no lo necesita, y por lo tanto su cultura no lo ofrece. Es difícil imaginarnos una vida sin competitividad - tanto como imaginarnos a gusto tal y cómo estamos -.
Lo mismo podría decirse sobre la búsqueda de la novedad. Está tan presente en el estado actual de nuestra cultura, que nuestra natural resistencia al cambio ha sido distorsionada. Da la impresión de que se ha transformado en una tendencia compulsiva a cambiar, y el cambio ocurre con una frecuencia tan regular cómo para resultar monótono y uniforme.
La idea de que lo último es lo mejor es muy reciente. La publicidad se ha encargado de apadrinar la carrera hacia la novedad. No hay descanso, no hay respiro. A nada se le permite ser lo bastante bueno, nada resulta satisfactorio. Nuestro descontento interior se canaliza en deseo de los objetos más nuevos.
Entre aquellas cosas que encabezan la lista se encuentran las que suponen un ahorro de trabajo. La atracción haca los objetos que ahorran trabajo es doble, pues está alimentada por dos aspectos de la carencia de experiencia en-brazos. Por un lado, adquirir algo "adecuado", por otro, obtener la mayor cantidad de bienestar con el menor esfuerzo. En una persona completa bajo el punto de vista del continuum, la habilidad infantil para obtener lo que se quiere sin hacer nada a cambio va dejando paso a un creciente deseo de ejercitar la capacidad de trabajo. Cuando no se ha experimentado de forma satisfactoria el ser una criatura pasiva, hay una tendencia a apretar botones y ahorrarse trabajo cómo garantía de que todo está hecho para el sujeto sin esperar nada a cambio. El acto de apretar un botón es parecido al de hacer una señal a quien nos cuida, pero esta vez se hace con la seguridad de que nuestros deseos serán satisfechos.
El impulso hacia la actividad, necesariamente fuerte en un continuum sano, está paralizado; no puede crecer de forma adecuada sobre el estéril terreno de la incapacidad para cuidarse a uno mismo. El trabajo se convierte en lo que es para la mayor parte de nosotros: una necesidad que resentimos. Y los artilugios para ahorrarnos trabajo brillan con la promesa del bienestar perdido. Mientras tanto, la solución a la discrepancia que surge entre el deseo adulto de utilizar las propias habilidades, y el deseo infantil de ser inútil, suele encontrarse en eso que, acertadamente, se denomina ocio.
Un hombre que trabaje, por necesidad y sin disfrutarlo, entre papeles e ideas, canalizará su impulso hacia el trabajo físico en una actividad como, por ejemplo, jugar al golf. Pasando por alto el que el mayor valor de esta actividad es que no sirve para nada, el jugador de golf camina bajo el sol arrastrando una pesada bolsa llena de palos, y de vez en cuando centra su atención en el problema de persuadir a una bolita de que caiga en un agujero en el suelo. Y esto se hace, de manera muy ineficaz, utilizando el extremo de los palos, en vez de coger la bola con la mano y meterla en el agujero. Si tuviese que hacerlo por obligación, se sentiría explotado, pero dado que se le llama ocio y no sirve para nada salvo como ejercicio, se siente libre para disfrutarlo de la misma manera en que los yequana disfrutan del trabajo útil.
Sin embargo, muchos jugadores de golf han permitido que el impulso de ahorrarse trabajo les estropee también parte de ese placer. El sector relevante de la cultura ha sugerido que arrastrar los palos no es placentero y hay que utilizar carros, e incluso el que el espacio entre golpe y golpe debe ser considerado en la categoría de trabajo, y como tal ser evitado mediante el uso de un cochecito. Pronto necesitarán, como recreo, jugar al tenis nada más acabar un partido de golf.
La falta de experiencias en-brazos nos lleva a comportamientos curiosísimos. Sería muy difícil explicar nuestra afición a las montañas rusas y demás maquinarias de los parques de atracciones, si no fuese porque tenemos una necesidad no satisfecha de tiempo experimentado en situación de relativa seguridad, con cambios bruscos de postura y peligros amenazantes alrededor. El gusto a ser sacudido y asustado en cualquier animal, sólo puede explicarse descubriendo que necesidad satisface con ello. Las desafortunadas criaturas actuales, que sólo han conocido el silencio y la inmovilidad de una cuna, o el armonioso movimiento de un cochecito, quizás algún juego sobre unas rodillas, y cómo mucho el que algún padre capaz de escuchar la voz de su propio continuum les lance en el aire de vez en cuando, echan de menos los millones de años en que experimentaron agradables sustos en brazos de su madre mientras ésta trepaba por los árboles, corría por la sabana, o se metía en el agua.
El secreto de la atracción está en la zona de seguridad, el asiento con cinturón en el cochecito mientras este corre y salta sobre la vía en el aire. Es el placer de sentirse seguro en circunstancias que en otra situación resultarían aterradoras. En el "Tunel del amor", fantasmas y esqueletos emergen inesperadamente, dándonos sustos que podemos disfrutar, pues nos sabemos seguros; es el acuerdo tácito que nos lleva comprar entradas.
Lo mismo ocurre con las popularísimas películas de monstruos, contempladas desde un asiento del que sabemos nos levantaremos sin haber sufrido ningún arañazo. Si en el local hubiese verdaderamente un gorila suelto, un dinosaurio o un vampiro, no se venderían muchas entradas.
El objeto de la experiencia en-brazos de una criatura es tener experiencias que le prepararán para desarrollar más adelante la confianza en sí misma. Ser testigo de, y participar pasivamente en las inesperadas, violentas y amenazadoras situaciones que forman el vivir cotidiano de una criatura en brazos de una madre ocupada, son ladrillos esenciales en la construcción de la confianza en sí misma. Es una parte importante del material que forma la percepción de uno mismo.
De una manera más leve, el montar a caballo y en coches, ya sea de juguete o reales, y en cualquier otra cosa que nos transporte, contribuye a cubrir la cantidad de experiencia en-brazos que nos falta, y disminuye nuestra necesidad de ella. Montar en algo produce con frecuencia adicción, pues tan pronto como muchos de nosotros descubrimos el placer de ser transportados por un caballo o un vehículo, al poner de nuevo los pies en tierra experimentamos la sensación de abandono; más adelante consideraremos el papel que ocupa la adicción.
Las manifestaciones de la falta de experiencia en-brazos marcan nuestra vida y colorean las personalidades a nuestro alrededor con tanta frecuencia, que tendemos a considerarlas parte de la naturaleza humana. Un ejemplo es el llamado "síndrome de Casanova", que lleva a un hombre a intentar demostrarse a sí mismo que es digno de amor compensando con el número de conquistas la carencia de esa cualidad del amor que debería haber encontrado en su madre, esa cualidad que da la seguridad a nuestra existencia y a lo que valemos. El coleccionar testimonios de amor, de alguna manera reemplaza la convicción sobre sí mismo que le falta. Cada momento en los brazos de cada mujer compensa un poquito más, y eventualmente el insaciable casanova se "cansa" de ese método de búsqueda del bienestar, y es capaz de tomar una posición más avanzada, más madura, frente a las mujeres. En la mayor parte de los casanovas este cambio ocurre razonablemente pronto, pero algunos individuos nunca pueden librarse de la ilusión de que las conquistas sexuales añaden puntos a la tabla del bienestar, de que perfeccionar la técnica de conquista es el camino que lleva a reencontrar lo que misteriosamente falta en la vida.
Gígolos y cazadotes creen que el valor monetario asociado a la mujer u hombre que conquistan es la verdadera medida de su propio valor, y a menudo sienten que casarse con alguien rico les hace ricos a su vez, y por lo tanto indiscutiblemente aceptables. De alguna manera, además de la ilusión comúnmente sostenida de que el dinero equivale a la felicidad, a esta gente se les ha transmitido la impresión de que dinero equivale a amor. Nos es difícil descubrir las influencias culturales que mantienen estas falacias. Pero erradicar estas falacias sobre dinero y felicidad no resolvería el problema. La sensación de falta de bienestar buscaría otra esperanza sobre la que depositarse, y hay muchas posibilidades de que se tratase de algo igualmente ilusorio.
El "síndrome del desastrado" es otra manifestación usual de carencias en la infancia. El desastrado, despeinado y lleno de babas como un bebé, quiere que se le ame simplemente porque existe, y excluye la posibilidad de que se le quiera debido a su agradable comportamiento. Se relame para que todo el mundo a su alrededor sepa que está disfrutando con la comida; se hacer notar siempre que puede, dejando cenizas, manchas o basura como testigo de su existencia, retando a todos a que le rechacen y le nieguen el derecho a ser amado. Cuando se siente rechazado confirma su resentimiento con la madre naturaleza: "¿lo ves? Nadie me quiere porque tú te niegas a limpiarme la barbilla". Y sigue dando tumbos, sucio, desaliñado y pisando por accidente a todo el mundo. Su esperanza es que la madre naturaleza, como es el deber de toda madre (el continuum lo dice así), se apiade de él por todo lo que ha sufrido y por fin le de la bienvenida a su amor incondicional. Nunca cerrará la posibilidad de su vuelta acicalándose el mismo: sería como admitir que es un caso perdido.
El mártir se parece al desastrado. Sufre también acusadamente, pero pone mayor énfasis en la cantidad de sufrimiento que le debe ser eventualmente recompensado. Figuras de ojos brillantes han acudido con paso firme a las trincheras, piras, galeras y fauces de leones por diversas razones. Sienten que dándose del todo ganarán, sin ninguna duda y finalmente, el lugar que les pertenece. La ventaja es que los que se sacrifican hasta este extremo no vuelven para protestar de que les han engañado, por lo que la ilusión se mantiene segura para aquellos que tienen inclinación hacia ella, quizás debido a que, en su temprana edad, su madre era dada a hacer signos extravagantes de arrepentimiento cada vez que la criatura se hacía daño.
La personalidad de un actor a menudo siente la necesidad de estar en un escenario, o de que mucha gente le haga caso, para demostrar que, por derecho propio, es el centro de atención, a pesar de su persistente sentimiento contrario. De ahí su necesidad incesante de ocupar ese lugar. Cuando este tipo de atención básica ha sido constantemente pedida en vano al principio de la vida, exhibicionismo patológico y narcisismo pueden ser maneras aún más desesperadas de reclamarla. A menudo se observa que una relación "estrecha" entre una madre y un futuro "exhibicionista" consiste en que la madre, debido a la necesidad que aún acarrea como lastre, compita con el bebé por ser el centro de atención.
El académico compulsivo, coleccionista interminable de títulos y, en una forma u otra, perpetuo habitante de universidades, ha hecho del alma mater una madre adoptiva bastante aceptable. La institución es mayor y más estable que él. Recompensa de manera predecible el comportamiento bueno y malo. Protege del frío y duro mundo exterior, demasiado peligroso para el inadecuado equipo emocional de un adulto que como criatura tuvo carencias. El deseo adulto de ponerse a prueba frente a los retos del mundo, y así aumentar el desarrollo de uno mismo, no puede tener lugar en la personalidad insegura, no importa de qué edad.
Aparentemente opuesto al académico que se aferra a su lugar infantil frente la institución ( y el hombre de negocios que se aferra durante décadas a las enaguas de una corporación), es el conquistador-aventurero, a quien se le ha dado la impresión, quizás un padre o una madre, de que la manera de ser aceptado es trepando la montaña más alta o navegando el océano en solitario en una cáscara de nuez: la hazaña única, prometiendo la derrota de todos los rivales en la conquista e atención. El aplauso siempre disponible para cualquiera que aguante más que nadie aferrado al mástil de una bandera, o ser el primer hombre blanco en ir a algún lugar, o atravesar una cascada sobre una cuerda floja, da la impresión de ser lo que uno busca; por supuesto hasta que se obtiene, se descubre inadecuado, y se propone un nuevo proyecto que parece ser lo auténtico, la respuesta, el pasaporte hacia el bienestar.
Al viajero compulsivo le sostiene una ilusión parecida. Nuevos lugares prometen ser el lugar adecuado, porque la ilusión de la vuelta mágica a los brazos no se puede conseguir en ninguna realidad claramente percibida. Así, los comparativamente más verdes campos lejanos, brillan tentadoramente para la persona "si-tan-sólo-tuviese...", que creer, por razones que ni ella misma sabe, que la satisfacción yace en cambiarse a un cierto lugar distinto.
De manera consistente con la naturaleza del continuum humano y sus siglos de experiencia, el deseo de estar justo en el centro de la vida parece demostrar que tal centro es asequible. Es parte del diseño el que una satisfacción que no se consiga mantenga su lugar en el futuro; sólo de esta manera puede servir como motivación hacia el desarrollo completo. Esta creencia, que no altera ni la razón ni la experiencia personal, nos empuja hacia delante, que es para lo que ésta, no importa cuán fuera de contexto o a destiempo andemos. El "si-tan-sólo-tuviese..." de un tipo u otro da constancia de la enorme cantidad de poder motor que opera entre gentes civilizadas.
Quizás más tristes de contemplar sean aquellas personas con manifestaciones de carencias que perpetúan su dolor en otros. Niños maltratados son el caso más obvio de criaturas que sufren en las manos de padres que a su vez sufren debido a sus carencias.
El profesor C. Henry Kempe, decano del departamento de pediatría en Colorado Medical Center, encontró en su investigación de mil familias que el veinte por ciento de las mujeres tenían dificultad en "hecer de madres". ""Muchas de las mujeres no aman a sus hijos", dijo el profesor.(*5: C,H. Hempe y Helfer (editores), helping the Battrered Child and His family, Osford and New York 1972). Su desafortunada interpretación de las estadísticas fue que, dado que tantas mujeres son incapaces de amar a sus hijos, el amor maternal como instinto natural debe ser "un mito" (ver página 55). Su mensaje era que es una equivocación el esperar que toda madre sea una madonna, generosa y protectora con sus criaturas, y echaba la culpa a los Viejos maestros por lavar el cerebro de la gente y hacerles creer lo contrario. Sus descubrimientos, sin embargo, hablan por sí mismos con respecto al tema del mal trato a las criaturas. "Toda investigación señala en una dirección: criaturas maltratadas se convierten en padres y madres que maltratan". Y entre las circunstancias que se encontró daban lugar a este tipo de brutalidad por parte de los padres y madres, estaba la que de ellos, desde la infancia, no habían recibido jamás cuidados maternales, ni siquiera a través de un maestro adecuado, amigos, amantes, marido o mujer.
"El progenitor" dice Kempe, "que ha carecido de cuidados maternales, no puede evitar ser maternal con sus criaturas, pero espera amor por parte del bebé; espera, de hecho, mucho más de lo que la criatura es capaz de dar, e interpreta el llanto de esta como un rechazo". Y cita a una madre inteligente y culta diciendo, "Cuando él lloraba, quería decir que no me quería, así que yo le pegaba".
La tragedia de muchas mujeres está en la expectativa de que su búsqueda de amor será por fin recompensada por su propia criatura, necesitada y amorosa. Y por supuesto es un factor que emerge en la cualidad de la carencia que sufrirá la criatura. No sólo se le niega gran cantidad del cariño y atención necesarios, sino que además tendrá que competir por ellos con una persona mucho mayor y más fuerte. ¿Qué puede haber más patético(5*) que una criatura llorando por falta de cuidados maternos, y que su madre se los niegue porque el bebé no esté, a su vez, siendo maternal con ella, como ella necesita?
Nadie gana en tal juego; nadie es el villano. Todo lo que se puede descubrir, de horizonte a horizonte, son víctimas de víctimas.
Los niños quemados son una expresión más indirecta de la carencia en los padres. Estos casos suelen ser catalogados como accidentales, pero eso no es lo que descubrió helen L. Martin, una investigadora del centro de quemados del London´s Hospital for Sick Children. Ella estudió cincuenta casos a lo largo de siete meses, y concluyó que la mayor parte de las quemaduras eran resultado de "problemas emocionales". Salvo en cinco casos, descubrió que las quemaduras habían tenido lugar durante situaciones conflictivas; tensión en la madre, tensión entre la criatura y otro miembro de la familia, o bien tensión entre adultos hostiles. Sólo dos de los niños se quemaron estando solos.
En contraste con los padres que maltratan, los que provocan que sus hijos se quemen no se dejan llevar abiertamente por su deseo de hacerles daño. El conflicto entre su cólera y frustración infantil y sus sentimientos paternales de proteger, les confunde. Utilizando inconscientemente como arma el sugerir a la criatura que se queme, y quizás incluso ayudando a tal sugestión al dejar la sopa hirviendo en un lugar excesivamente accesible, la infeliz madre puede mantener la fachada necesaria de virtuosismo y a la vez castigarse a sí misma con culpabilidad, logrando así que convivan en su piel la madre escandalizada y la criatura llena de odio y destrucción que sigue siendo.
La falta de "cariño maternal" por parte de sus maridos en el momento del accidente de las criaturas, era manifiesta en casi la mitad de las madres, que describieron su actitud ante los hombres como "distante, indiferente u hostil". Sin embargo, en un grupo controlado y arbitrario de familias de la misma edad y procedencia social, Helen Martin encontró que sólo tres entre las cincuenta mujeres compartían esos sentimientos.
Hay evidencia de que la fuerte corriente que establece una madre con hijo exigiendo su amor puede, al dominar las necesidades del hijo, dar lugar más adelante a la homosexualidad (nota de la edición: suponemos, por la metodología de toda la obra que la exposición de a continuación se refiere a ciertos tipos concretos de homosexualidad cultural ya que no se toca en la totalidad de la misma nada referente a aspectos genéticos o de transexualidad y tampoco creemos que sea intención de la autora generalizar ante las dudas y contra las habladurías pseudopopulares de entrada hay que ser bien pensado y no tomárselo por lo personal, que sabemos que todo lo que engloba estos y otros aspectos de la obra son tendentes a la pasión y las emociones viscerales, nunca mejor dicho...; ya que puede ser un caso o cuestión estadística). De hecho la madre considerada como posesiva o excesivamente protectora, lo que está es no dando amor, pues sus esfuerzos están concentrados en conseguir la atención total de su hijo. A menudo juega el papel de "niña pequeña" y engaña a su crío con trucos infantiles, consiguiendo que éste le preste atención o sienta pena por ella. Incapaz de imponerse frente a la necesidad de su madre, la necesidad del propio hijo pasa desapercibida y no es cubierta, y el crío es incapaz de liberarse de su necesidad y de conseguir que la atención de la madre se enfoque en él como objeto de amor. Crece pensando que la manera de ganar es jugando el papel de "niña exagerada" y haciendo pucheros. Juega este papel frente a la actuación similar de su propia madre y se encuentra, incluso de adulto, fascinado por esa madre aparentemente accesible, que subraya constantemente el amor y la adoración que siente por él, y que a la vez le exige absolutamente toda la atención que, como niño primero y adulto después, él sea capaz de dar.
Habiendo aprendido de esta manera que no es posible obtener amor de la hembra de la especie, y que son los hombres los que dan atención maternal, buscan el amor de éstos, y por lo general se sienten atraídos por los muy jóvenes, tan jóvenes cómo el niño que él era cuando su madre exigía, y conseguía, que él le prodigase cariños maternales.
En estos casos, la relación suele consistir en competir por un amor maternal. El varón homosexual no imita a la mujer adulta cuando coquetea, sino a la niña pequeña que su madre jugaba frente a él. A menudo se echan a faltar aspectos más maduros del amor, y la pareja homosexual tiene dificultades en establecer un vínculo que profundice con el tiempo.
Las excepciones suelen ser hombres que se alejan de las mujeres por otros motivos, como por ejemplo el que desde niños se les haya contado historias terribles sobre ellas. Sus madres, salvo en tal aspecto, les dan bastante amor maternal.
Las mujeres homosexuales sienten con frecuencia que su padre, cruel o que no les quiere, les impide recibir amor de los hombres. Si crecieron en presencia de una madre cuyo deseo de atención masculina le impedía prestar atención a su hija, jugarán el papel de hombre porque pensarán que es el papel del ganador.
Investigar estas posibilidades puede tener gran valor a la hora de entender y tratar la infelicidad que suelen traer consigo estas situaciones.
La raíz del crimen, cuando se trata de un aspecto patológico de la personalidad, puede hallarse, a veces, en el deseo de no jugar según las reglas de los adultos, de no querer formar parte de ellos. El ladrón puede ser incapaz de soportar el trabajar por las cosas que necesita y quiere, sintiendo que debe obtenerlas como si vinieran de una madre, conseguirlas sin pagar por ellas. El hecho de que a menudo tenga que poner muchísímo esfuerzo en conseguir cuatro cosas no es importante. Lo importante es que al final habrá conseguido "algo sin dar nada a cambio" de la madre cósmica.
La necesidad de ser castigado, de recibir atención, según lo percibe a veces el criminal, suele ser parte de su relación infantil con la sociedad, a la cual roba objetos de valor, gestos de amor que ésta le niega.
Estos fenómenos no son nuevos para los estudiosos del comportamiento civilizado, pero puede que observados a la luz del continuum interrumpido adquieran mayor significado.
La enfermedad física, entendida como un intento por parte del organismo de restablecerse mientras o después de haber sido atacado, puede jugar distintos papeles. Como ya hemos visto antes, uno de ellos es el de castigo "bienhechor" sobre el insufrible dolor de la culpabilidad.
En los momentos de especial necesidad emocional, el continuum puede hacer que enfermemos y dependamos de los cuidados de otros - el tipo de cuidados que a un adulto sano resulta difícil encontrar -. La necesidad de atención puede estar asociada a una persona en particular, a un grupo de familiares y amigos o al sistema hospitalario. Un hospital, aunque parece impersonal, coloca al paciente en un papel infantil, y aún cuando ande escaso de personal o sea inadecuado, toma la responsabilidad de alimentar a los pacientes y decidir por ellos, una situación no muy distinta de la que pueda tener una criatura en manos de una madre negligente. Aunque no sea necesariamente todo lo que el paciente necesita, puede que sea lo más parecido a ello a lo que tenga acceso.
En el centro Loeb de cuidados y rehabilitación, ubicado en el hospital Montefiore de New York, se han hecho algunos descubrimientos que tienen mucho sentido desde el punto de vista del continuum. En 1966, el centro afirmó haber reducido en un ochenta por ciento el número de readmisiones por recaída gracias a una política basada en que el paciente se sintiese "aceptado", y animarle a hablar de sus problemas. Lydia Hall, la enfermera que fundó y dirigía el centro, decía que los cuidados de una enfermera son equivalentes a los cuidados de una madre a un recién nacido. "respondemos inmediatamente a las exigencias de los pacientes", dijo, "por my triviales que puedan parecer".
Interpretando esta tendencia en las personas a la regresión a una postura emocional infantil cuando están bajo tensión, Genrose Alfano, subdirectora del centro, decía: "muchas personas caen enfermas debido a su incapacidad para enfrentarse a sus vidas. Cuando aprenden a resolver por sí mismas los problemas no necesitan volver a enfermar".
Antes de caer enfermos, la mayor parte de los pacientes resolvían sus problemas de una manera u otra. Pero cuando la situación les desbordó necesitaron apoyo externo, como le ocurrió a Awadu, que se agarraba a su madre cuando vino a visitarme con dolor de muelas, o al enfermo de gangrena que quiso que su mujer le hiciese compañía durante el tratamiento.
El centro también descubrió que utilizar está técnica maternal acelera la recuperación de los pacientes. La señora Hall decía que la rotura de caderas, una dolencia muy común, se recupera en la mitad de tiempo que suele ser necesario según los distintos tipos de edad y condiciones. Tras un ataque al corazón la mayoría de los pacientes permanecen en cama unas tres semanas, pero, según la doctora Ira Rubin, cardióloga, en el centro Loeb este tipo de pacientes podía estar ya en pie a las dos semanas.
"Si coges a una persona mayor que esté aislada y la pones en un entorno social donde la gente se interese por ella y les pueda contar sus problemas familiares, sus músculos se recuperarán más rápido", observó la Dra. Rubin.
Un estudio de doscientos cincuenta pacientes elegidos al azar mostró que, en un periodo de doce meses, sólo el 0,3% de los pacientes del centro tuvieron que ser readmitidos, mientras que el 18% de los pacientes tratados en casa recayeron. No es difícil interpretar estas cifras como evidencia de que frente a la necesidad emocional que llevó al paciente a la enfermedad y la hospitalización, el cuidado deliberadamente más maternales mucho más efectivo. Proporcionar las experiencias que faltan disminuye el periodo de dependencia y suministra la fuerza necesaria para seguir avanzando, al ritmo que tenga cada cual como adulto o como niño.
Quizás las investigaciones confirmen algún día que la manifestación más directa de la carencia de experiencia en brazos es la adición a los narcóticos y la heroína. Sólo la investigación podrá establecer la relación exacta entre carencia y adicción; y cuando lo haga, las múltiples formas de adicción - el alcohol, el tabaco, el juego, los barbitúricos o el morderse las uñas - empezarán a tener sentido a la luz del concepto de continuum de los requisitos humanos.
Por simplicidad consideramos sólo la heroína. La heroína produce adicción química, en el sentido de crear en el cuerpo de quien la usa una exigencia de más, y de que el efecto disminuye con el uso, por lo que más y más droga produce menos y menos el efecto deseado. Lega un momento en que el adicto busca la droga, no tanto por experimentar un "colocón", como para evitar los síntomas de abstinencia. El intentar escapar al círculo cerrado de exigencia y uso lleva a veces al adicto a la sobredosis fatal.
Más a menudo, sin embargo se enfrentan deliberadamente con las agonías de la abstinencia para poder "limpiarse", librarse del cada vez mayor desequilibrio químico causado por el uso. Se libera una y otra vez de la dependencia física no sólo para evitar el síndrome de abstinencia, sino también para poder experimentar de nuevo el "colocón". Así pues, mucho de su sufrimiento viene de la lucha que para des-habituarse mantienen contra la necesidad imperiosa de su cuerpo, contra el dolor y las terribles nauseas de la abstinencia para poder sentir el colocón como al principio. El saber que tendrán que pagar el precio de volver a repetir el terrible ciclo no les frena.
¿Por qué? Si pueden romper una y otra vez el llamado tiempo de adicción ¿por qué recaen de nuevo en él? ¿Qué es lo que hace tan irresistible sensación de colocarse como para que la simple memoria de ello lleve a cientos de miles de personas a abstenerse, volver a la adicción, arriesgarse a morir, robar, prostituirse, perder su casa, sus familias y todo lo que un día llegó a importarles algo?
Creo que la fatal atracción del colocón todavía no se ha entendido. Se ha confundido con la necesidad que la droga crea en la química del cuerpo, la adicción química cesa. Sólo queda entonces la memoria, la inextirpable memoria del sentimiento que uno experimentó.
Intentando explicarlo, un adicto a veinticuatro años dijo esto:
"Bien, cuando más tiempo logré por mí mismo mantenerme limpio en las calles fue cuando uno de mis hermanos mayores murió de sobredosis. No quería usar las drogas. Creo que fueron dos semanas, tres semanas. Pensé que realmente lo haría - mantenerme limpio - por mi hermano. Y entonces, un día yo estaba con otro de mis hermanos y vi en una esquina a este chaval que yo conocía. Estaba enfermo. Yo estaba bien. Me mantenía bien vestido, llevando una vida sana. Yo estaba feliz. Él estaba enfermo. Así que le dije, "Que te estas picando? ¿Cuál es tu dosis?" Y él me dice, "dos bolsas", así que le di seis dólares. Y sé exactamente donde va a ir, y que va a hacer, y la sensación que va a conseguir.
Debió golpearme hasta el fondo en la cabeza.
Miré a mi hermano. Él sabía lo que yo estaba pensando, y como que se encogió de hombros, como diciendo, "A mí qué". Así que le dije al chaval, "mira, aquí hay otros seis dólares. Consigue dos más". Así que fuimos al cuarto de baño de cierto hotel y el chaval salió primero porque estaba enfermo, y salió mi hermano, y yo saque el material y no hacia más que estar sentado con él en mi mano. Y seguía pensando en mi hermano muerto. Y no lo quería usar por lo que le había pasado a él. Entonces me digo a mi mismo, sólo que era decírselo a él, "espero que lo entiendas. Sabes como es".((6): N de T. la traducción de este párrafo respeta los tiempos verbales del texto original.)).
Sintió que su fallecido hermano le perdonaría por no tomarse su muerte tan en serio como la necesidad de la sensación de la droga. Su hermano había conocido esta sensación y por lo tanto entendería que no había nada que hacer salvo volver a ello. La memoria del colocón golpeó su mente, como él dijo, "hasta el fondo". Pero, ¿qué es lo que opera? El sólo puede vislumbrarlo. ¿Qué componente de la mente humana decide sacrificar todo lo sacrificable para satisfacer esa exigencia?
Otro adicto lo explicó de esta manera. Dijo que otras personas buscan muchas cosas para ser felices: amor, dinero, poder, esposas, hijos, belleza, estatus, ropa, casas bonitas, y todo lo demás, pero que todo lo que el adicto quiere es una cosa; todas sus necesidades pueden ser satisfechas a la vez con la droga.
Por lo general se piensa que esta sensación, el colocón del que hablan, es una sensación extraña que nada tiene que ver con la experiencia de una persona normal, que no corresponde a nada no natural y no tiene ninguna relación con la estructura de la personalidad humana. Por lo general se dice que todas sus víctimas son débiles, inmaduras e irresponsables. Pero esto no explica qué es lo que constituye la poderosa atracción hacia la droga, tan fuerte como para superar todas las demás atracciones que una persona débil puede sentir en el mundo civilizado. La vida de un adicto a la heroína no es fácil, por decirlo de una manera suave, y catalogarle de débil no basta. Queda por entender claramente la diferencia entre una persona temporalmente "limpia" con tendencia a la droga, y alguien que nunca la ha probado.
Una chica adicta a la heroína, al ser preguntada si alguna vez por la calle se había quedado mirando a una chica "cuadrada" - que no usa drogas - interrumpió la pregunta diciendo, "¿Y envidiarla? Sí. Todos los días. Porque ella no conoce lo que yo conozco. Yo nunca podría ser así de cuadrada. Lo fui una vez. Pero cuando me metí aquel primer pico, eso hizo tambalearse todo - porque a partir de ahí yo ya sabía". Pero ella tampoco es explícita, tampoco puede describir esa sensación tan importante. Sólo referirse a ella. "Sabía lo que es estar colgada. Sabía lo que era flotar con caballo. A pesar de que el primer mono que pasé, que fue el peor que pase nunca, lo pasé a pelo, por mi propia voluntad, aún así volví al caballo".
Esta chica, al enfrentarse al terrible proceso de dejar de usar droga, no estaba tan débil como para necesitar una droga intermedia del tipo de la metadona, ni estuvo en la cárcel o en un hospital, donde la falta de acceso a la droga puede reducir la tensión a la que se ve sometida la fuerza de voluntad. Lo que no pudo hacer es olvidar lo que sabía, lo que llevaba a envidiar todos los días a la chica "cuadrada" por no saber... lo que se siente al estar colgada.
Me parece, dada la evidencia, que sería tremendamente ingenuo el asumir que todos aquellos que no sabemos lo que ella sabe nos comportaríamos de manera muy distinta a la suya si supiéramos. Ha habido innumerables casos de adicciones parecidas que comenzaron con una persona "normal" a quien se le administró morfina en un hospital para enfrentarse a una enfermedad dolorosa, y acabó adicto a ella, forzado a la vida criminal del adicto que debe procurarse la droga sin ayuda médica. Hogares y familias no han tenido el peso suficiente para contrarrestar la misteriosa atracción de la droga. El desastre resultante está en los datos.
Los psiquiatras que han hecho extensos estudios de adictos, dicen que la mayor parte de ellos son personas narcisistas, y que su intensa obsesión con la heroína es síntoma superficial de una obsesión mucho más profunda con ellos mismos. Manifiestan su personalidad infantil de otra manera añadida: muestran gran astucia y valentía propias de adultos en su búsqueda de la droga, pero una vez tienen esta en su poder, tales cualidades desaparecen. De hecho son notoriamente patosos a la hora de evitar un arresto - eligiendo escondrijos tan obvios como los de un niño, exponiéndose a riesgos innecesarios e, invariablemente, echando a otras personas la culpa de sus miedos.
Dicen los expertos que la característica emocional dominante en los adictos es una tremenda compulsión a renunciar a la responsabilidad de su propia vida. Un psiquiatra presentó el caso de una paciente suya adicta que al ver a otro paciente con un pulmón artificial entró en cólera, y exigió que a ella también le diesen un pulmón artificial.
Parece que, de una manera muy básica, la sensación que produce la heroína se parece a la sensación que experimenta una criatura en brazos. La larga y desorientada búsqueda de un algo vago acaba una vez el consumidor de heroína experimenta la sensación perdida. Una vez sabe como obtenerla, no puede seguir buscándola de la manera en que lo hacemos el resto de las personas. Probablemente sea eso lo que la chica adicta quería decir con las palabras "... cuando me metí aquel pico, eso hizo tambalearse todo - porque a partir de ahí yo ya sabía". El "todo" del que habla es el motivo para buscar esa sensación siguiendo el camino largo, el camino ciego, a saltos e indirecto, por el que los demás conducimos nuestra vida en tal búsqueda, y que de hecho nunca nos lleva a la sensación buscada.
La gente que no ha probado la droga, la gente "cuadrada", al no haber experimentado nunca el conocimiento inmediato de su objetivo, puede seguir avanzando tranquilamente en el laberinto de ilusiones que parece llevarle en la dirección correcta, mientras va obteniendo, de una manera relativa, pequeñas satisfacciones. Pero el adicto sabe donde está el quid de la cuestión, donde puede encontrarlo todo de golpe, como la criatura obtiene todo lo que quiere en los brazos de su madre; por eso no puede resistirse a volver, con sentimiento de culpa, perseguido arrastrado y enfermo, a ese lugar al cual, de hecho, tiene derecho desde que nació. La amenaza de los horrores que rodean la vida del adicto, incluida la muerte, no son frenos frente a esta necesidad básica.
Si sobreviven, la mayor parte de los adictos dejarán de consumir droga al cabo de unos años, probablemente porque ya habrán acumulado el número necesario de horas bajo su influencia como para haber satisfecho el requisito del tiempo en brazos que tenían pendiente desde la infancia. Estarán, por fin, preparados para avanzar emocionalmente al siguiente estadio, como lo está una criatura yequana antes de cumplir un año. Parece difícil explicar de otra manera el cese espontáneo en el uso de la droga tras años de esclavitud, no hay prácticamente ningún anciano que la use, y no es porque todos los adictos mueran antes de llegar a viejos.
Pronto se comprobará en investigación si la psicoterapia del tipo que discutimos en la introducción del libro puede sustituir a la droga. De ser así, resultará que los adictos parecen extremadamente enfermos sólo porque en su caso la enfermedad que todos compartimos ha emergido cruelmente a la superficie, su carencia se ha enfrentado a la satisfacción plena, aunque se trate de un peligroso sustituto a la satisfacción que originalmente debían haber encontrado. Quizás algún día se pueda llegar a ver que la única diferencia entre ellos y nosotros es el que su necesidad de tratamiento es más urgente.
Un domingo por la noche vi un programa de televisión en el que tenía lugar una acalorada discusión sobre moralidad. Había sacerdotes y humanistas ateos, y uno de esos chicos con melenas que piensa que la legalización del cannabis es una prioridad a la hora de mejorar la sociedad. Había una monja y un par de escritores que también tenían sus propias ideas sobre cómo debería comportarse la gente. Me di cuenta que, a pesar de sus desavenencias y de la carga emocional con la que defendían sus posturas, tenían mucho más en común que sus diferencias. Todos eran, a su manera, idealistas. Algunos querrían más disciplina; otros querrían más libertad; todos querían mejorar la condición humana. Todos estaban a la busca de, todos eran del tipo "si tan sólo...", pero sus ideas sobre lo que venía después de las palabras "si tan sólo..." eran muy distintas.
Parecía que lo que llamamos sentido moral es el sentido del continuum manifestado de una manera u otra. Había añoranza de orden, de un orden que hiciera frente a las necesidades del animal humano, que encajase sin imponerse pesadamente y permitiese un grado de elección acorde a los intereses del bienestar. Se trataba de personas de la sociedad "del progreso" intentando alcanzar con la razón el tipo de bienestar estable al que la gente que ha permanecido en el continuum ha llegado tras una larga evolución social.
Pero parece que hay dos factores independientes que contribuyen a la sensación, tan común entre nosotros, de que algo va mal. Uno es el sentido del continuum en cada individuo, que indica lo que está y no está a la altura de sus expectativas. El otro es aún más básico.
Hay una premisa en el punto de partida común a toda mitología: hubo una época en que la serenidad era nuestra, y habrá otra en que lo será de nuevo.
El que estemos tan universalmente sujetos a la convicción de que hubo un día en que perdimos la serenidad, no puede ser explicado tan sólo por la pérdida, a una edad temprana, de nuestro lugar en un continuum adecuado. Incluso gentes tan relajadas y alegres como los yequana, a quienes no se les ha privado de las experiencias que su continuum esperaba, tienen una mitología que incluye la caída desde la gracia o éxtasis, y la noción de que viven fuera de ese estado. Los detalles no vienen al caso. La estructura básica, que la antropología comparada ha descubierto como universal en mitos religiosos, es lo importante. Parece que basta con ser humano, para que se necesiten una serie de explicaciones y promesas de cierto tipo que satisfagan anhelos inherentes.
Da la impresión de que en el larguísimo período de tiempo, cientos de millones de años, que tuvo lugar antes de que nuestros ancestros desarrollaran un intelecto capaz de reflexionar sobre las cuestiones problemáticas como nuestra mortandad o el sentido de nuestro vivir, los seres humanos vivíamos de la única manera que es verdaderamente el éxtasis: enteramente en el presente. Como el resto de los animales, disfrutábamos de la gran bendición de ser incapaces de preocupación. Había incomodidades, hambres, heridas, miedos y carencias que sobrevivir aún como bestias, pero la caída desde la gracia, invariablemente descrita como fruto de una elección equivocada, hubiese sido imposible para criaturas sin capacidad mental suficiente para elegir. Sólo con la llegada de la capacidad de elección la caída es posible. Y sólo con elección desaparece el éxtasis de la inocencia (la incapacidad de hacer mal). No haber hecho una elección equivocada, sino el mismo poder elegir, lo que hace que se pierda la inocencia. No es difícil imaginar que esos millones de años de inocencia han dejado tal impresión sobre nuestras más antiguas expectaciones, que queda una sensación de que la serenidad que conlleva la inocencia puede tenerse de alguna manera. La disfrutamos en el vientre materno y la perdemos cuando comenzamos, en la infancia, al pensar. Parece tan cercano y, sin embargo tan lejos; uno puede casi evocarlo. Y en momentos de iluminación, o éxtasis sexual, puede parecer al alcance de la mano, real... hasta que la conciencia de pasado y futuro, memoria y especulaciones, reaparece para corromper el sentido puro del presente, el simple y perfecto sentido de ser.
El nombre que se suele dar a este proceso de des-pensar es meditación. Está en el centro de enseñanza de muchas escuelas y disciplinas que buscan aumentar el nivel de serenidad. Una técnica muy usada es la repetición de un mantra, una palabra o frase, que se usa como borrador de los pensamientos asociativos que la mente tiende a producir. Según la sucesión de pensamientos se va haciendo más lenta hasta parar, el estado fisiológico del sujeto cambia y se acerca, en cierta medida, al de un bebé. La respiración se hace más profunda, y experimentos recientes han mostrado que la longitud de las ondas que se emiten en este estado es distinta a las que produce, tanto despierto como dormido, un adulto.
La meditación logra que se de un aumento aparente de serenidad, a veces llamada espiritualidad, en aquellos que la practican regularmente, y tiene una influencia estabilizadora en el resto de sus actividades, al permitir que los pensamientos se manifiesten sin barreras. En el caso de personas civilizadas, con carencia en experiencia en brazos, es como si estuviesen llenando esa laguna precisamente con aquella experiencia infantil que les falta y que, de haberla tenido, les habría proporcionado mayor serenidad. Y lo hacen colocándose en un estado como el que echaron en falta, y que, posiblemente, pueda ser alcanzado también con el uso de opiáceos. Las personas con mayores carencias, las que pertenecen a nuestras culturas occidentales, si meditan, necesitarán invertir muchisimo tiempo sólo para alcanzar el estado de tranquilidad de una criatura de un año cuyo proceso de continuum haya sido completo. Y el tiempo que necesitarían para alcanzar la serenidad que les falta sería muchísimo mayor que el que necesitarían personas de otras culturas cuyas infancias incluyan proporciones mucho mayores de experiencia en brazos.
En los orientales, que por lo general tienen menos carencias que el occidental medio, hay un coeficiente de serenidad bastante mayor, y por ello, cuando eligen una de sus escuelas de disciplina espiritual - zen, yoga, meditación trascendental, o lo que sea - tienen mucho menos camino que recorrer antes de poder enfrentarse a la pérdida de serenidad causada por la caída de la especie humana desde la inocencia animal. La necesidad infantil, mucho más apremiante, viene primero, pero con tiempo y tesón van avanzando de un nivel de paz interior a otro, hasta que, en teoría, alcanzan un estado de sencillez imperturbable que les inmuniza contra las cuestiones y asuntos que nos preocupan a los demás. Sabios, maestros y gurúes, son hombres y mujeres libres de la tiranía de la razón; no dan a los objetos y sucesos que les rodean la importancia relativa que les damos nosotros.
Cuando les conocí, una gran proporción de los indios sanema - mucho mayor que la de sus vecinos yequana - cultivaban activamente esta actividad extra o espiritualidad. Su método incluía el uso ocasional de drogas alucinógenas, pero consistía fundamentalmente en encontrar cánticos. El cántico comienza con la repetición de una única frase musical corta, de tres o cuatro sílabas, que, como un mantra, se va cantando sin esfuerzo una y otra vez hasta que, sin intención consciente por parte del cantor, aparecen cambios en las sílabas y la frase se va elaborando. Cantores con experiencia, lo mismo que meditadores con experiencia, rápidamente alcanzan cada vez el estado de no esfuerzo. El cambio de pensar a no pensar se lleva a cabo fácilmente, pero el principiante ha de mantenerse alerta contra el esfuerzo, contra las actividades del intelecto, y volver a la frase original cada vez que la mente introduce una idea que interrumpe los cambios absolutamente no guiados del cántico.
Dado que a los sanema, como a los yequana, no se les priva de las experiencias esperadas - por el continuum - en su infancia, su camino hacia la serenidad comienza muchísimo más adelante que el nuestro. Con una personalidad desarrollada y sólidamente basada en un sentido de la propia justicia, el sanema que reproduce en sí mismo, con frecuencia y constancia, el éxtasis sin pensamientos de un bebé, puede liberarse de las ataduras del intelecto con mucha más rapidez y profundidad que nosotros.
La proporción de gente sanema que ha alcanzado niveles verdaderamente impresionantes de bienestar y armonía con lo que les rodea es sorprendente, y sería, - pienso -, imposible igualar en otra parte, oriental u occidental. En todo clan hay varias personas que viven con la ligereza y contento de los más avanzados gurúes. Conozco familias en las que prácticamente todo miembro adulto goza de estas cualidades, tan difíciles de encontrar en la civilización.
Por la expresión de sus caras, me fue imposible en poco tiempo reconocer quienes eran los chamanes en un grupo de sanemas, porque son precisamente las personas extremadamente serenas las que suelen elegir el camino del chamanismo.
La conexión entre el estado de serenidad de un cantor experimentado, y sus posibles poderes como chaman, es complicada y misteriosa, y lo poco que conozco del tema no viene al caso. Lo que importa es el grado de bienestar alcanzado, y por qué.
Los rituales suponen otra manera de aliviar la carga del poder elegir. Palabras y gestos se combinan según un esquema predeterminado. Aunque el sistema nervioso permanece ocupado actuando y experimentando, no tienen lugar pensamientos ni elecciones. El estado mental del individuo es parecido al de una criatura o animal de otra especie. Durante el ritual, sobre todo si uno forma parte activa en él con bailes o cánticos, el organismo se mueve por algo muy anterior al intelecto. Este detiene el aguijoneo continuo de asociaciones, ideas y decisiones, y descansa. El descanto refresca no sólo al intelecto, sino a todo el sistema nervioso. Aumenta la serenidad de la balanza frente a la falta de serenidad que acarrea el pensar.
Con el mismo fin se ha venido utilizando, en muchos lugares y desde hace mucho tiempo, la repetición. Ya sea la percusión constante de un tambor, el cántico monótono de un rito, una sesión de discoteca o cincuenta avemarías, el efecto es "purificador". La ecuanimidad avanza y la ansiedad se repliega. El anhelo infantil dentro de uno mismo encuentra temporalmente alivio; la experiencia que falta se recupera en alguna medida; y aquellos a quienes sólo resta calmar la nostalgia de inocencia lo consiguen. En todos aquellos que temporalmente ponen el reino del intelecto en la manos de "ser no pensando", se está sirviendo a la causa del bienestar.

6. Sociedad.

A pesar de que a lo largo de la infancia y vida de adultos, vamos desarrollando la capacidad de adaptarnos a un número cada vez mayor de circunstancias, siempre hay límites dentro de los cuales operamos óptimamente. Mientras que una persona basta para satisfacer las necesidades de una criatura, al ir creciendo, el individuo va necesitando cada vez más el apoyo de su sociedad y su cultura para satisfacer sus expectativas innatas. Una persona puede sobrevivir en condiciones extremadamente anticontinuum, pero su bienestar, su alegría y su desarrollo como ser humano pueden malograrse.
Desde muchas ópticas estaría mejor muerto, ya que la fuerza de la vida, en constante impulso a reparar los daños y completar las fases del desarrollo, utiliza la ansiedad y el dolor, entre otros instrumentos, para señalar que algo está mal, El resultado es la infelicidad en todas sus manifestaciones. En la civilización occidental, una consecuencia frecuente de los efectos del sistema es el sufrimiento constante. Demasiado a menudo, necesidades por mucho tiempo insatisfechas presionan desde dentro, mientras que circunstancias que afrontar para las que no tenemos preparación como especie ni madurez como individuos, nos presionan desde fuera. Estamos viviendo vidas para las cuales nuestra evolución no nos ha equipado, y a esto se le añaden las minusvalías debidas a las facultades mutiladas por carencias personales.
Nuestro nivel de vida sube sin que suba el nivel de nuestro bienestar o la calidad de nuestra vida, excepto algunos casos excepcionales, que generalmente ocurren en lo más bajo de la escala socioeconómica, donde cuestiones del tipo hambre y frío todavía son factores reales en la pérdida del bienestar. Sin embargo, con mayor frecuencia las razones de la infelicidad no están claras.
Probablemente la causa más común de pérdida de un nivel ya existente de bienestar con la consecuente aparición de sentimientos desagradables, es el recelo ante la capacidad del Ser para tener relaciones con Otro. Debido a la sensación - antigua - de haber perdido algo que de tenerlo le brindaría a uno bienestar, el Ser se siente debilitado en su misma base, y, en los reveses cotidianos, cae fácilmente presa de la ansiedad. Además, nuestras expectativas incluyen también una cultura adecuada en la que utilizar nuestras facultades, y siempre que las circunstancias de una persona caigan fuera de los parámetros de esas expectativas, la persona no podrá adaptarse a ellas y habrá una pérdida de bienestar.
Es tristemente utópico, además de poco realista y nada práctico, el intentar describir un tipo de cultura en que debería transformarse la nuestra para satisfacer los requisitos de nuestro continuum. Aunque se produjeran los cambios apropiados, estos resultarían inútiles pues, a menos que nos transformásemos en el tipo de personas que los hiciesen funcionar, no pasaría de ser un ejercicio poco satisfactorio condenado a la distorsión inmediata y a la desintegración eventual.
Sí puede resultar útil, sin embargo, seguir la pista a algunas de las cualidades que nuestra cultura debería tener, de una manera u otra, para poder satisfacer los requisitos del continuum de sus miembros. Para empezar, necesitaría un lenguaje para verbalizar las cosas en que el potencial humano pudiese crecer. Una criatura debería tener tanto la oportunidad de escuchar a adultos hablando entre sí, como la de comunicarse, en su propio nivel de interés y desarrollo, con otras criaturas de su misma edad. Es también importante que mantenga siempre relaciones con personas algo mayores, para poder tener una idea de a donde va antes de llegar allí. Con ello lograría familiarizarse con el contenido de sus futuros intereses, y adoptarlos tranquilamente según vaya estando preparada para ello.
De la misma manera, un niño necesita tanto compañía como ejemplo en sus actividades. Una sociedad que no los provea perderá tanto en eficiencia como en sociabilidad de sus miembros.
Una señal inequívoca de que algo serio falla en una sociedad es el conflicto generacional. Si la generación más joven no se siente orgullosa de llegar a ser como sus mayores, la sociedad habrá perdido su propio continuum, su propia estabilidad, y probablemente no posea una cultura que merezca la pena ser considerada como tal, pues estará cambiando constantemente de un conjunto insatisfactorio de valores a otro. Si los miembros más jóvenes de la sociedad consideran ridículos a sus mayores, o equivocados, o aburridos, carecerán de camino natural que seguir. Se sentirán perdidos, degradados y traicionados y se enfadarán. Los mayores se sentirán también traicionados y resentidos por la pérdida de continuidad en la cultura, y sufrirán, junto con los jóvenes, el sentimiento de que su vida no tiene finalidad.
La promesa constante de "un mañana mejor" (sin la que nuestra vida resultaría tan intolerable que apenas podemos imaginarla), no tiene ningún sentido para los miembros de una sociedad evolucionada, estable, orgullosa y feliz. La resistencia al cambio protege sus costumbres e imposibilita las innovaciones. Por otra parte, nuestra propia insatisfacción, producto de la alienación de masas carentes, aplasta la expresión cultura de nuestra tendencia natural a resistir el cambio y hace imperativo el que se ansíe "algo mejor", no importa las "ventajas" con las que ya se cuente.
Se necesita un modo de vida sin cambios que requiera el trabajo y cooperación de todos sus miembros sin exceder su naturaleza. El trabajo debería ser tal que una persona cuyos anteriores requisitos hayan sido satisfechos, y por lo tanto siga vivo el ella el deseo de comportarse de manera social y ejercitar sus habilidades, pueda disfrutarlo.
Las familias deberían relacionarse estrechamente con otras familias, y todo el mundo debería también tener la oportunidad de gozar de compañía y cooperación durante su trabajo. Una mujer a quien se deja sola con sus hijos todos los días carece de estímulo social, y además necesita un apoyo emocional e intelectual que sus hijos no pueden darle. El resultado es negativo para la medre, los hijos, la familia y la sociedad.
En nuestra sociedad las amas de casa, en vez de hacer el papel de víctimas en sus casas, podrían ponerse de acuerdo con sus vecinas, quizás trabajando juntas primero en una casa y luego en la otra. Lo que ahora llamamos grupos de juego, tienen todos los ingredientes para ser grupos de trabajo prósperos, donde las madres y otras personas podrían estar haciendo trabajos interesantes y útiles mientras los niños inventan sus propios juegos o se unen al trabajo sin necesitar más atención por parte de los adultos que la estrictamente necesaria para poder participar. Colocar a los niños en la periferia, en vez de en el centro, les permitiría encontrar sus propios intereses y ritmos sin presión, siempre y cuando haya la suficiente variedad en su entorno, y suficiente espacio como para que puedan hacer ejercicio y descubrir su potencial. Pero ya se trate de tejer, manufacturar un producto, pintar, esculpir, arreglar algo o lo que sea, debería ser hecho fundamentalmente por y para los adultos, permitiendo que los niños cooperen sin interrumpir. De esta manera, todo el mundo se comportará de manera natural, sin presiones, sin que los padres estén obligados a limitarse a un nivel infantil, ni los niños obligados a comportarse según consideren los adultos es mejor para ellos, con lo cual sólo se logra impedir que su propia iniciativa les motive tranquilamente y sin conflicto.
Los niños deberían poder acompañar a los adultos a casi todas partes. En culturas como la nuestra, donde esto sería prácticamente imposible, colegios y profesores deberían aprender a aprovechar más el impulso infantil de imitar y practicar por iniciativa propia, y no basarse tanto en el "enseñar".
En una sociedad correcta desde el punto de vista del continuum, las distintas generaciones vivirían bajo el mismo techo, con las consiguientes ventajas para todos. Abuelos y abuelas ayudarían tanto como pudiesen, y quienes estuviesen fuertes y en edad de trabajar mantendrían a gusto tanto a sus mayores como a sus criaturas. Pero, de nuevo, la convivencia entre las distintas generaciones será verdaderamente enriquecedora sólo si se trata de personas realizadas, y no cuando, como ocurriría con casi todos nosotros, los unos manipulen las emociones de los otros para satisfacer así las carencias de atención y cuidado que se llevan dentro desde la infancia.
Los líderes sociales emergerían de manera natural, como ocurre entre los niños, y se limitarían a tomar iniciativas sólo en las situaciones en que las iniciativas individuales no resultasen tácticas. Los seguidores deberían ser quienes decidieran a quien seguir y a quien no, y podrían cambiar libremente de líderes de acuerdo con sus necesidades. En una cultura continuum como la de los yequana, la actuación de los líderes es mínima, y se permite que cualquier individuo actúe en contra de la decisión del líder si así lo prefiere. Pero tendrá que pasar mucho tiempo antes de que nosotros podamos vivir de una manera tan cercana a la anarquía. Pese a ello y mientras tanto, merece la pena mantenerlo presente como dirección en la que movernos siempre y cuando nuestra cultura lo permita.
El número de personas que vivirían y trabajarían juntas podría ir desde unas cuantas familias, hasta varios cientos, y al individuo le interesaría llevarse bien con todo el mundo a su alrededor. Incluso en nuestro propio mundo, en el que grupos fijos de vecinos se ven forzados a formar sociedad en pueblos o barrios, al saber que uno va a seguir asociándose con la misma gente es un motivo importante para tratarlos con justicia y respeto. El animal humano no puede realmente convivir con otros cientos o miles de individuos. Sólo puede tener un número limitado de relaciones, y en grandes ciudades se puede observar cómo, pese a la muchedumbre, cada individuo tiene un círculo social y de trabajo de tamaño no mayor que el de una tribu.
El resto de las personas a su alrededor tienen como efecto el proporcionarle la sensación de que tendría infinitas posibilidades para establecer nuevas relaciones en el caso en que las antiguas fallasen.
Los yequana me enseñaron maneras de tratar a la gente mucho más refinadas que las que yo había conocido en la civilización. La manera en que recibían a los visitantes me sorprendió y pareció especialmente sólida.
La primera vez que lo vi fue cuando llegue a un pueblo yequana con otros dos viajeros, ambos yequana de un pueblo lejano. No se esperaba entonces que yo supiese como comportarme, así que Yenito, un anciano que había pasado su juventud entre venezolanos y sabía algo de español, se acercó a mí, me saludo a la manera venezolana con la palmada en la espalda, y me mostró donde poner mi hamaca.
Pero mis dos compañeros recibieron un trato muy distinto. Se sentaron no lejos de mi bajo el gran techo redondo, sin dirigirle la palabra a nadie y que nadie se la dirigiese a ellos, y ni se miraron ni se hablaron entre ellos. Más o menos lejos, los residentes iban y venían a su alrededor, realizando sus tareas cotidianas y sin prestar la más mínima atención a los visitantes. Durante alrededor de una hora y media, ambos hombres permanecieron sentados, sin moverse y sin hablar; entonces se les acercó silenciosamente una mujer, colocó algo de comida en el suelo frente a ellos, y se alejó. Los hombres no se abalanzaron inmediatamente sobre la comida; esperaron un rato, y luego comieron algo en silencio. Después, los cuencos fueron retirados, y se dejo pasar más tiempo.
Finalmente, un hombre se acercó así como quien no quiere la cosa, y se apoyó en un poste detrás de los hombres. Al cabo de un rato habló, muy suavemente, y sólo unas cuantas sílabas. Pasaron algunos minutos antes de que el visitante mayor respondiese, también con brevedad. El silencio volvió a cerrarse sobre ellos. Cuando hablaron de nuevo, daba la impresión de que todo sonido emitido hacía referencia al silencio reinante del que había venido. Ni la paz personal ni la dignidad de cada uno de los hombres no sufrió ninguna imposición. Según el intercambio se iba avivando, más personas se fueron acercando. Todos parecían tener un sentido con el que percibían la serenidad de cada cual, que había que mantener. Nadie interrumpía a nadie; la presión emocional estaba ausente de todas las voces. Cada persona permaneció equilibrada en su propio centro.
No pasó mucho tiempo antes de que la risa floreciera entre la conversación, en forma de olas que entre intervención e intervención subían y bajaban arrastrando consigo a la docena de hombres que charlaban.
A la caída del sol las mujeres sirvieron una comida a los hombres reunidos, para entonces ya todos los hombres del pueblo. Se intercambiaron noticias y había muchísimas carcajadas. Tanto los residentes como los visitantes habían sido perfectamente asimilados en la atmósfera sin tener que recurrir a montajes o nervios. Los silencios no marcaban cortes en la comunicación, sino tiempo para que cada cual estuviese en paz consigo mismo y se asegurase que los demás también lo estaban.
Cuando los hombres del pueblo hacían largos viajes para intercambiar productos con otros indios, a su vuelta eran recibidos de la misma manera por la familia y el clan: les dejaban sentarse en silencio el tiempo necesario para que se adaptasen al ritmo del pueblo, y luego, de forma relajada, se iban acercando a ellos sin presiones ni exigiendo manifestaciones de emoción.
Tendemos a pensar en los extranjeros y pueblos exóticos como gentes con personalidades uniformes, y más aún en el caso de culturas primitivas. Pero por supuesto, esto no es así. Las costumbres locales dan un cierto parecido a los comportamientos de los miembros de una comunidad, pero en una sociedad continuum las diferencias entre los individuos emergen de una manera mucho más libre que en otra que no lo es, pues tal sociedad ni teme estas diferencias, ni necesita suprimirlas.
Por otro lado, en las sociedades civilizadas las diferencias entre individuos reflejan, fundamentalmente y según el grado de alejamiento del continuum que la sociedad tenga, la manera en que cada cual se ha adaptado a la distorsión que en su personalidad ha causado la cantidad y calidad de las carencias experimentadas. Por ello los individuos son, a menudo, antisociales, y la sociedad les teme, como teme cualquier otra manifestación de no-conformidad entre sus miembros. Por lo general, cuanto más anticontinuum es una cultura, mayor presión se ejerce sobre el individuo para que muestre una fachada de conformidad a la norma en su comportamiento público y privado.
Una vez observé atónita como a un yequana le dio por trepar a una colina desde la que se contemplaba todo el pueblo, y allí tocar el tambor y gritar a pleno pulmón durante más de media hora, hasta que satisfizo su impulso. Tendría sus razones para hacerlo, y lo hizo sin que aparentemente le preocupara lo que sus vecinos fuesen a pensar, a pesar de que no era una "cosa normal".
Lo que más me sorprendió de aquello es el que yo nunca había cuestionado esa ley no escrita de mi sociedad, que establece que los miembros cuerdos han de reprimir sus impulsos extraños o irracionales para evitar despertar miedo o desconfianza.
Como corolario a esta regla, en nuestra sociedad la gente más famosa y aceptada - estrellas de cine y del pop, figuras como Winston churchill, Albert einstein y Gandhi - tiene licencia para vestirse y comportase de manera mucho menos conformista que lo que se les permitiría de no ser lo bastante conocidos como para estar fuera de toda sospecha. Incluso las trágicas aberraciones de una Judy Garland producían menos miedo en el público del que habría producido el mismo comportamiento viniendo de un vecino, pues ella era una celebridad, aprobada por millones de personas, y se podía aceptar sin miedo cualquier cosa que hiciese. Uno no necesitaba basarse en la dudosa capacidad propia para juzgar y aceptar.
Se observa en seguida que precisamente aquellos menos de fiar entre nosotros son los que más sospechan de otros. Esto sería un comportamiento neurótico y antisocial en una sociedad que exigiese que sus miembros fuesen de fiar y, sin embargo, es una actitud perfectamente social en una sociedad en la que es costumbre intentar engañar al otro siempre que se pueda, asumiendo, claro está, que el otro intentará otro tanto. Uno presupone, entonces, que los miembros de su propia cultura no son de fiar, y busca constantemente ocasión de vencerlos en ese juego. Funciona como modus vivendi en muchos países, aunque quizás resulta un poco duro para el visitante que, sin ser puesto en antecedentes, llegue desde un país en que el "fair play" forme parte importante de lo que se considera comportamiento social.
Me pareció que la manera en que los yequana encaraban las cuestiones de negocios se basaba, como su manera de recibir a los recién llegados, en no crear tensiones. Una cuestión de negocios que hube de tratar con Anchu, el jefe yequana, me dio la rara - por escasa - oportunidad de comprobar hasta que punto llegaba su caballerosidad. Ocurrió cuando él había iniciado la campaña para guiarme a comportarme como ellos se comportan, en vez de tratarme, como es común en estos casos, como un no-humano, sin el respeto que se debe a una persona real (un yequana), y sin esperar un comportamiento como tal. Ninguna de las lecciones que me dio consistió en instrucciones verbales o explicaciones, sino en experiencias que hacían emerger, o más bien confundir, mi capacidad para reconocer y elegir los más adecuado a las circunstancias. Se podría decir que estaba intentando eliminar de mi sentido del continuum las numerosas interferencias que mi propia cultura le había impuesto.
Ocurrió en la ocasión, que ya he mencionado con anterioridad, en que Anchu me había pedido que tomase joyas étnicas a cambio de cristal de Venecia. Yo inmediatamente dije que quería caña de azúcar, pues nuestra expedición había perdido su provisión de azúcar cuando la canoa volcó en los rápidos, y mi antojo por cualquier cosa dulce empezaba a parecer una obsesión. Al día siguiente fuimos al campo de caña con su esposa (entre los yequana sólo las mujeres cortan caña) para finalizar la transacción.
Anchu y yo nos sentamos en un leño junto a la plantación mientras la mujer cortaba cuatro cañas. Ella las puso ante mí en el suelo, y Anchu me preguntó si quería más.
Por supuesto, yo quería más; tanto como pudiera obtener, así que conteste que sí.
La esposa volvió al campo y trajo dos cañas más. Las colocó junto a las otras.
"¿Más?", me preguntó Anchu.
Y de nuevo dije, "si, más". Pero entonces se hizo la luz. No estabamos regateando de la manera que yo pensé que lo haríamos, cada cual a conseguir lo más que pudiese. Anchu me estaba pidiendo que considerase, con justicia y camaradería, lo que sería un precio apropiado, y estaba dispuesto a aceptar mi decisión. Me di cuenta de mi error y, avergonzada, grité a su esposa, que había vuelto por cuarta vez al cañaveral con su machete, "¡Tohini!" ("Solo uno"). Así pues, el trueque se hizo por siete cañas, y en el regateo ninguno se colocó contra el otro ni hubo tensión alguna entre nosotros (una vez que yo entendí de que se trataba).
No pienso que hay ninguna posibilidad de que nuestros intercambios lleguen a ser tan "civilizados" como los de los yequana. Ofrezco la historia tan sólo como ejemplo de lo que puede llegar a ser aceptado como manera de comportarse, si la cultura prescribe que lo que se espera de sus miembros son motivaciones sociales y no antisociales.
Todo sociedad exige que sus miembros se comporten conforme a sus costumbres, aunque estas sean menos agradables y menos atractivas que las de los yequana. Los indios sanema, cuyas costumbres difieren enormemente de la de los yequana, consideran correcto arrasar el pueblo de otro clan sanema, robando el mayor número posible de mujeres jóvenes, y matando al mayor número posible de hombres.
No se sabe cuando y porqué esta parte de su cultura llegó a ser, o porque los indios jíbaros, al otro lado del continente suramericano, consideran que toda muerte ha de ser vengada, sea cual sea su causa. Lo que resulta útil es observar que una sociedad formada por individuos socialmente motivados, vive bajo los dictados de su cultura, y se puede confiar en ellos. El carácter antisocial o criminal no se desarrolla en personas cuyo continuum no haya sido traicionado. Así como el asesino que mata a alguien en un callejón comete un acto antisocial, y un soldado que mata a un enemigo no, así es el motivo, y no en el acto, lo que cuenta a la hora de medir el grado de antisociabilidad de un sujeto.
Presumiblemente nos gustaría que la nuestra fuese una cultura humana a la que nuestra sociedad prestase sus servicios. Pero decir "humana" incluye también respeto por el continuum humano. Una cultura que exige que sus miembros vivan de una manera para la que su evolución no les ha preparado, que no satisface sus expectativas innatas, y por lo tanto fuerza su capacidad de adaptación más allá de sus límites, tiene forzosamente que dañar sus personalidades.
Una manera de poner al límite la personalidad humana es negándole su requisito de estímulos diversos. La pérdida de bienestar resultante toma el nombre de aburrimiento. El sentido del continuum, al producir esta desagradable sensación, motiva a la persona a cambiar de actividad. La gente civilizada no solemos pensar que tenemos el "derecho" a no aburrirnos, y así pues pasamos años realizando trabajos monótonos en fábricas y oficinas, o bien solos todo el día realizando tareas sin interés.
Los yequana, por otro lado, con su sentido agudo y rápido tanto del propio continuum como de su capacidad de adaptación sin pérdida de bienestar, dejan inmediatamente de hacer lo que están haciendo cuando el aburrimiento amenaza.
Han encontrado maneras de evitar el aburrimiento cuando han de hacer tareas que requieren trabajo forzado monótono. Por ejemplo, cuando las mujeres han de clavar trozos de metal en una madera para construir un rallador, en vez de ir fila por fila monótonamente, comienzan por diseñar un diamante, rellenando después los espacios hasta que el diseño desaparece, pues su único objeto era distraer al artesano.
Otro ejemplo es la construcción de tejados, que consiste en cubrir un marco con hojas de palma que se van atando con lianas. Los hombres se sientan en un andamio, y junto a ellos colocan pilas de hojas que van asegurando, una a una, cada medio centímetro. Utilizan muchas estrategias para construir tejados grandes sin aburrirse. Para empezar, invitan a todos los hombres de su pueblo y de los pueblos vecinos a que les echen una mano. Antes de que estos lleguen, las mujeres fermentan suficiente mandioca como para que todo el mundo pueda mantenerse ligeramente trompa durante los días necesarios para hacer el trabajo, y de esta manera, al estar menos conscientes, estén menos propensos al aburrimiento. Para hacer la atmósfera más festiva, se portan cuantas, plumas y pintura, siempre hay alguien que s e pasea tocando un tambor. Los hombres y muchachos charlan y bromean mientras trabajan, y cuando les apetece bajan y hacen otra cosa para variar. A veces son muchos los que trabajan a la vez, pero otras son pocos los que están de humor para hacerlo. Funciona admirablemente para todo el mundo; los invitados son alimentados por los futuros dueños de la casa, que han cazado durante varios días con tal fin.
Es impresionante el que, de nuevo, no haya el menor signo de agresividad ni durante los días, en que se bebe constantemente y todo el mundo está ligeramente intoxicado, ni durante las noches, en que hombres, mujeres y niños beben aún más.
Probablemente sea otra manifestación de lo satisfechas y desarrolladas que están sus personalidades, el que sientan tan poca necesidad de juzgarse los unos a los otros, y acepten tan fácilmente las diferencias individuales. Se observa también entre nosotros - por ejemplo en los conflictos religiosos, políticos nacionales, raciales, sexuales o generacionales -, que los individuos más frustrados y más alienados son precisamente los que sienten que deben juzgar a los otros y clasificarlos, ya sea en el ámbito de grupo o en el ámbito individual, en aceptables o no aceptables.
Por supuesto, una base fundamental en la que arraiga el odio irracional a otros, es el odio a uno mismo que resulta de habernos sido negado durante la infancia un sentido de nosotros mismos como individuos "adecuados", dignos de amor y respeto.
Es interesante el observar que aunque los yequana consideran a los indios sanema como seres inferiores con costumbres bárbaras, y los sanema muestran cierto resentimiento ante la manera en que los yequana les tratan, ninguno de los dos grupos siente la menor inclinación a dañar o interferir en la forma de vida del otro. Se visitan y hacen trueques a menudo, bromeando a las espaldas del otro, pero jamás hay conflicto entre ellos.
Una gran parte de nuestra tragedia es que hemos perdido el sentido de nosotros mismos como miembros "adecuados" de la especie humana. Aceptamos con resignación no sólo el aburrimiento, sino otras innumerables infracciones a lo que queda de nuestro continuum después de los estragos causados en la infancia. Decimos, por ejemplo, "Es cruel tener animales tan grandes en un piso de cuidad", pero estamos hablando de perros, nunca de personas, que son mucho más grandes y mucho más sensibles a su entorno. Permitimos que nos bombardee el ruido de máquinas, tráfico y la radio de otras personas, y esperamos que los desconocidos nos traten de mala manera. Estamos aprendiendo a esperar que nuestros hijos nos desprecien, y que nuestros padres se irriten. Aceptamos vivir con tremendas inseguridades no sólo sobre nuestra capacidad social y de trabajo, sino, muy a menudo, incluso sobre nuestro matrimonio. Damos por hecho que la vida es dura, y nos sentimos afortunados al experimentar cualquier tipo de felicidad. No consideramos la felicidad como un derecho desde el nacimiento, ni esperamos que consista para nosotros en más que paz y contento. La alegría real, el estado en el que los yequana pasan la mayor parte de su vida, es extremadamente raro entre nosotros.
Si tuviésemos la oportunidad de vivir el tipo de vida para el que hemos evolucionado, muchos de nuestros presupuestos se tambalearían. Por ejemplo, no daríamos por supuesto que los niños han de ser más felices que los adultos, ni que el joven adulto ha de ser más feliz que el mayor. Como ya hemos visto, mantenemos este punto de vista en gran medida porque estamos siempre intentando alcanzar cierto objetivo que nos restaure el sentido de bienestar que hemos perdido. Según vamos alcanzando esos objetivos y encontrando que no sigue faltando ese algo innombrable que nos ha sido negado desde la infancia, vamos también perdiendo poco a poco la fe en que algo llegue a aliviarnos de nuestras persistentes ansiedades. Nos enseñamos a nosotros mismos a aceptar la "realidad", o a sobrellevar de la mejor manera posible el dolor producido por las constantes desilusiones. En un cierto momento, hacia la mitad de nuestras vidas, empezamos a decirnos a nosotros mismos que hemos perdido, por una razón o por otra, la oportunidad de disfrutar de un bienestar completo, y que debemos asumir las consecuencias y vivir en un estado de permanente compromiso. Esta situación difícilmente conduce a la alegría.
Vivir de acuerdo con la propia evolución es una historia muy diferente. Los deseos de la criatura ceden paso a los deseos de las sucesivas fases de la infancia, y cada conjunto de deseos satisfechos cede el paso al siguiente. El deseo de jugar juegos desaparece; el deseo de trabajar va haciéndose más fuerte al ir uno convirtiéndose en adulto; el deseo de encontrar y compartir la vida con un atractivo miembro del sexo opuesto, una vez satisfecho, cede el deseo de trabajar por la pareja y tener hijos juntos. Se desarrollan impulsos maternales y paternales hacia las criaturas. La necesidad de asociarnos con otros como nosotros es satisfecha desde la infancia hasta la muerte. Según las necesidades de los adultos la edad va reduciendo las facultades físicas, los deseos dirigen hacia ver como los seres queridos prosperan, hacia la paz, hacia una menor variedad de experiencias, hacia sentir que las cosas van moviéndose en el ciclo de la vida con menos ayuda por parte de uno mismo, y en último término sin ayuda ninguna, según el último deseo de la vida es satisfecho y sustituido tan sólo por el deseo de descansar, de no saber más, de cesar.
En cada fase, asentada firmemente en la satisfacción plena de las fases precedentes, se responde por entero al estímulo del deseo. No hay por lo tanto ninguna ventaja en ser joven o viejo. Cada época tiene sus placeres particulares, y una vez que uno ha agotado un conjunto de deseos a lo largo de su camino, no hay razón para envidiar al joven ni para desear otra edad que la propia con los placeres que conlleva, que llegan a incluir la muerte.
El dolor y la enfermedad, la muerte de seres queridos, las incomodidades y los infortunios ensombrecen la feliz norma, ni afectan el impulso del continuum a restablecer esta felicidad después de cualquier interrupción.
El hecho que quiero destacar es que el sentido del continuum, si se le deja funcionar a lo largo de nuestra vida, es capaz de cuidar nuestros intereses mucho mejor de lo que cualquier sistema creado por el intelecto podría siquiera empezar a hacer.

7: Poniendo los principios del continuum a funcionar de nuevo.

Cuando una criatura es mantenida en contacto constante con el cuerpo de quien la cuida, los campos de energía de ambos se hacen uno. La criatura puede así permanecer relajada, libre de tensión acumulada, pues su energía fluye en el otro cuerpo, cuya actividad basta para descargar el exceso de energía en ambos cuerpos.
Hay una diferencia notable entre el comportamiento en brazos de una criatura yequana, y el de una de nuestras criaturas, que pasa la mayor parte del tiempo en aislamiento físico. Las criaturas yequana son tranquilas y fáciles de manejar, no oponiendo resistencia a ser sujetadas o transportadas en cualquier postura. Por su parte, nuestros bebés dan patadas, agitan violentamente los brazos y arquean rígidamente la espalda. Se menean y agitan en sus cunas y repiten esos movimientos. Con ellos intentan descargar la tensión acumulada. A menudo se revuelven y emiten gritos agudos cuando la atención que alguien les presta les excita. Aunque están expresando placer, el estímulo causa una reacción muscular violenta en la que gastan parte de la energía reprimida.
La criatura pasiva, al abrigo del continuum y con sus expectativas de contacto físico constante satisfechas, contribuye poco a la descarga de energía, dejando que se encargue de ello la actividad del adulto o niño que le este cuidando. Pero la situación cambia radicalmente en el momento en que el bebé ha completado la fase en-brazos y comienza arrastrarse. A partir de este momento debe llevar a cabo por sí mismo el reciclado de su propia energía, y hay un incremento enorme de la actividad por su parte. En poco tiempo perfecciona la manera de arrastrarse y viaja a velocidades impresionantes que aumentan aún más cuando comienza a gatear. Si no se le reprime, recorre a gatas, con brío y persistencia, el espacio disponible, descargando su exceso de energía mientras explota el mundo en el que vivirá.
Cuando comienza a andar, correr y jugar, lo hace a un ritmo que en un adulto resultaría frenético. Cualquier adulto que intente seguirle se agotará. Niños de su edad y algo mayores le resultan mucho más adecuados como compañeros. Querrá imitarlos y lo hará mejor que, según su creciente capacidad, pueda. Sólo él mismo limita su tremenda actividad. Cuando se cansa se va con su madre a descansar o, cuando crece, a la cama.
Pero un crío es incapaz de descargar la cantidad necesaria de energía para quedarse a gusto si por cualquier razón, como a menudo ocurre en situaciones civilizadas, la falta de tiempo o espacio en el que jugar - como ocurre cuando se les aprisiona en un corral, arreo o silla - limita sus actividades.
Cuando pasa a la fase en que da patadas, agita los brazos, y se estira con rigidez para aliviar lo incómodo que le resulta el exceso de energía, es probable que descubra que mucho de ese incómodo exceso se concentra en sus genitales, y que estimulándolos aún más puede hacer que el resto de la energía que sobra en el cuerpo se acumule en ellos hasta conseguir suficiente presión como para conseguir alivio. De esta manera la masturbación se convierte en una válvula segura de escape del exceso de energía que no se ha consumido durante las actividades diurnas del niño.
En adultos el exceso de energía también se concentra a través de los juegos sexuales y se descarga con el orgasmo. De esta manera el acto sexual tiene dos fines distintos, el uno la reproducción y el otro restablecer un nivel de energía cómodo.
En personas cuyas carencias han dado lugar a un estado constante de tensión y falta de armonía entre los distintos aspectos de su personalidad, el orgasmo suele descargar sólo la parte más superficial de la energía acumulada en unos músculos permanentemente tensos. Esta descarga incompleta del exceso de energía crea un estado casi crónico de insatisfacción, que se manifiesta en mal humor, interés desmesurado por el sexo, incapacidad para concentrarse, nervios o promiscuidad. (Esto por supuesto son opiniones de la autora que no compartimos en la edición, pero, ¡respetamos!)
Para empeorar aún más las cosas, en el adulto con carencias, ya sea hombre o mujer, la necesidad de la expresión física del sexo se mezcla con la necesidad infantil que aún le queda sin satisfacer de contacto físico sin sexo. Por lo general, esta segunda necesidad no es reconocida como tal y cualquier deseo de contacto es catalogado como sexual. De esta manera, los tabúes contra el sexo se extienden a cualquier forma de contacto físico tierno y no sexual. ( - nota edición: por eso decía W. Reich que el proceso sexual, o sea, el proceso expansivo del placer, es el proceso vital per se... - )
Incluso los niños y adultos yequana, que han tenido todo el contacto necesario durante su infancia, siguen disfrutando a menudo del contacto físico, sentándose cerca, descansando en la misma hamaca o peinándose unos a otros.
Nosotros, mucho más que ellos, necesitamos destruir el tabú presente en nuestra cultura y tener en cuenta lo necesaria que le es al ser humano esa tranquilidad que produce el contacto físico. Ese requisito, que de forma natural tendríamos como niños y adultos, se ve aumentado tremendamente en nuestro caso por la necesidad infantil no satisfecha. Pero no sólo la necesidad permanece. También permanecen las ocasiones de satisfacerla si lo deseamos.
Bajo la amplia bandera del sexo, sin que se le distinga como impulso separado, está la necesidad de que se nos coja, de que se nos rodee la protección de otra persona, de que nos quieran no porque hayamos traído un salario a casa, sino por la simple razón de existir. La tranquilizante atmósfera que se crea entre algunas parejas casadas mediante el uso de diminutivos y palabras propias de bebés, les ayuda a rellenar las lagunas experienciales creadas por el descuido de sus padres. El uso extendido de un lenguaje de bebés en parejas adultas es en sí mismo testimonio del carácter continuum de tal necesidad.
A menudo el deseo de sexo y el deseo de afecto se ven mezclados. En adultos, puede ocurrir que la satisfacción de uno de ambos impulsos haga emerger el otro. Un día en que el trabajo en la oficina haya producido una especial inseguridad, el marido puede desear abrazar y ser abrazado por su esposa y que esta le trate con afecto; pero una vez esa necesidad ha sido satisfecha, es posible que su interés por ella se transforme en un interés sexual. Pero en nuestra sociedad, él se sentirá obligado a avanzar hacia el contacto sexual en cualquier caso, pues en su mente ambas necesidades no aparecen como distintas e independientes entre sí.
El amor adulto entre personas carentes de experiencia en-brazos es, por fuerza, una mezcla de ambas necesidades que varía de persona a persona según la naturaleza de las carencias. Para que un matrimonio funcione bien, las parejas deben aprender a tener en cuenta y atender las necesidades de uno mismo y del otro.
No obstante, es importante aclarar la confusión entre necesidad de afecto, de contacto físico maternal, una confusión que da lugar a expresiones como "de puta madre". Creo que con una idea clara de la diferencia entre ambas, y un poco de práctica en separarlas, podría llegar a intercambiarse mucho afecto sin necesidad de complicarse con una relación sexual no deseada. La gran reserva de necesidad ansiosa de consuelo físico se vería tremendamente reducida, si fuese socialmente aceptable el que personas de cualquier sexo caminasen cogidas de la mano, el sentarse no sólo cerca, sino tocando a nuestro interlocutor, el sentarse sobre otra persona tanto en público como en privado, el acariciar una mata tentadora de pelo si nos da por ahí, el abrazarse más libremente en público, y en general, el no reprimir nuestros impulsos afectuosos salvo si son rechazados.
En los últimos años se ha empezado a avanzar en la dirección de más contacto físico, y el abrazarse ha llegado a ser poco a poco algo aceptable no sólo entre personas con cultura mediterránea y profesionales del teatro, sino también en otros sectores de la sociedad. Primero fue entre las mujeres, después entre mujeres y hombres y, finalmente, entre los hombres.
Partiendo desde el punto de vista del continuum, el entender que necesitamos los humanos y porqué lo necesitamos nos lleva a comprender, de manera mucho más útil, tanto nuestro propio comportamiento como el de otros. Quizás dejemos de echar la culpa nuestros padres o a la sociedad por el daño que nos han causado, y entendamos que somos víctimas de la carencia. Arzobispos y hippies, artistas y científicos, maestros y chavales traviesos - todos buscamos el camino a una sensación de bienestar -. Lo mismo que las estrellas de cine, los políticos, los criminales, los comediantes, los homosexuales, las feministas, los curas y los ejecutivos. Siendo los animales que somos, no podemos dejar de avanzar a tientas en la dirección de satisfacer nuestras expectativas innatas, por mucho que nuestras distintas carencias hayan hecho de nuestro comportamiento presente una maraña irracional.
Pero el entender cual es el problema y el darse cuenta de que todos somos meras víctimas, que nadie sale ganado, no nos va a curar. Como mucho nos ayudará a elegir dar un paso en la dirección correcta, en vez de alejarnos aún más del bienestar.
A los niños pequeños, carentes en su infancia, les beneficia enormemente cualquier posibilidad de sentarse en un regazo, y el que les sea permitido dormir en la misma cama que sus padres. No pasa mucho tiempo antes de que, habiendo obtenido todo lo que necesitaban, quieran tener su propia cama, como les habría ocurrido si hubiesen compartido la cama con sus padres desde el momento de nacer.
A estas alturas de la historia y dadas nuestras costumbres, compartir la cama con nuestra criatura es un planteamiento salvajemente radical. Como lo es el que sea portada por alguien constantemente, tanto dormida como despierta. Pero a la luz del continuum y sus millones de años, es precisamente nuestra cortísima historia la única que resulta radical por lo mucho que se aparta de las normas establecidas, siglos ha, en base a las experiencias humanas y pre-humanas.
Hay hombres y mujeres que arguyen temor a aplastar a la criatura dormida o ahogarla con las sábanas. Pero una persona dormida no es una persona muerta ni en coma, salvo que esté muy drogada, muy borracha o muy enferma. Sin despertarse, uno mantiene un grado constante de consciencia.
Recuerdo las primeras noches que compartí mi cama con una cría de mono lanudo de un kilo de peso. La primera noche el miedo a aplastarla me hizo despertar una docena de veces. La segunda noche ocurrió algo parecido, pero al cabo de unos días me di cuenta de que yo mientras dormía, era consciente de la postura de la mona y la tenía en cuenta, como le ocurre a cualquier animal que duerma con otro más pequeño. La posibilidad de que una criatura sea aplastada por sus padres al dormir es mucho más pequeña, de haberla, que la de que se ahogue con sus propias sábanas a solas en una cuna.
También preocupa el que la criatura esté presente cuando sus padres hacen el amor. Entre los yequana su presencia se da por hecha, como debió ocurrir durante cientos de miles de años anteriores a nosotros.
Es posible que el no estar presente haga que la criatura pierda una forma importante de contacto psico-biológico con sus padres, dando lugar a una ansiedad que más tarde se convertirá en un deseo edípico (o de Electra), reprimido y cargado de culpabilidad, de hacer el amor con el progenitor del sexo contrario. Lo que comenzó como una necesidad infantil de ocupar un papel pasivo se convierte, al no ser satisfecha, en un deseo de participación activa, pues, al crecer, la naturaleza de la sexualidad del niño cambia, y la participación pasiva se olvida y se convierte en algo inimaginable. Quizás las investigaciones lleguen a demostrarnos que es posible excluir est poderosa y desconcertante fuente de culpabilidad.
Un punto de vista muy extendido considera que el prestar una atención excesiva a las criaturas les impide llegar a ser individuos independientes, y que portarlas encima debilitará su capacidad de valerse por sí mismas. Ya hemos visto que la capacidad de valerse por uno mismo surge precisamente de una fase en-brazos completa, una fase en que la criatura está siempre presente, pero rara vez es el centro de atención. Está simplemente ahí, en mitad de la vida de quien le cuida, constantemente experimentando cosas mientras se siente a salvo. Cuando deja las rodillas de su madre y comienza a arrastrarse, a andar a gatas y a caminar en el mundo de más allá del cuerpo de ella, lo hace sin interferencias ("protección") (Nota edición: ¿Cómo vamos a ser capaces, ni a tener conciencia de nuestras capacidades si no nos dejan ni tan siquiera intentarlo? ¿cómo vamos a tener un concepto adecuado de nosotros mismos si todas aquellas veces que nos equivocamos fue por nuestra culpa?) El papel que la madre a de ocupar es el de estar disponible cuando el niño se acerque o la llame. No es asunto de ella el dirigir las actividades del niño, ni el protegerle de peligros de los que el mismo podría protegerse si se le diese la oportunidad de hacerlo. Esta es, probablemente, la parte más difícil para nosotros a la hora de retomar un comportamiento continuum. Cada madre tendrá que confiar cuanto le sea posible en la capacidad de autoprotección de su criatura. Serán pocas las que puedan aguantar el permitir que sus hijos jueguen con cuchillos afilados y el fuego, así como en la proximidad del agua, con la tranquilidad con la que las madres yequana lo permiten sin pensárselo dos veces, conociendo cómo conocen la enorme capacidad de un bebé para protegerse a sí mismo. Pero cuanto menor sea la responsabilidad que sobre la seguridad de su hijo asuma la madre civilizada, antes y mejor se hará este responsable. Se le debería dejar ser el iniciador. Nunca debería impedírsele el acceso a su madre, pero esta se debería ofrecer a guiarle lo menos posible.
El niño superprotegido y debilitado es aquel cuya iniciativa ha sido constantemente usurpada por una madre excesivamente protectora. No es el niño que durante los importantes primeros meses, cuando lo necesitaba, ha sido portado en brazos.
Por supuesto, surgen muchísimas dificultades a la hora de traducir a nuestra situación civilizada, tan distinta de la de los yequana, las enseñanzas que sobre el continuum nos ofrecen estos. Creo que lo más importante y útil es tomar la decisión de mantenerse lo más cerca posible del continuum. Una vez la decisión está tomada, el cómo hacerlo es cuestión de sentido común.
Una vez la madre se da cuenta de que su bebé esté constantemente en brazos de alguien durante sus primeros seis u ocho meses de vida, asegura su confianza en sí mismo y sienta las bases para que se transforme en un individuo social, independiente y presto a ayudar los quince o veinte años que vivirá en la casa familiar, por su propio interés le portará consigo mientras va de compras o limpia la casa.
Creo que la mayor parte de los padres aman verdaderamente a sus hijos, y que la única razón por la que les privan de experiencias tan necesarias a su felicidad es la ignorancia del sufrimiento que les están causando. Si comprendiesen la agonía que experimenta un bebé a quien se deja llorar en una cuna, su tremenda ansiedad y los efectos de esta carencia en el desarrollo de su personalidad y en su capacidad para llevar una vida satisfactoria, no dudo que lucharían por impedir que estuviese a solas un solo minuto.
Creo, también, que una vez la madre empiece a satisfacer el continuum de su criatura (y el suyo propio como madre), su instinto empezará a afirmarse frente a la confusión cultural, y conectará con sus pulsiones naturales. No querrá dejar de portar a la criatura. Cuando esta llore, la señal irá directamente a su corazón, digan lo que digan las distintas escuelas de pensamiento sobre cómo criar a los hijos. Estoy segura de que una vez ella empiece a hacer los gestos adecuados, el instinto fruto de tantísimos años de evolución tomará la voz cantante; pues el continuum es una fuerza poderosa que nunca cesa de intentar rehabilitarse. El bienestar que siente una madre cuando está actuando de acuerdo con la naturaleza hará mucho más por re-establecer su continuum que cualquier teoría que le pueda brindar un libro. (7(*):Desde que fue escrito este punto ha sido confirmado por muchas mujeres occidentales. Aunque muchas pensaron que les resultaría imposible mantener contacto constante con sus hijos veinticuatro horas al día, descubrieron que cuanto más portaban a sus hijos más deseaban hacerlo. Sus instintos, ciertamente, tomaron la voz cantante. (Ver la introducción).
La diferencia entre nuestra manera de vivir y la de los yequana es irrelevante a los principios de la naturaleza humana que estamos considerando.
Muchas madres tienen trabajos en los que no se les permitiría llevar bebés. Pero muchos de estos trabajos son cuestión de elección; si se diesen cuenta de lo fundamental de su presencia durante el primer año de vida de su hijo, muchas madres dejarían su trabajo durante un año a fin de evitar las carencias que además de dañar la vida entera de su hijo, serán una carga para ella durante años.
Por otro lado, hay madres que necesitan trabajar. Pero no dejan a sus hijos solos en casa. Contratan a alguien para que les cuide, les dejan con una abuela o arreglan de otra manera el que sus hijos no estén solos. Sea cual sea el caso, quien sea que cuide al bebé puede recibir instrucciones de no dejar de llevarlo nunca encima. A las canguro se les puede pedir que, además de sentarse ante el televisor, se sienten a la criatura encima. Pueden tener al bebé en su regazo mientras ven la televisión o estudian. El ruido y la luz no harán daño a la criatura, pero permanecer a solas sí.
Sostener a un niño mientras se trabaja en la casa es cuestión de práctica. Se puede limpiar el polvo y pasar el aspirador con una sola mano. Hacer las camas es más complicado, pero una madre con recursos imaginativos hallará la manera de hacerlo. Cocinar es, sobre todo, cuestión de colocar el propio cuerpo entre el fuego y el bebé. El problema de ir de compras se reduce a tener una bolsa lo bastante grande, y a no comprar cada vez más de lo que se pueda cargar en ella en un solo viaje. Ya que tantos cochecitos en el mundo, no sería mala idea llevar en ellos las compras y a los niños en el brazo. Mochilas para colgarse a los bebés por delante limitan mucho las experiencias, pues el niño tiende a darse la vuelta de manera incómoda para ver que ocurre a sus espaldas, y al cabo de seis semanas su tamaño limita también a la madre. En casi todas las circunstancias la cadera es el mejor sitio donde colocar a la criatura.
Ayudaría una infinidad el que dejásemos aprender a no tocarlo como una cosa que hacer. Trabajar, ir de compras, cocinar, limpiar, pasear y conversar con amigos sí son cosas que hacer, a las que hay que dedicarles tiempo, y considerar como actividades. La presencia del bebé (y de otros niños) en ellas debería ser asumida como natural; no hay necesidad de dedicarle ningún tiempo especial, más allá de los minutos necesarios para cambiarle el pañal. Puede bañarse con su madre, y dar de mamar no tiene porqué entorpecer otras actividades. Es sólo cuestión de cambiar una manera de pensar en la que el bebé es el centro, por otra mucho más adecuada a un ser capaz e inteligente en cuya naturaleza está el disfrutar del trabajo y la compañía de otros adultos.
Los obstáculos al continuum humano en nuestra forma presente de vida son interminables. No solo tenemos costumbres que son anti-continuum - como el separar a las criaturas de sus madres al nacer en los hospitales, el uso de cunas, sillas y cochecitos, y el esperar que las madres dejen en casa a sus recién nacidos y bebés cuando acuden a reuniones sociales -, sino que además aislamos a los individuos unos de otros, y así las madres carecen de la compañía de otros adultos y sufren de aburrimiento, y los niños no gozan de la presencia de otros niños en guarderías y colegios. Y en estos últimos sus relaciones se limitan a niños. Y en estos últimos sus relaciones se limitan a niños con exactamente su misma edad, pues los profesores a menudo dan órdenes sobre que hacer, en vez de dar con su actuación un ejemplo que los niños imitarían de forma natural.
Aún así, hay parques en los que padres e hijos pueden jugar juntos y no se hacen grupos según las edades. Pero siempre habrá limitaciones fruto del pasado, de la educación recibida por los padres, y de las ideas sobre cómo criar a los hijos que forman tradicionalmente parte de nuestra cultura. Y también sentiremos miedo al no seguir las costumbres imperantes, pues el continuum mismo nos impulsa a comportarnos como lo hace el resto de nuestra sociedad.
Al hijo no se le permitirá acompañar a su padre a la oficina, y, a menos que su padre sea granjero, tendrá que buscar ejemplo en otra parte.
Los niños podrán seguir el ejemplo de aquellas personas cuyo trabajo consistirá precisamente en servir de ejemplo, en mostrar las habilidades de nuestra sociedad. Si estos educadores basan su relación con los niños en estar disponibles para observar, seguir y asistir, los niños podrán utilizar de forma eficiente y natural su propia capacidad para educarse a sí mismos utilizando las personas, objetos y sucesos de su entorno como ejemplos a imitar, observar, o sobre los que ejercitarse, de acuerdo con su propia naturaleza imitadora. Se puede esperar de los niños mayores que enseñen a los más pequeños cómo hacer las cosas. Es algo natural para ellos, y mucho más cómodo para todo el mundo. Además, el ser utilizados así por los más pequeños es un ejercicio excelente para los niños que "enseñan"; no hay mejor manera de educar.
Otro obstáculo al continuum en nuestra manera de vivir, es la idea de que los hijos son de nuestra propiedad y consecuentemente, salvo abusar de ellos o matarlos, podemos tratarlos como queramos. No tienen derechos legales que les protejan de la angustia de ser dejados solos gritando. A pesar de que son humanos y capaces de sufrimiento, carecen del derecho que sí tienen los adultos que sufren crueldades en manos de otros adultos. El hecho de que su tormento durante la infancia perjudique su capacidad para disfrutar el resto de sus vidas, y por lo tanto se les esté haciendo un daño inmenso, no afecta su situación legal.
Los bebés no pueden protestar. No pueden acudir a las autoridades y quejarse. Ni siquiera pueden establecer la relación entre su agonía y la causa de está; se sienten felices al ver a su madre cuando esta, finalmente, llega.
En nuestra sociedad los derechos se otorgan no porque uno los merezca, sino porque uno los exige. Los animales gozan solo de los derechos más rudimentarios, y aún así, solo en algunos países. De la misma manera, las culturas primitivas, que no tienen los medios para quejarse, gozan de muy pocos de los derechos legales que los conquistadores se otorgan entre ellos.
La costumbre ha dejado el cuidado de los hijos en manos de las madres. Pero, ¿se debe dejar que una madre sea libre de descuidar a su hijo, de pegarle cuando llore, alimentarle cuando a ella le convenga o dejarle sólo durante horas, días y meses cuando está en su naturaleza el estar en medio de la vida?
Las asociaciones que tratan de prevenir la crueldad a bebés y niños, solo prestan atención a los abusos más notorios. Es necesario ayudar a que la sociedad vea la gravedad de los crímenes contra la infancia que forman parte del comportamiento considerado como normal hoy en día.
En una cultura como la nuestra, que se ha desarrollado sin tener en cuenta las verdaderas necesidades de sus gentes ni entender el continuum humano, toda actividad cotidiana, por pequeña que sea, permite aumentar nuestras posibilidades y reducir nuestros errores.
Sin que haya que esperar a que la sociedad cambie, podemos comportarnos de forma correcta con nuestros bebés, y darles una base personal sólida desde la que enfrentarse a cualquier situación que encuentren. En vez de privarles de lo necesario, de tal manera que sólo les quede una mano con la que enfrentarse al mundo exterior mientras la otra permanece ocupada con conflictos interiores, podemos asentarlos sobre sus pies dejando ambas manos libres para enfrentarse con los retos exteriores.
Una vez hallamos reconocido del todo las consecuencias de la forma en que tratamos a bebés, a niños, a otros y a nosotros mismos, y hayamos aprendido a respetar la verdadera naturaleza de nuestra especie, no podremos sino descubrir muchísimo más de nuestra capacidad para el bienestar.

Jean Liedloff.